Negligencias médicas
miércoles 24 de noviembre de 2010, 01:39h
Tal y como afirmó ayer tarde la consejera de Sanidad del gobierno gallego, “un fallo lo puede tener cualquiera”. Sí, pero cuando estamos hablando de personas de cuyos fallos depende la vida de otros seres humanos, la lupa y la vara con las que vigilar y medir sus actos deben ser mucho más estrictas que en otros casos. Por lo tanto, las explicaciones de Sagrario Pérez Castellanos parecen insuficientes e incluso frívolas, si recordamos que quien ha muerto a causa de ese fallo ha sido una recién nacida sana a quien se le administró por error la medicina que debía tomar su madre.
No es nuestra intención, ni mucho menos, cebarnos en la persona que haya cometido el terrible error. Al contrario, suponemos que bastante martirio tendrá intentando asumir un fallo de tan terribles consecuencias. Tampoco lo es, por otra parte, sembrar un absurdo y contraproducente halo de desconfianza hacia todo el personal sanitario en general, médicos, enfermeras o auxiliares, ya que podemos enorgullecernos de tener una de las mejores seguridades sociales y clase médica del mundo. Pero sí sería conveniente resaltar el hecho de que los profesionales médicos están viviendo la crisis económica en forma de saturación, contratos precarios, sustituciones a mata caballo o turnos de trabajo absurdos –hay enfermeras de retén que pueden pasar en un mismo día por tres plantas diferentes, incluidas UCI o maternidad, sin que en ninguna se les explique en profundidad el problema de cada paciente-, cuya consecuencia pueden ser errores y despistes como el que nos trae al caso. Son tiempos difíciles para todos, pero eso no puede ser óbice para que las administraciones descuiden algo tan vital para una sociedad como su sanidad.