COLUMNA SALOMÓNICA
Tradición y progreso
lunes 20 de diciembre de 2010, 08:29h
El hombre es un animal racional. Esto es lo que dice una de las peores definiciones del ser humano que se conocen. Que sea un animal resulta bastante dudoso —hace miles de años que lo fue, aunque también hace miles de años que dejó de serlo-; que sea un ser racional, un exceso retórico, una de esas ideas que parecen muy convincentes hasta que se las piensa un poco.
Discutir que el hombre sea un ser racional no significa creer que carezca de razón. Esto es innegable, desde luego, pero de ahí a tomar esta capacidad suya como si fuera el fuste que sostiene y articula su existencia, hay un abismo.
Si los hombres fuéramos esencialmente seres racionales necesitaríamos por encima de todo comprender lo que nos rodea, pero es un hecho difícil de negar que más que comprender lo que nos rodea preferimos que quienes nos rodean nos comprendan. El horizonte en que se produce dicha comprensión no es el de la razón, tal y como se manifiesta en la especulación filosófica o la investigación científica, sino el del sentido común.
El sentido común es cierta sensatez derivada del conocimiento de las cosas tal y como se interpretan en una comunidad dada. Se basa, pues, en la existencia de un consenso previo, generalmente inconsciente. Cuando ese consenso se quiebra resulta muy difícil ponerse de acuerdo sobre las cosas más básicas. Esto es lo que ocurre en las épocas en que se produce una interrupción de la corriente tradicional: los valores vigentes son discutidos y dejan de inspirar a los hombres en su vida personal. Por supuesto, esto nunca ocurre de forma absoluta, pues supondría la desaparición de la comunidad.
La tradición está llena de prejuicios y malentendidos, y el sentido común, que descansa en ella, de creencias que la razón impugna a menudo mostrando su inconsistencia. El hecho de que permanezcamos enajenados en la tradición no implica que resulte deseable, ni tampoco posible, sustituirla por la razón. Tal fue el error ilustrado. No se puede sacar a todo el mundo de la caverna. La pretensión de que sea la razón quien decida siempre sobre qué se debe hacer o no es ilusoria. En Roma se acuñó la expresión sensus communis justamente para hacer valer el derecho del entendimiento común, sustentado en creencias, sobre la especulación racional, basada en estrictos principios.
Lo anterior no significa que el sentido común sea algo estático. La sociedad obliga con sus cambios a afinarlo constantemente. En la época actual los cambios son vertiginosos y la mayoría de nosotros corremos detrás de ellos con la lengua fuera. A poco que uno se aferre a cualquier creencia se vuelve un lunático. Es importante saber, sin embargo, que el sentido común no evoluciona en dirección a la verdad, como la razón, sino de acuerdo con los deseos colectivos, a veces demenciales.
Occidente, cuna de la filosofía, ha hecho de la tensión entre tradición y razón uno de sus motores principales. Curiosamente, y debido quizá a las grandes calamidades del siglo XX, en los últimos tiempos hemos ido adoptando en nuestra vida cotidiana una actitud filosófica, científica, racionalista. La tradición se mira con suspicacia y a ella se oponen los valores de la razón. Dichos valores, cuando los cotejamos con los tradicionales (religiosos, nacionales, etc.) parecen formalidades sin contenido que propician un relativismo desmoralizante, aunque en realidad son señales de una nueva época.
El debilitamiento del tradicionalismo ha sido muy grande en los últimos tiempos. Esto no tiene nada de particular porque lo que se está formando desde hace un siglo es una nueva tradición. El reiterado achaque que hace la izquierda progresista a la derecha conservadora de estar apegada a valores periclitados, no se corresponde con la realidad. La derecha, igual que la izquierda, abandonó hace mucho sus viejas posiciones. En nuestro país, por ejemplo, salvo la defensa de la unidad nacional y de la Constitución, apenas se encontrarán principios fuertes en su programa. Se explica así que tarde o temprano termine comulgando con todas las reformas impulsadas por los progresistas: desde el aborto o el matrimonio homosexual a la organización aconfesional de la enseñanza o la defensa del estado del bienestar. Más que de discrepancias, habría que hablar de tiempos o prioridades. Unos llevan la iniciativa, quizá por tener más claro su anhelo de escapar de la tradición; otros los siguen a regañadientes, aunque sin oponer nada a un proyecto que, con los matices que sean, comparten en el fondo.
La transición de un modelo tradicional a otro basado en los principios de la razón está muy adelantada en todo Occidente. Incluso en España reina cierto consenso sobre el que obra ya un nuevo sentido común, un modo enajenado de discriminar lo aceptable de lo inaceptable compartido por la mayoría. Es discutible suponer que la racionalización de la vida colectiva nos haya vuelto más racionales —también se puede ser racionalista por tradición-, pero se ganaría mucho si nos percatáramos de que la tensión entre tradición y progreso es ya sólo dramaturgia política y retórica periodística.