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2010: parte de navegación

Luis de la Corte Ibáñez
martes 28 de diciembre de 2010, 16:57h
El tiempo pasa volando, ya saben, todo lo devora, o casi todo: el color de las mañanas, el sabor del vino y la hiel, los infinitos lapsos, como granos de arena de una playa, en que puede dividirse cada hora, día, semana, mes … Es cierto, algunas alegrías, ilusiones y penas permanecen pero otras cruzan fugaces, dejando no obstante todas ellas una huella y un surco y sobre esos surcos ha de seguir transitando la vida de hombres y mujeres, de sociedades y naciones. Pero las tradiciones mandan erigir hitos temporales para comprimir el tiempo y recapitular lo reciente: así, las celebraciones de toda clase de efemérides, personales y colectivas, aniversarios. Y así también la festividad que cierra cada año y da paso al siguiente: ahora 2010 y, en pocos días, 2011.

Para Occidente, aquella porción del mundo en que nos encuadramos por geografía, historia y cultura, 2010 no ha sido un gran año. Ninguna gran alegría, ningún avance extraordinario. Ni en lo político, ni en lo social, cultural o científico. Y menos aún en lo económico. Estados Unidos no ha remontado aún sus fracasos recientes y su telegénico líder ha quebrado todas las expectativas que auparon por primera vez en la historia a un americano de color al puesto de George Washington. Aunque viendo los rivales que tiene enfrente (Tea Party y por ahí), queda Obama para rato.

Europa no está mejor que Estados Unidos, sino mucho peor. El problema no es sólo la crisis global (de por sí, un inmenso reto para la década entrante) sino el creciente euroescepticismo y la desmoralización alimentadas por el descalabro sucesivo de las economías griega e irlandesa y los temores suscitados por las de Portugal y España se van traduciendo en tensiones políticas que alimentan la incertidumbre sobre el futuro del proyecto europeo. Los más fuertes, como Alemania, se han ido cansando de su papel protector. Se va agotando la paciencia con los socios díscolos, frívolos e irresponsables y proliferan ya los proyectos bilaterales orientados a gestionar y promocionar los propios interés nacionales con independencia de supuestas constricciones comunitarias (quiere decirse, de la Unión Europa): de ahí, entre otras cosas, los cambios de actitud hacia Rusia, por ejemplo. Pensar en estas condiciones en el desarrollo de una política exterior europea común, efectiva y precisa es soñar, o acaso delirar. Y lo mismo en Defensa. Bastante complicado ha sido a lo largo de este año preservar una mínima credibilidad para la OTAN, empantanada (como Estados Unidos) en la ciénaga de Afganistán y cuyo plan estratégico, recientemente redefinido en Lisboa, despierta incredulidades a diestro y siniestro. En cuanto a España, dejémoslo para otro día, porque la involución política y económica que padecemos, que desde luego no principió en 2010, no admite comparación ventajosa.

Cerca de nosotros, Iberoamérica ha seguido pugnando por superar etapas de desilusión, y muchas de sus naciones han avanzado, saneando sus instituciones, prosperando en lo económico y lo social. Pero hay fantasmas que todavía brujulean por América Latina y que han seguido amargando la vida a sus moradores durante este año que muere. Ha persistido y persisten aún tanto el reducto totalitario del castrismo cubano (con su abominable censura a la disidencia pacífica) como el populismo indigenista y bolivariano: en Venezuela, en Bolivia y Ecuador. En todo este tiempo, sus grotescos y arrogantes líderes no han hecho otra cosa sino corroborar su incompetencia gestora, zafia y arrogante. Y, el caso venezolano es particularmente preocupante debido al último paso dado por Hugo Chávez en este mismo mes de diciembre (Ley de Delegación): un paso más en la abolición de la democracia por parte de un gobierno que ampara a terroristas y mima sus alianzas con ayatolás intolerantes mientras se muestra incapaz de seguir el ritmo de crecimiento del resto de países iberoamericanos y que tampoco saben ni intentan invertir la tendencia de criminalidad rampante que ha hecho de Venezuela uno de los países más violentos del globo. Pero la violencia y el crimen a máxima escala no son patrimonio de un solo país iberoamericano sino de muchos: ahí está Colombia, con evidente recuperación del Estado frente a narcos y guerrillas, pero ni mucho menos libre de tales lacras; ahí están las maras centroamericanas y sobre todo, ahí está el caso mexicano, con un considerable incremento de muertes en 2010 debidas a las guerras entre cárteles y entre estos y las autoridades, intensificando una tendencia iniciada en 2006. Hoy por hoy el gobierno de Calderón, a pesar de las muchas operaciones policiales exitosas, no sabe cómo atajar un problema cuya solución seguramente no podrá encontrase en las calles, sino en las altas esferas de la economía y la política mexicana. Lo que sobresale de Iberoamérica, sin duda, es el rutilante ascenso de Brasil, en vertiginosa carrera hacia un puesto entre las primeras potencias globales, a pesar de sus amplias desigualdades y otras carencias aún vigentes.

