Manuel Rivas: Todo es silencio. Alfaguara. Madrid, 2010. 280 páginas. 18,50 € E-Book: Formato: ePub con ADOBE DRM. Lectura: Sí. Impresión/Copia: No. 12 €
En Brétema –lugar imaginario con resonancias novelísticas a
Marina Mayoral– sitúa Manuel Rivas su última obra,
Todo es silencio, protagonizada por Manuel María y un conjunto vigués de música folk, celta. Todo ocurre de cara al mar: el mar que se lleva a los hombres y que devuelve restos del naufragio, como un viejo maniquí que va a engrosar los cachivaches que se acumulan en la casa del indiano. De cara al mar, tres muchachos juegan: Fins, Leda y Brinco, muchachos que se están haciendo hombres y mujeres. Y entrarán en contacto con un personaje que representa de alguna manera la maldad, un antiguo seminarista que no ha perdido la costumbre de hacer citas en latín, y de recomendarles a todos que aunque tengan ojos no vean; aunque tengan oídos no oigan; y sobre todo, que aunque tengan boca no hablen. Si el misterio es la clave del poder, el silencio es la clave de la corrupción.
La historia que nos narra el autor de
El lápiz del carpintero es, sin duda, la historia de esa Galicia cambiante que ha sustituido la pesca por el contrabando –primero de tabaco y ahora de coca–, los barcos de cabotaje por las planeadoras. Mariscal, el capo de los capos, cuenta con la complicidad y con el silencio, connivencia de muchos de aquellos que deberían defender la legalidad y que avisan a tiempo de lo que puede pasar. Pero, frente a esa Galicia del matute, hay otra que trabaja, que tiene en el mar y la montaña la fuente de su progreso, que reúne más carreteras comarcales que todas las de España juntas. La madera del monte, las bateas en el mar, los cultivos marinos son una fuente nueva de riqueza, de esa riqueza que ha puesto coto a la emigración de la que nos hablaba Manuel María: “
Ringleiras e ringleiras de homes mozos /
a mocedad en flor, a flor de mocedad /
percuran os camiños que conducen a terras farturentas, produtivas /
donde poden atopar pan e traballo”.
Dos aspectos componen la obra de Rivas: el primero, que estamos en presencia de una novela a la que no cabe definir, que es a la vez muchas cosas, novela negra, novela de denuncia, novela social, relato costumbrista. El segundo, su enorme dominio del lenguaje, o mejor aún, de los lenguajes, desde el gallego, lengua en que la novela fue escrita, al castellano, pasando por el latín, el portugués, e incluso por el inglés y el francés.
Encontramos, como cabría esperar, historias de amor y muerte, recuerdos que se muestran a lo largo de toda la novela en diferentes planos de tiempo. Hay, también, en la narración de Rivas un notable suspense que nos hace ir de capítulo en capítulo tratando de descubrir aquello que va a suceder; pero el autor, invariablemente, acaba sorprendiéndonos. Manuel Rivas siempre ha escrito grandes novelas, ricas y complejas. Ésta que ahora nos ocupa es, probablemente, no la mejor, pero sí una de las mejores. Con ella recuperamos, una vez más, el placer de leer.
Por Alberto Sánchez Álvarez-Insúa