Todos juntos en Navidad
domingo 26 de diciembre de 2010, 18:49h
Tsiroanomandidy es una ciudad del centro de Madagascar. Su obispo, el español Gustavo Bombín, celebraba la Misa del Gallo. Fuera llovía mucho pero dentro en el templo, la catedral construida con una gran estructura de madera, todos vivíamos esa gran noche con alegría. Todos, absolutamente todos, a pesar de que la mayoría de las personas que se encontraban allí mirando fijamente al obispo, apenas habían cenado. Nosotros y los misioneros españoles y malgaches que se habían acercado a la concelebración, sí. Un pollo-bicicleta, como le llamábamos por su delgadez, había sido nuestro plato principal acompañado por una sopa de arroz. Eso sí, tras la bendición del obispo:”Andriamanitra ô , tsofy rano iasi sy ny hanina ho haninay.Amen.”(Dios, bendícenos a nosotros y los alimentos que vamos a tomar.Amén”
Fuera de la catedral, el viejo Tende se arrastraba por el suelo pues tenía una herida muy profunda en la pierna derecha desde hacía muchos años. Una herida que supuraba continuamente y que servía de sustento a decenas de larvas y gusanos, pero no le dolía. Tende, que no había entrado en el templo, estaba engullendo los restos de la cena que habíamos dejado. Junto al viejo, jugaban varios niños que esta noche también habían tenido mucha suerte, pues habían podido compartir los platos de arroz que había sido cocido en la vieja cocina de la misión. Esa noche habían tocado a poco más de cien gramos por niño. Todos jugaban y gritaban tras una balón de fútbol que les habíamos llevado de España. Todos menos uno, que seguía con su plato de arroz entre las manos y cogía grano a grano su contenido para llevárselo a la boca, donde lo movía como si fuera un chicle sin atreverse a tragarlo. Estaba disfrutando, pues era “su gran cena de Navidad”.
Dentro en la catedral, Gustavo Bombín les hablaba a todos de la bondad de un niño, Jesús, que nació más pobre que todos los que acudían a la Eucaristía, que vino a vivir entre nosotros en la pobreza y murió por nosotros,”también por vosotros-queridos hermanos-que sois los herederos de Nuestro Señor”. Bombín, al pronunciar estas palabras, no dejaba de pensar en su Valladolid natal y en esas maravillosas Navidades en familia. Ahora su familia estaba allí. No la natural, sino la que Dios había querido entregarle. Esas familias malgaches, esos niños que se alimentaban con granos de arroz, todos, absolutamente todos los que estaban en el templo. Por eso con todos, rezaba el Padrenuestro. Yo lo hacía en español, él y todos los demás en malgache:
“Raynay any an danitra,
Hohamasinina anie ny anaranao
ho tonga anie ny fanjakanao;
Ho tanteraka anie ny sitra-ponao,
ety an-tany tahaka ny any an-danitra.
Omeo anay ny haninay isan´andro;
avelado ny fahontanay tahaka ny amelanay
izay nanao ratsy taminay;
Aza avelanao ho fitaoman-dratsy izahay;
Fu manafaha anay ´ny ratsy.”
Fue la mejor Navidad de mi vida y además no había estado solo. Me ha gustado mucho lo que ha escrito el arzobispo castrense, Juan del Río, sobre la soledad en Navidad: “Con frecuencia escuchamos: “Estas celebraciones me deprimen“, recuerdo mucho a los seres que me faltan y las reuniones familiares me parecen forzadas”. Éstas y otras expresiones-dice Del Río- revelan que la fiesta cristiana de la Navidad está sufriendo un desplazamiento, desde su centro religioso, a la dinámica de la sociedad de consumo. La enfermedad de nuestros días es la soledad, que se puede estar solo a cualquier edad y que en esta época de la comunicación, paradójicamente, prospera el aislamiento del individuo”.
Por eso, les remito a esa Navidad en Madagascar, con pocos de granos de arroz, pero para muchos que no se sentían solos.
¡Que nadie se sienta solo en esta Navidad!.