Tres ratones ciegos
martes 23 de noviembre de 2010, 21:17h
Hay una canción infantil inglesa, muy conocida y pegadiza, llamada Three blind mice. Varios músicos se han servido de ella. Joseph Haydn la incorporó al cuarto movimiento de una de sus sinfonías de París, La gallina, y los Beatles toman el verso “see how they run” (mirad cómo corren) y lo incluyen en un par de piezas: Lady Madonna y I’m the Walrus.
Según un bulo muy difundido en Gran Bretaña, la letra aludiría a la primera esposa de Felipe II e hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón, María Tudor, y su persecución a tres obispos protestantes. La reina inglesa estaría así representada por la esposa del granjero de quien se canta que cortó el rabo de los ratones con un cuchillo de trinchar. No obstante, tal interpretación parece más bien un fleco de la leyenda negra. La composición es posterior a la muerte de la reina consorte y sus referencias alegóricas siguen siendo un enigma. De ahí la pervivencia y polisemia de la percutiente cantinela. La simbología del ratón, es, a su vez, inquietante y compleja. En las creencias populares se le atribuyen poderes premonitorios y maléficos, y sus silbidos y danzas sinuosas preludiarían tormentas mortíferas.
Tan grande fue el éxito de la coplilla que hoy día sigue tarareándose, con ánimo ofensivo, para recriminar los errores de los árbitros en aquellos deportes en donde desempeñan su tarea en trío. Y así sucede en el baloncesto y el hockey.
No obstante, la mayor fama y perdurabilidad de la tonadilla se debe sin duda a Agatha Christie. Tres ratones ciegos se llamó el guión radiofónico, de tan siquiera veinte minutos, escrito por encargo de la BBC y a petición de la Reina Mary, lectora entusiasta de las historias de misterio y crimen de la famosísima escritora. La emisora quería celebrar, de esta manera, el octogésimo cumpleaños de la Soberana, el año de 1947.
Este texto breve fue el germen de un relato y una obra dramática para teatro, y poco después se estrenó en el Embassador de Londres bajo el nombre de La ratonera, tomado de un fragmento del Hamlet shakespeareano.
Corría, entonces, el año de 1952, y muchos londinenses afrontaban la posguerra con secretos, olvidos voluntarios y vergüenza acerca de su identidad y pasado reciente.
Christie incorpora ingredientes de esta naturaleza al psiquismo de sus personajes. La culpa, el miedo, una infancia maltrecha y el anhelo primordial de venganza son los resortes que los habitan, impulsan y atormentan. Para colmo, hay, incluso, una anagnórisis.
Encerrados en una posada recién abierta de nombre y ambiente góticos y cercados por la nieve los huéspedes y el matrimonio de hosteleros se enteran, por la radio, de que se ha cometido un crimen y habrá otros dos más.
En la nota hallada junto a la primera víctima se menciona Monkswell Manor, el nombre de la posada, y el de la cancioncilla Leitmotiv del argumento: Tres ratones ciegos.
Y, desde hace más de medio siglo, ahí sigue La ratonera en el West End de la capital inglesa, de forma ininterrumpida. Lleva unos lustros en otra sala, pero el público continúa acudiendo con igual fidelidad. No se ha dado un caso semejante en toda la historia del arte de Talía. Fuera de Inglaterra también es bien recibida. Yo asistí a la función hace años en Viena y acabo de verla en Madrid, en ambas ocasiones con el aforo completo.
Entretiene desde principio a fin sin decaimiento e introduce al espectador en el acertijo en pos del asesino, el “whodunnit”. Tiene tensión, buena factura escénica, un ritmo preciso y bien medido y unos caracteres susceptibles de provocar la curiosidad, simpatía o rechazo del espectador, en quiebros sucesivos e inesperados. Bajo el drama escenificado se adivinan otros latentes, colaterales, reprimidos.
Y es justamente esa variedad de perspectivas lo que permite y aun propicia una diversidad de público.
La recurrencia de la melodía y la ambigüedad sugerente y perturbadora del cuento ratonil envuelven la trama en una atmósfera de lo intemporal angustioso anunciado por el título de La ratonera.