crítica de cine
[i]Todas las canciones hablan de mí:[/i] El cine al servicio de la literatura y la música
sábado 11 de diciembre de 2010, 17:38h
Ayer se estrenó la ópera prima de un joven cineasta español crecido en el cine y con un apellido que suena inevitablemente a cine. Jonás Trueba, hijo del oscarizado director Fernando Trueba, acaba de presentar en sociedad su primer largometraje, una cinta que se acerca a la comedia romántica desde el prisma más europeo, a través de recursos estilísticos que remiten directamente al cine de Francois Truffaut, Jean Eustache, pero también al del norteamericano Woody Allen.
El joven director confiesa, además, que para él era muy importante introducir la cultura en la vida cotidiana, porque si su vida está rodeada de libros y marcada por la música, por qué no lo iba a estar su primera película. Por eso, el protagonista de esta intimista historia de amores perdidos y reencontrados, Ramiro Lastra, interpretado por Oriol Vila, escribe poemas y trabaja en la librería de viejo de su extravagante a la vez que entrañable tío. Algunos libros, además, protagonizan distintos episodios de la aventura amorosa de Ramiro, así como también algunas canciones que no se limitan a sonar de fondo, si no que hablan como otro personaje más. Ocurre con el tema “Las estaciones del amor” del inolvidable cantante italiano Franco Battiato y, especialmente, con el tema final, “Silence is the question”, de The Bad Plus, canción tan indispensable, que Jonás Trueba señala incluso como el verdadero origen de la película.
El filme tiene, además, otro protagonista especial, éste silencioso, pero omnipresente: la ciudad de Madrid y, sobre todo, las recuperadas calles del centro histórico de la capital, como la antigua calle de Santiago por la que la cámara sigue a los personajes en sus idas y venidas existenciales. Junto a Oriol Vila, encontramos a Bárbara Lennie en el papel de Andrea, la pareja de Ramiro durante seis años pero con quien ahora vive una irregular historia de extraños reencuentros y frías separaciones desde que dejaron de compartir vida y apartamento unos meses atrás.
El recorrido de Ramiro para intentar, si puede, olvidar a su único amor marca el relato que a veces corre a cargo de un narrador con la voz del propio director, aunque también se recurra a la primera persona como forma de profundizar, aún más, en la emotividad del protagonista. Pero, a pesar del importante peso que la literatura y la música tienen en el filme, se trata de un trabajo completamente centrado en las imágenes. Trueba mueve la cámara con pulcritud, aunque, a veces, esto tenga como resultado una sensación de experimentalidad demasiado acusada y caiga en inútiles retrasos a la hora de avanzar en el desarrollo de una trama que, sin embargo, acierta plenamente a la hora de introducir unos curiosos personajes secundarios muy bien dibujados, y con una importante aportación a la hora de construir una historia en la que destaca su completa naturalidad, felizmente libre de golpes de efecto o artificios de cualquier tipo.