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la reina y babilonia

Una primavera de mitos para los grandes museos parisinos

miércoles 19 de marzo de 2008, 20:51h


El 16 de octubre de 1793 su cabeza rodó guillotinada. Fue el símbolo del triunfo de la Revolución Francesa frente a la monarquía absolutista. En ese momento, Maria Antonieta se convirtió en un mito. Y no ha perdido curiosidad ni fuerza con el paso de los siglos. Es más, hace dos años, la cineasta Sofia Coppola le dio una dimensión "contemporánea" con una película que desató una auténtica "antonietomanía". Esta dimensión es la que pretende explotar la exposición abierta en el Museo del Grand Palais de París hasta el 30 de junio. Es también un homenaje, y de alcance nacional, visto que se ha organizado en uno de los grandes museos de la capital francesa y no en Versalles, como hubiera sido más "típico" ya que ese palacio fue el que contempló la ascensión y caída de la soberana y su mundo. Además, a través de más de 300 obras se pretende también hacer el retrato de una mujer contradictoria, que en vida levantó pasiones y odios y que desde la eternidad sigue provocando interrogantes y polémica.

El director canadiense Robert Carsen ha sido el encargado de la escenografía a la exposición. Y para su primera experiencia como director artístico de una manifestación de este tipo, Carsen no ha ahorrado en efectos. Ha dividido la exposición en tres grandes partes y a cada una de ellas le ha hecho corresponder un "escenario" diferente. La primera narra la primera parte de la vida de Maria Antonia Josepha, una de las hijas de la emperatriz María Teresa de Austria, enviada a Francia a los 13 años para casarse con el que sería Luis XVI. La segunda parte recoge la época feliz, despreocupada y esplendorosa de la corte de Maria Antonieta en Versalles, donde fue la estrella absoluta. La tercera simboliza a través de un espejo roto el triunfo de la Revolución y con él, el final del sueño en el que María Antonieta y su corte habían vivido.

La figura de la reina es, en todo caso, la protagonista absoluta de la exposición. Empezando por el primer cuadro de su vida, el pintado por Martin Van Meytens en 1755 por orden de la emperatriz María Teresa. Esta última, con motivo del nacimiento de cada uno de sus 15 hijos, mandaba pintar el mismo cuadro, en la misma terraza del palacio de Schonbrunn, con el recién nacido de turno en el centro de la tela. Luego, también hacía siempre lo mismo, enviarlo al resto de las cortes europeas, a modo de triple mensaje: de futuro matrimonio (en caso de niña), advertencia militar (si el vástago era varón) y excelente y larga vida (de la propia emperatriz).

Su nueva vida como reina de Francia queda ya reflejada en un retrato que Joseph Ducreux, el retratista de moda de la época, le hizo con poco más de 13 años y que refleja ya la rebeldía, osadía y originalidad de seguiría caracterizándola hasta el patíbulo. Por último, como no podía ser menos, otro retrato es el centro del trágico final de la vida de Maria Antonieta, ya denigrada y odiada: el cruel dibujo que hizo de ella David, poco antes de su muerte en el patíbulo.



En cuanto al segundo mito, esa Babilonia surgida hace cinco mil años en lo que hoy es el corazón de Irak, es el Louvre el que acoge a la primera exposición jamás dedicada a la ciudad en la que se levantaba la no menos mítica Torre de Babel. Que no era redonda, como desde siempre se la inmortalizó, sino un cubo de 90 metros del que aún quedan vestigios de sus cimientos. Hasta el 8 de junio, el museo parisino rememora y rinde homenaje a la ciudad que fue el corazón de Mesopotamia a través de 400 obras, entre las que se encuentran numerosas piezas arqueológicas, prestadas para la ocasión por museos de 13 países. De la antigua ciudad el paso de los siglos ha borrado todo. Lo mismo que de la Torre de Babel, cuya existencia sólo fue confirmada a finales del siglo XIX por científicos alemanes. No así de esa puerta de Ishtar que conducía hasta ella y de la que el Louvre exhibe ahora unos paneles con dragones y leones sobre fondo azul prestados por el Vorderasiatisches Museum de Berlín.

En la exposición, sin embargo, no hay ninguna pieza procedente de las excavaciones arqueológicas en la auténtica Babilonia, situadas a 90 kilómetros al sur de Bagdad, actualmene cerradas y convertidas en parte en aparcamiento para los carros de asaltos del ejército estadounidense. Los responsables del Louvre saben que a las autoridades iraquíes les hubiera gustado prestar piezas pero su transporte era "totalmente imposible, sin hablar de los problemas que las compañías de seguros hubieran puesto".
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