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La seducción de la Historia

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 12 de noviembre de 2010, 16:47h
Ha no mucho, ante la queja de una gran crítico historiográfico de la escasa presencia de Clío en uno de los suplementos periodísticos culturales más prestigiosos, su director le argüía, con sobrada razón, la ausencia de títulos verdaderamente notables en la bibliografía española destinada al cultivo del pasado. La cifra de libros incluidos en tal apartado es, ciertamente, cuantiosa y, en algunas parcelas, casi oceánica; mas los en verdad sobresalientes apenas si alcanzan un guarismo en el transcurso de un año y, a las veces, hay que aumentar dicho periodo para gozar de obras que constituyan una auténtica aportación en campos esenciales de nuestro enjundioso ayer. Como nación imperial durante más de trescientos años y con una Edad Media de singular riqueza en múltiples planos, la historia de los españoles proporciona mies abundante a los historiadores dotados de creatividad y poder de evocación, con dominio, claro, de las técnicas y métodos del difícil oficio.

El raquitismo de la producción historiográfica de auténtica entidad no ha de achacarse a una mengua en la demanda del público, muy estable en conjunto en los últimos decenios. Es, en todo caso, justamente al contrario. El acrecentamiento de ésta de un tiempo acá quizá haya contribuido en notable medida al estiaje de obras relevantes, al detraer el esfuerzo de los estudiosos de su campo específico para drenarlo hacia el terreno de la divulgación por la vía preferente de la novela histórica y los trabajos de audiencia muy ancha y popular. Pocos son, en efecto, los nombres de los investigadores más destacados de las generaciones cercanas a la senectud que no hayan seguido el camino de la ficción narrativa en su reconstrucción del pasado.

Fenómeno generalizado en la cultura occidental, su versión española pugna hodierno por figurar a su vanguardia. Tal vez, los resultados no hayan sido al presente lo felices que cabría esperar del bien merecido prestigio de sus autores en el ámbito de su estricta competencia. La causa probablemente más importante del pesaroso hecho estriba en la grisaciedad estilística hoy predominante en la literatura nacional y en la consiguiente elementalidad de los registros de la prosa historiográfica, poco tornasolada para afrontar el desafío de una escritura nerviosa, ágil e impactante como la periodística. Entre las pérdidas más lamentables del venturoso periodo de la Transición –época verdaderamente áurea y plenificante en el terreno político y social- figura –y con peralte- la de la “calidad de página”, propia de las letras hispanas de toda la primera mitad del novecientos. Un hado trágico semeja condenar aquí a un aciago destino a todas las etapas o fases que contemplan en el solar de los celtíberos la aparición y consolidamiento de formas de vida constitucional más abiertas y progresivas.

Así, el afianzamiento del sistema liberal coincidió igualmente con un acusado descenso del termómetro literario, con el eclipse de un romanticismo y el orto de un naturalismo muy desvaídos en sus fulgores expresivos. De igual modo, se asiste en nuestra actualidad a la búsqueda infructuosa de un escenario en el que el lenguaje de los viejos maestros –Madariaga, Sánchez Albornoz, Pabón, Vicens…- recobre sus fueros al servicio de una obra historiográfica que recree, con acribia y belleza, los capítulos esenciales del ayer de la colectividad nacional, con títulos convertidos, a su vez, en cantera de un trabajo divulgador de alto rango. En Francia o Gran Bretaña son muy abundantes los ejemplos de este tipo, y no hay nada que impida en España empresas de igual tenor, siempre que se respete la jerarquía científica y no se intente amalgamas de ninguna índole, de efectos ineluctablemente perversos para la “gustosa historia”, conforme al conocido juicio de uno de nuestros clásicos que mejor conocía los secretos de la adjetivación: Gracián.

Pues, indudablemente, para entrañar saberes y personas el amarlos es puerta obligada. Indemne a las mareas y mudanzas de tiempos que se ofrecen por sus enaltecedores como genesíacos, la seducción de la Historia permanece intacta frente a mujeres y hombres acezantes de motivos para creer y actuar. Hágase su lectura comedidamente jugosa, antesala fruitiva de una comprensión acribiosa.
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