Hablando del mundo en su conjunto, venimos de dos décadas en las que el desarrollo humano ha progresado considerablemente: en comparación con veinte años atrás son muchas más las personas que hoy disfrutan de una vida más larga, con mayores ingresos y más saludable, que acceden a una educación más prolongada y una creciente gama de bienes y servicios, y ello incluso en países que atraviesas una situación económica adversa (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo: Informe 2010 sobre el Desarrollo Humano). También se han reducido el número de guerras en las últimas décadas: en la de 1950 cada año se libraban un promedio de seis conflictos armados internacionales en el mundo cuando ese promedio se ha vuelto inferior al de un conflicto anual en los primeros años del siglo XX; entre 1998 y 2008 el número de guerras de alta intensidad (esto es, con un mínimo de 1.000 víctimas mortales anuales) decreció en un 78%; y aunque la mayoría de los conflictos armados de los últimos tiempos han sido guerras civiles, igualmente éstas comenzaron a declinar a partir de 1992 (último informe sobre Seguridad Humana elaborado por la universidad canadiense Simon Fraser). Con todo, el planeta y sus problemas fundamentales no han progresado sustantivamente en 2010. Antes bien, la lista de tareas pendientes y agravios permanece inalterada. Cerca de 1.750 millones de personas de 104 países viven en una situación que Naciones Unidas define como “pobreza multidimensional”, lo cual significa graves privaciones en salud, educación o nivel de vida (África subsahariana y Asia central son las regiones que más padecen estos efectos). Y el autoritarismo, los conflictos y guerras y la represión han pervivido en 2010, como en años anteriores: de nuevo muy significativamente en África, también en Oriente Próximo (nada se mueve en Palestina), en el mundo árabe y musulmán en general, en diversos puntos de Asia Central. Como se cita poco convendría recordar la intensa persecución que siguen sufriendo diversas minorías por razones religiosas, siendo el cristianismo (¡y no el islam!) la religión más hostigada y reprimida: cerca de 100 millones de cristianos han vivido en este año bajo acoso en todo el mundo, según detalla la ONG Open Doors. Permanece asimismo pendiente el inmenso desafío representado por el deterioro ecológico del planeta y el cambio climático, cuyo impacto es ya medible a partir de la creciente exposición a sequías, inundaciones y tormentas que venimos presenciando en los últimos años y su potencia para segar vidas humanas y ampliar desigualdades.

Entre tanto, durante 2010 hemos recibido nuevas evidencias sobre el devenir de ciertas tendencias geoestratégicas. Algunas vienen ya de atrás: Rusia emplea todo su poder y habilidad para tratar de recuperar su área de influencia de la era soviética. Pero otras son más recientes, sumando nuevas incertidumbres a las que ya recibimos tras el colapso del comunismo soviético. Por mencionar solo una, Turquía suma a la carta europeísta un cierto coqueteo con el islamismo propio y foráneo (¿es posible ese doble juego?; y si lo es, ¿cómo debería reaccionar Europa al respecto?). Y persisten también la mayoría de las graves amenazas a la seguridad de la década 2000: Irak ha visto salir una porción importante de las tropas USA pero el país y sus instituciones siguen funcionado con lógicas caóticas, sin librarse de un terror islamista que también sigue desestabilizando y causando daños en otras muchas partes: en Asia (Afganistán y Pakistán, sobre todo aunque no sólo allí), en la península arábiga (Yemen), el Cuerno de África (Somalia, también con un primer atentado este año en la vecina Uganda), el Magreb y el Sahel y con varios proyectos afortunadamente fallidos para atentar en Europa y Estados Unidos. Irán continúa con su proyecto nuclear y Corea del Norte acaba de provocar una crisis que nos ha retrotraído a la Guerra Fría, evidenciando al mismo tiempo la falta de voluntad de China para usar su poder e influencia moderando a su díscolo y viejo aliado, en beneficio de la comunidad y la paz internacional.

El balance anterior es indudablemente incompleto e inevitablemente sesgado, pero aún así el lector se preguntará si cabe ser optimistas respecto a 2011. Dijo una vez Karl Popper que, puesto que el futuro siempre está abierto a nuevos giros y cambios y dado que esos cambios son el producto de obras y decisiones humanas, el optimismo es un deber irrenunciable. Quien ha pergeñado estas líneas no está convencido de ello. Desde luego, el pesimismo radical es un brebaje que paraliza y cierra las puertas al progreso, a todo progreso. Pero hay optimismos ilusorios que engendran horrores y catástrofes (como el mismo Popper demostrara en su defensa de las sociedades abiertas…). Lo que sí parece irrenunciable es la obligación de seguir los surcos que va dejando el paso del tiempo y vigilar sus movimientos, como el timonel estudia el tumulto del mar y el curso de los vientos, para poder ajustarse así a sus tendencias y cambios, y enderezar el propio rumbo, una y otra vez, una y otra vez. Supongo que es lo que los lectores de El Imparcial buscan al acercarse al visitar sus páginas: un parte de navegación que les advierta de posibles naufragios. A todos ellos, por su voluntad de conocer y comprender, feliz 2011.
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