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La dictadura de Primo de Rivera, de moda

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 15 de noviembre de 2010, 15:21h
Un editor amigo informa al articulista que la mencionada etapa de nuestra contemporaneidad suscita una creciente demanda entre los lectores atraídos por los orígenes más inmediatos del presente español. En un primer momento, suscita la curiosidad que, sin cumplirse ahora la celebración o el recuerdo- centenario o no- de ninguna efemérides importante del septenato primorriverista, el público culto muestre interés por ahondar en una fase relevante del próximo ayer. Las pautas imperantes en la actualidad en la industria cultural y en el mundo de la edición semejan con ello experimentar cierta mudanza que, de ser exacta la apreciación, habría de recibirse con zalagarda, pues entrañaría un muy plausible afán por engolfarse en las excitantes aguas del pasado al margen de los patrones del hodierno tan aborrecido mercado.

Pero, en verdad no hay que apresurarse a cantar victoria. Los dictados de la moda también se hacen visibles en el panorama de la mencionada publicística. El éxito de algunas reconstrucciones novelísticas de la etapa del afianzamiento militar y administrativo del Protectorado marroquí, el acezante interés despertado entre las generaciones más jóvenes por conocer los tiempos en que la modernización del país se puso verdaderamente en marcha, así como la nostalgia despertada en la memoria colectiva por formas de vida – por ejemplo, en las relaciones sociales o en la sociabilidad artística, académica y deportiva- son, entre otros, factores de notable importancia en la explicación del retorno de los años veinte, con su centralidad en la dictadura incruenta implantada por un personaje más de Luces de bohemia, escrita por uno de los escritores de más encarnizada oposición al régimen del general andaluz. La buena fama que desde su proclamación hasta muchos decenios después acompañó en el sentir de las clases populares –enfrentado aquí con el de las elites y los estamentos liberales- coadyuvaría, finalmente, a rescatar del olvido los trabajos y los días de un periodo –al socaire de una tesitura económica en extremo favorable: la prosperity- muy fecundo en realizaciones materiales.

Aceptados los títulos de legitimidad de este revival histórico de la primera dictadura militar del siglo XX español, habrá que esforzarse para que su auténtica fisonomía no se adultere por la corrosión sentimental y melancólica, teledirigida, en postrer y decisivo término, por las miras del mercado, a la husma incesable de nuevos territorios y canteras útiles a su explotación. Desde luego, los historiadores profesionales debían ser los primeros en predicar con el ejemplo y dar, por fin a la estampa, y tras incontables y, por lo común, injustificadas demoras, una cuadro completo del periodo primorriverista, sin marginar ninguna faceta y sin dejar de roturar parcela alguna de una España fermentada por la idea del cambio y la transformación sin paralelo hasta entonces en las cuadrículas nacionales. De este modo podría comprobarse una vez más que el desarrollo de los países no siempre sigue una trayectoria armónica y equilibrada, sino que es, por desgracia, compatible con la acentuada merma de los derechos cívicos y las libertades individuales, sin desgaste ostensible, a las veces, de las fuerzas en el poder. Así aconteció indudable y pesarosamente en el pasado; pero así sigue ocurriendo en los umbrales del tercer milenio. La China actual, paradójicamente, la gran esperanza en el mantenimiento de un capitalismo al que no se acaba de encontrar una alternativa viable ni siquiera en la hondonera de sus crisis más letales, constituye un paradigma de lo antedicho.

Volvamos, pues, siquiera sea como antídoto a las tristezas del día, a la evocación de los “felices veinte”, más con mirada a la par comprensiva y severa, como una época en la que los españoles no acertaron a conciliar el progreso material con el político y jurídico, legando, a la postre, una muy difícil herencia.
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