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Un Zapatero gestual

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 12 de noviembre de 2010, 21:43h
Zapatero no recibió al Papa a su llegada a España, a Galicia, región que perdió el despilfarrador socialismo anticatólico, y mucho menos asistió a la Misa de la Plaza del Obradoiro ( vade retro, Ecclesia millenaria, tuque, Princeps turbarum marxistarum in mortem eam detrude ), ni tampoco recibió al Papa a su llegada a la otra parte de España, Cataluña, región que perderá este socialismo tan cargado de prejuicios propios de plebe ignara. Zapatero no es un Presidente educado ni culto ni bien informado. Si no fuera Presidente de todos los españoles ( y de todos los españoles católicos, que deben obedecerle, respetarle, amarle y rezar por él, según nos sugiere el Apóstol San Pablo en la Epístola a Tito, capítulo III), y fuera un sencillo administrativo de la UGT leonesa o vallisoletana, le llamaríamos maleducado, descortés, mastuerzo, iletrado, mezquino, mentecato, desaprensivo, sandio, zafio, ordinario, dogmático y hasta un tanto tonto. Pero la alta magistratura que desempeña hace que todas sus acciones y palabras, por vanas, inanes y ridículas que sean, sean calificadas por una extensa multitud, lacayuna y flabelífera, de planetarias al son de trompetas ulanos a galope tendido, audaces en su radioso esplendor progresista, excelsas desde su ígneo empíreo cegador y hebetador, profundas como un báratro abisal hirsuto de mil cuchillas afiladas resplandecientes, y solares porque iluminan las verdades oscurecidas en España hasta su misma llegada, aparición grandiosa, epifanía del socialismo español, la parousía celeste del laicismo triunfante.

Ahora bien, la despedida que dio al Papa en el aeropuerto del Prat fue verdaderamente antológica. Durante ocho minutos el Papa y Zapatero platicaron con intérprete amigablemente. El Papa sonreía, le sonreía, y Zapatero no paraba de mover sus manos, sus largas y hermosas manos de pianista, en unos rítmicos movimientos de balanceo, como los de una barca en un lago con poco oleaje en un magnífico día de sol. ¿Sería una imagen gestual inconsciente de la barca del Pescador San Pedro, hoy pilotada por Benedicto XVI? ¿Sería el barco del Estado, por seguir con la hermosa imagen que inventó Alceo, pilotada por el Presidente Zapatero? Demasiado suave balanceo para representar este barco que está en medio de una galerna inacabable. ¡Cuánto nos gustaría que un nuevo Constantín Stanislavsky supiese traducir a conceptos e ideas el interesantísimo discurso gestual de Zapatero ante el Sumo Pontífice! Otras veces subía su mano de arriba abajo con cierto aire de autoritarismo tan controlado y moderado, que se avergüenza uno de llamar a eso autoritarismo. Con menos control y moderación, sino de forma fuerte y contundente, debería hacer ese gesto Zapatero al gobierno homicida de Marruecos, tras la masacre de Gdeim Izizk, organizada y llevada a cabo por los muy valientes generales marroquíes Husni Benslimane y Haamidu Lanigri, pues que hay que ser muy intrépido y audaz para acabar con la vida de feroces guerreros de catorce años y de un pueblo hambriento. España necesita de la rica gestualidad de Zapatero, enmarcada en la actio o hypocrísis de la Antigua Retórica, para saber decir NO a Marruecos, para decirle a su monarquía satrápica que España hasta aquí ha llegado, que no cedemos un milímetro más, que condenamos la meditada organización de brutalidad y barbarie perpetrada contra los antiguos españoles que son todos los saharauis. Que aunque traicionamos a nuestro ser histórico hace treinta y cinco años, a la dignidad de nuestra alma nacional, dejando inermes a dos antiguas provincias españolísimas ante la voracidad alauita, no podemos permitir que se siga aniquilando al pueblo de un antiguo territorio español, y que exigimos la independencia de nuestra antigua colonia. Si España no protagoniza la respuesta internacional contra la sanguinaria vesania de la monarquía Marroquí borraremos parte de nuestro pasado, y acabaremos siendo un triste pueblo con alzheimer, sin saber de dónde venimos ni hacia dónde vamos ni quiénes somos. Quizás sea eso precisamente lo que quiere nuestro Gobierno. Aunque me resisto a pensarlo, pues que todo gobierno quiere, aunque sólo sea por amor propio de gestor, el bienestar, la felicidad y la salud de su pueblo. Aunque sólo sea por una correcta construcción del personaje.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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