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El pensamiento seductor de Josep Maria Castellet

Juan José Solozábal
jueves 16 de diciembre de 2010, 16:13h
Quizás no encuentras todo lo que desearías en este libro en el que buscas sobre todo elementos para entender mejor un segmento de la inteligencia catalana relevante que socavó el franquismo y que contribuyó de modo importante a establecer las bases de la cultura democrática en la que nos formamos buena parte de la gente de mi generación. Tampoco es fácil hallar información sobre la visión de España, no del régimen, que mantenía el importante grupo de catalanes de los que se ocupa el libro de J.M.Castellet , Seductores, ilustrados y visionarios , y que acaba de obtener con todo merecimiento el premio nacional de literatura. Pero a pesar de todo, aun cuando sean tan malos lectores de literatura como yo, no deberían perderse este libro. Ya lo advirtió Francesc de Carreras en un inteligente comentario que dedicó al libro cuando apareció la versión en catalán: no queda el narrador entre bastidores en estas memorias en donde se destacan a pesar de lo adverso de la época siete poderosos personajes, o sea, Manuel Sacristán, Carlos Barral, Gabriel Ferrater, Joan Fuster, Alfonso Comín y Terenci Moix. Lo que hace Castellet es reconstruir su relación con estos amigos: no es, como en el caso de Pla en sus homenots, que se destaque objetivamente el relieve de estos hombres (curiosamente solo hombres) en los diferentes sectores de la vida de Cataluña o España de la época, o que, como ocurre en las memorias de Carlos Barral, se narre un ambiente o una sociedad en los que se mueven, situados adecuadamente, diversos personajes. Lo que hace Castellet es focalizar su atención, evocar su relaciones con una serie de amigos , que fueron más complejas de lo que el relator pudo pensar en su momento , y que ahora se recuperan en su auténtico significado, hecho posible por el detachment psicológico y la iluminación de lo que significa la seducción, que permite captar el paso del tiempo.

Me quedo con tres momentos del libro. Tiene mucho interés el capítulo, bien largo de otra parte, dedicado a Manuel Sacristán, a cuya biografía intelectual, en concreto a la reconstrucción de su formación filosófica, presta una atención, llena de meticulosidad y rigor lógico, Castellet. En este capítulo se inserta además el relato de la estancia del escritor adolescente en el sanatorio antituberculoso de Puig D Olena, que resulta conmovedor: tiempo de libros, contacto con la naturaleza y proximidad de la muerte, que hace presente el talento prosista, innegable, de Castellet. Hay una referencia expresa de Castellet al viaje a Alemania que realizan Manuel Sacristán, Joan Raventós y Carlos Barral y de su estancia en Heidelberg, cuando coinciden con el psiquiatra Luis Martín Santos, y sobre el que ya tenía noticia a través del libro espléndido acerca del personaje donostiarra de José Lázaro. La tarea a proponerse, decía Manuel Sacristán, sobre las ruinas de la guerra ha de ser ante todo la rehabilitación del gran pensamiento alemán, desde Goethe hasta Jaspers, que no podía ser enturbiado por las teorías del nacional socialismo.

El último capítulo está aparentemente dedicado a recordar la figura, tan divertida como equívoca, de Terenci Moix, pero en realidad lo que ofrece es una representación vodevilesca del disparate que era el franquismo, en el que se movían personajes como aquel paciente del psiquiatra de uno de los jefes de la policía franquista de Barcelona, que intervendría decisivamente para librar del arresto al escritor, pero que se quedaría con su archivo y papeles privados que le fueron sustraídos durante el estado de excepción. Este capítulo, hilarante y vertiginoso en su desarrollo, testimonia la pérdida de tiempo que la dedicación a la lucha política impuso en España a una generación, cuyo compromiso enriqueció la vida política con un nivel de inteligencia que hoy la especialización profesional no consiente y que tanto lamentamos.

El capítulo más feliz es, a mi juicio, el dedicado a Alfonso Carlos Comín, en el que la seducción misteriosa, que podía residir en una inteligencia poderosísima, una dedicación a los demás extrema, o la condición asumida de su presencia precaria, le conferían una gracia (en un sentido quizás teológico, al que si yo no lo he entendido mal alude en su escrito agudísimo su gran amigo José Antonio González Casanova, en el último número de El Ciervo). Así puedo terminar con esta evocación del libro que a mí también me recuerda al Alfonso Carlos Comín que conocí, fugaz pero indeleblemente, algo más mayor, a su paso por Valladolid: “Alfonso detenido: un sarmiento pálido, de ojos penetrantes con el pelo corto y la nuca despejada, la mente vigilante. Un personaje atractivo, sobre todo por la fascinación que provoca siempre un joven estudiante que descubre el mundo”…

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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