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Una infamia mal informada (y 2)

lunes 22 de noviembre de 2010, 10:31h
La reciente conmemoración de la caída del Muro de Berlín y del entero sistema comunista ha hecho reverdecer una literatura que, tras una floración exuberante, perdiera vigor al despuntar la presente centuria. Lógicamente, los acontecimientos del 11-S del 2001 y ulteriores en punto al enfrentamiento entre Occidente y el Islam desplazaron el interés suscitado en la opinión por la resonante e inesperada desaparición de la URSS y su imperio al duelo cultural y social ya indicado.

Justamente, la imprevisión del lado de la casi totalidad de los círculos mediáticos y políticos más encumbrados respecto al desmoronamiento del llamado socialismo democrático abanderado por Moscú –tema recurrente desde las postrimerías del novecientos- daría lugar, en fechas últimas, en un diario de ámbito nacional a una incalificable agresión contra la persona y obra de Javier Tusell por parte de un grafómano de producción, en conjunto, tan torrencial como poco acribiosa. Si al destacado contemporaneísta barcelonés se le acusó, a las veces, en ciertos mentideros y de manera completamente injusta de liderar un equipo de “negros” al servicio de su insomne telar bibliográfico, tal insidia pudiera caso tener algún indicio mayor de exactitud –lo que, en modo alguno, se asevera aquí- en el caso de la pluma descalificadora con insania de la ciclópea tarea historiográfica tuselliana. En ésta, por supuesto, entraron también las impugnaciones y reservas que le provocaran muchas de las tesis e interpretaciones acerca del pasado y presente español salidas del magín de su debelador en cuestión.

Pero, naturalmente, no es el momento ahora de adentrarse en los orígenes de los rifirrafes entre ambos, sino el de censurar con energía los dicterios ad hominem que, un veintenio después de su aparición, produjese en dicho aristarco el libro de Tusell La URSS y la perestroika desde España (Madrid, 354 pp.). Redactado en “tiempo real”, como se ha puesto de moda decir, el texto despierta la atención más admirativa por su estrecha familiaridad con la historiografía y sociología norteamericanas en torno al tema, la acuidad de sus planteamientos y la madurez expositiva, nota ésta, conforme ya se apuntara, no demasiado frecuente en la oceánica bibliografía tuselliana. En sus conclusiones, empero, yerra el autor, para el que, a la altura del otoño de 1988 y en un horizonte de cierta entidad, no se atalayaba signo alguno de importancia respecto a un cambio en profundidad de las estructuras esenciales del régimen soviético, quedando por el momento la perestroika en un proceso reformista de alcance limitado.

El difícil oficio de historiar no puede identificarse jamás con el de profeta. Sin embargo, en determinadas tesituras, resulta casi imposible embridar la imaginación y rechazar la tentación de echar el investigador del ayer su cuarto a espadas sobre el mañana. Muy probablemente, J. Tusell, en la coyuntura mencionada, dejó demasiado rienda suelta a la suya, descalabrándose en su vaticinio, realizado, por lo demás, sin apodicticismo alguno, sino a título de simple opinión individual. De ahí, no obstante, a una condena afrentosa por su fondo y forma de esa obra del estudioso catalán y, por extensión abusiva e infunda, de toda su gengiskánica producción, hay todo un tramo que nadie honrado puede recorrer sin descalificarse a sí mismo.

El mencionado episodio de nuestra actual república literaria entraña, claro, un simbolismo de mayor trascendencia que el de su mero hecho. El culto al vencedor, la idolatría del presente, el menosprecio a los muertos y su legado, el triunfo absoluto de la impunidad moral que definen hodierno el clima social, explican el libre curso que tienen las invectivas más infundadas sobre personas y sucesos desprovistos incluso de simples “defensores de oficio” para insertarse en la historia con su auténtico volumen y estatura.

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