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COLUMNA SALOMÓNICA

Incompetencias básicas

lunes 13 de diciembre de 2010, 08:30h
Respiren tranquilos, no voy a hablarles otra vez de la generación más preparada de la Historia de España ni de sus resultados escolares. El tema vuelve a estar de moda, pero no da ya más de sí. Va siendo hora de dejar de dar coces al aguijón: si a los jovencitos españoles no les salen las cuentas o si leen poco y mal es porque son buenos chicos y emulan a sus mayores. Echarle la culpa al sistema educativo es confundir el efecto con la causa: tenemos el sistema educativo más acorde con nuestra tosca e iletrada manera de pensar y de vivir.

La incompetencia que me interesa este domingo es otra. Llevo varias semanas viendo en el faldón del periódico una noticia sobre la que no me había detenido hasta ahora. Se titula “el ladrón más torpe de la historia”. Hoy la he leído y, siento decirlo, me parece que nuestros redactores exageran. Admito que el protagonista de la historia no es un prodigio de habilidad. Llevarse de una pizzería la bolsa de la masa en vez de la de las ganancias demuestra muy poco talento, pero de ahí a bautizar al responsable como el ladrón más torpe de la historia hay un salto excesivo. ¿Creen ustedes acaso qué ha sido más listo el pillo que se ha llevado los trofeos de Pete Sampras, el tenista?, ¿qué diablos puede hacer nadie con un montón de ensaladeras y copas, feas como sombreros de reina madre?

Echen un vistazo a internet. Basta con escribir “ladrones torpes” para encontrar unos cuantos videos desopilantes grabados por cámaras de seguridad. Mi favorito es un ladrón que, no sin dificultad, logra introducirse en un supermercado por un hueco practicado en el techo. He dicho introducirse pero lo que en realidad hace es caer de boca sobre un expositor lleno de mercancías. Repuesto del golpe y reunido el botín, trata de escapar por el mismo sitio por el que entró. Usa para hacerlo una escalera, pero como no despeja el suelo de las cosas que arrastró en su primera caída, la escalera se desequilibra y él vuelve a precipitarse desde lo alto. Después de varios intentos fallidos, todos patéticos porque se deja la espalda en ellos, decide cambiar de plan y salir por la puerta del negocio. La puerta está naturalmente cerrada y debe forzarla. Primero hace palanca con un objeto que encuentra por allí, luego intenta romperla (es una puerta de cristal), finalmente, viendo que no hay forma de salir, se sienta frente a la entrada del establecimiento (fuera adivinamos las sirenas de los coches policiales) y enciende con resignación un cigarrillo.

Pero tampoco creo que este pobre hombre sea el ladrón más torpe de la historia. A mí me consta que se puede ser más torpe, menos ladrón. El caso que les voy a contar lo conozco de primera mano. Un matrimonio sesentón decide dar un paseo. Invitan a la abuela, pero esta declina el ofrecimiento porque quiere teñirse el pelo y ponerse una mascarilla, uno de esos ungüentos pringosos sobre los que se añaden rodajas de pepino y cosas por el estilo. Para no mancharse, se cubre con un delantal. En mitad de la faena, oye un ruido sospechoso. Alguien está forzando la puerta de la vivienda. Asustada, corre a ocultarse dentro del ropero. El ladrón se mueve por la casa, registrando el mobiliario. Como no encuentra nada, decide examinar los armarios. En eso está cuando abre aquel en el que se encuentra la abuela. Esta da un grito y el ladrón, al verla, sufre un infarto. La persona que me relató la historia, testigo de la escena, asegura que cuando llegó al hospital el médico de guardia no paraba de decirle: “eres un inútil, Bartolo, no vales ni para ladrón”. Por lo visto no era la primera vez que lo atendía.

El lector quizá espere para terminar una filigrana que ligue incompetencia académica e ineptitud delictiva, pedagogía y latrocinio, pero me voy a despedir por las bravas apostillando el primer párrafo del artículo y dejándoles a ustedes la engorrosa tarea de cerrar el círculo. La semana pasada compré para regalarlo un ejemplar de El cementerio de Praga, la última novela de Eco. Ya en casa le eché un vistazo por curiosidad. La traducción me pareció floja, demasiado floja para un libro y una editorial tan prestigiosa. Estructuras gramaticales absurdas, arcaísmos malsonantes (¿quién usa en España la palabra “tediar”?), fórmulas erróneas (“hacer a la una con” en vez de “hacer a una con”). Nunca he sido muy quisquilloso con las traducciones, pero recuerdo que me pregunté: ¿cómo se va a tomar nadie aquí en serio los libros si hasta quienes viven de ello no lo hacen? Hoy, justo antes de enviar este artículo, he leído en el suplemento cultural de El País la respuesta. Un reputado filólogo y escritor reseña la novela de Eco. Acaba con estas palabras: … “una traducción excepcional”.
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