Es director y además preside desde hace casi año y medio la Academia de Cine, donde trabaja para que "la gente vea el cine como algo cercano". En definitiva, Álex de la Iglesia es cine en estado puro. De sus palabras se recoge el amor por una profesión, que para él es más bien una forma de vida. Acaba de rodar Balada triste de trompeta, su visión grotesca de la España de la Transición, con la que ya ha cosechado éxitos en La Mostra de Venecia -donde fue reconocido con los premios al mejor director y al mejor guión- y con la que espera dar el do de pecho cuando se estrene en España el próximo 17 de diciembre. Por Miriam Carmona
- En dos líneas, ¿cómo ha sido este año y cuatro meses como presidente de la Academia?Apasionantes, emocionantes. He aprendido muchísimo y honestamente, creo que las cosas ahora no están peor que cuando entré.
- ¿Cómo es la Academia por dentro? ¿Cuéntenos cómo es el día a día allí?Juntas directivas en la que se toman en conjunto decisiones que conciernen a la profesión, hablar de candidatos a premios, el Goya de Honor, la medalla de oro. Trabajar para acercar la Academia a sus miembros y plantear cuestiones que mejoren la comunicación del cine con su público. En definitiva, intentar que la Academia sea un buen medio de promoción del cine. No tiene truco, hay que meter horas. El equipo de trabajo es excelente.
- ¿Es posible qué algún día ustedes los que se dedican al cine se quiten el sambenito de vagos? No sólo es posible, es necesario. Pero para demostrar que no es así, no sólo es esencial que trabajemos como los que más, cosa que no nos cansaremos de hacer, sino que los medios de comunicación así lo reflejen. Hay gente que parece tener interés en dar esa lamentable imagen de nosotros y te aseguro que no es cierta. Cualquiera que dedique dos minutos de su tiempo en comprobar cómo es un rodaje, o el montaje, o la posproduccion de una película, o su distribución, o su exhibición, incluso su promoción, lo sabe. Un ejemplo: en
Balada triste de trompeta trabajábamos una media de doce horas al día durante meses, y yo después del rodaje, montaba y ensayaba con los actores lo del día siguiente, lo que suma 18 horas. En montaje mi equipo trabajaba una media de 12 o 13 horas. No es más ni menos que los demás y no nos quejamos ni nos quejaremos jamás del trabajo, porque es lo mejor que te puede pasar en la vida, tenerlo y conservarlo. Pero la verdad es que sudamos la camiseta.
- ¿Cómo es su despacho? ¿Ha puesto fotos de su hija o el cartel de La Comunidad? No, lo he dejado como estaba. Lo único nuevo son más libros y algún cuaderno del colegio de mis hijas, porque a veces tengo que trabajar con ellas en el despacho. Por si no lo sabéis, el puesto de presidente no es remunerado y también se meten muchas horas. Desde luego, no me aburro. Yo estoy ahí para que esto funcione y que la gente vea el cine como algo más cercano.
- “Que vuelvan a la Academia los que se han ido” es una de sus grandes apuestas para esta nueva etapa, ¿cómo va la vuelta de Almodóvar y Garci? Difícil, pero no imposible. Almodóvar está en ello, vino a la gala el año pasado. Me gustaría que este año repita, y estoy convencido de que Garci, que es una persona inteligente y sensata, no se opondrá a venir este año. Así lo espero.
- A pesar de todo usted sigue siendo director de cine. Su última película “Balada triste de trompeta” está cosechando grandes éxitos antes de estrenarse en España. ¿Qué espera del público de nuestro país? La pregunta correcta sería: ¿Qué espera el público de mí? Soy yo el que trabaja para el público y no al revés. Espero ser capaz de entretenerle, de divertirle, de asustarle, de hacer pensar y recordar.
- ¿Qué es lo mejor de Balada triste de trompeta? ¿Por qué hay que ir a verla? Sus actores y, humildemente, una buena puesta en escena. Creo que el trabajo de mi equipo es bueno y que la película es digna.
- “Visión grotesca de la España de la Transición”, así ha definido usted su película. ¿Se corresponde con su visión de aquella España? Con los recuerdos que poseo de unos años oscuros, pero a los que intento no guardar rencor. El pasado me aterroriza, me asusta, pero no lo juzgo. Hay otros que se dedican a eso. Lo que sí siento es la injusticia de sentirte perseguido por un pasado del que realmente no eres responsable. El verdadero fondo de la película podría resumirse en una frase: la ira y el ansia de venganza conducen inexorablemente a la perdición.
- Además del reconocimiento de La Mostra de Venecia a su película y el aplauso del Ministerio de Cultura con el Premio Nacional de Cinematografía 2010, la Comunidad de Madrid le ha galardonado también con uno de los Premios de la Cultura 2009. ¿Cómo se lleva tanto éxito? Con susto y precaución, porque durante años no los he recibido y no creo que sea particularmente mejor ahora. Hay veces que ocurre y bendito sea Dios, pero no hay que perder el norte. Eso sí, me siento muy orgulloso y me encantaría responder a esos premios no sólo con agradecimiento, sino con buenas películas.