Canadá , el modelo imperfecto
jueves 25 de noviembre de 2010, 09:55h
Escucho a Stéphane Dion el político y académico canadiense en la Facultad en donde ha sido invitado a pronunciar una conferencia sobre los costes de la secesión. Dion ha sido algo así como ministro de administración territorial de su País y tiene mucho que decir sobre la gestión en el seno de una federación de las demandas que afectan a comunidades con una especial sensibilidad sobre su identidad y en cuyo seno se hacen sentir con fuerza solicitudes independentistas. Habla como politólogo que es, y que conoce al tiempo la condición ideológica del nacionalismo y los mecanismos constitucionales del Estado federal, pero también como político que recomendó la claridad para afrontar las consecuencias verdaderas para Quebec y la federación del referéndum que los soberanistas pedían. Si desde el punto de vista intelectual Stéphane Dion es un sólido tratadista, a la vez brillante profesor y agudo polemista, la estrategia recomendada, plantear la pregunta en el referéndum sin ambigüedad y establecer los términos adecuados para tratar, en su caso, la independencia, ha resultado un éxito: los partidarios de la independencia perdieron el referéndum en Quebec y las perspectivas de secesión en Canadá son hoy menores que nunca en la reciente historia de este País.
Por todo esto ha sido verdaderamente interesante tener la oportunidad de escucharle y aun de hablar con él en la Embajada, en la propia Facultad y coincidiendo fugazmente, por mi culpa, en un encuentro celebrado en una universidad de Andalucía. Creo que, por más que avalado por una autoridad tan alta como la suya, el tratamiento de la secesión en Canadá no es abordable en los mismos términos en España, pues hay motivos constitucionales que lo impiden. El referéndum de separación, en la hipótesis bien difícil de que fuese convocado por el gobierno central, creo que resultaría inconstitucional, y no digamos nada si la convocatoria partiera de una Comunidad autónoma, sin habilitación alguna competencial entonces para llevar a cabo el mismo. Creo que en el caso español la solicitud de un referéndum no se haría para obtener la separación sino para poner a prueba el sistema, aumentando la tensión política que tan bien va a la condición agónica del nacionalismo: desde esa perspectiva no significaría el fin del problema separatista sino su estimulación, pues el referéndum celebrado se tomaría como el ensayo o la preparación de la ocasión sucesiva en que se habría de repetir el intento.
No tengo que decir cuanto aprecio el ejemplo de estos federalistas canadienses, que arrastran con tolerancia y comprensión tantos años de discusión sobre su identidad como nación, y la capacidad de su forma política para dar tratamiento adecuado a la pluralidad constitutiva que les caracteriza. Hay por lo demás ciertos rasgos bien interesantes de la situación de este País, como es el que las reclamaciones soberanistas no provengan de una región particularmente rica o despegada económicamente de las demás (Quebec), contra lo que sucede en España, o que algunas instituciones de la federación a las que es acostumbrado atribuir una función representativa de los territorios o las regiones, no desempeñen ese papel en Canadá, donde el Senado es una cámara sin significado federal alguno.
Reconozco sobre todo mi debilidad por este sistema al que comencé a apreciar cuando en mitad de los setenta cursé mis estudios de postgrado en la London School of Economics. Sobre Canadá hablábamos con frecuencia en el curso de Federalismo comparado, impartido por profesor Letwin, y donde aprendimos que la cultura federal era ante todo una profundización del liberalismo, pues el sistema político correspondiente tenía que ver, antes que con cuestiones de identidad, con la descentralización, y, por tanto, la debilitación del poder. Federalismo significa disposición para la discusión y el arreglo jurídico de las cuestiones: ninguna relación, por ello, con la intransigencia o la imposición propias de todos los nacionalismos, tanto el del Estado grande como el de los aspirantes a su sucesión. Canadá fue el objeto de mi tesis de licenciatura, que pretendía en vano averiguar si la federación ofrecía suficiente acomodo a las dos Comunidades culturales del Estado, la francófona y la de lealtad inglesa, o ilustraba la imposibilidad de relacionar verdaderamente nacionalismo y federalismo. Y en la biblioteca bien surtida de la londinense Casa de Canadá, en un precioso palacete cercano a Trafalgar Square, pasé muchos ratos durante el verano del 78 leyendo una literatura introspectiva, que me hizo más fácil de entender lo que, en el aspecto territorial, nuestros constituyentes afrontaban en la Norma Fundamental que por entonces redactaban …
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Catedrático
Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.
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