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Un alto en Coria camino del Naturtejo

martes 04 de enero de 2011, 21:36h
De paso por Coria, camino de Portugal, el nombre de la ciudad me despierta la reminiscencia de la divertida y jugosa anécdota de Pío Baroja contada por Ortega en una de las primeras entregas de El Espectador, su revista personal.

Hace casi un siglo, ambos, junto con otros amigos, fueron de viaje a la sierra de Gata. Quería el novelista seguir la pista de su aventurero y pariente, el hazañoso Aviraneta, quien, al parecer, asistió a la toma de la localidad cacereña ocupada a la sazón por las tropas napoleónicas.

En cuanto al filósofo, no tenía otro motivo que no fuera el de satisfacer su curiosidad y entusiasmo visual disfrutando de paisajes nunca antes contemplados. Cumplía de este modo con el propósito de intenciones dirigido a los suscriptores y recogido negro sobre blanco al salir el primer número de la publicación. En él hablaba de la necesidad de infundir a los jóvenes un interés auténtico por las ideas y los afanes del conocer con un sentido lujoso y deportivo de la vida, superando los prejuicios de partido, no sólo político sino de todo orden.

Pues bien, al finalizar la jornada, conversaban y discutían los viajeros en la posada coriana sobre lo visto y oído en el paseo cotidiano. Baroja escuchaba, terciaba en alguna ocasión, corregía, retocaba su novela casi concluida.

Un día, sin embargo –relata Ortega- su mutismo acompañó la plática vivaz de los restantes componentes del grupo. Absorto en sus papeles, pugnaba con gran ahínco y escasa fortuna por liberarse de un embrollo sintáctico prepositivo. Era ello que, de tanto pensar en cuál sería la preposición adecuada, se había formado un lío tremendo y, atenazado por la confusión, vacilaba incapaz de discernir si lo correcto era escribir: “Aviraneta bajó de zapatillas” o bien “bajó con zapatillas” o “bajó a zapatillas”.

Tras recordar este gracioso retazo de las “Ideas sobre Pío Baroja”, titulado con malicia e ingenio por Ortega “Baroja tropieza en Coria con la gramática”, continué mi itinerario por la vega del Alagón, camino de Castelo Branco, en el centro de la preciosa y singular comarca del parque natural del Tajo portugués, el Naturtejo, en la región de la Beira Baixa o Ribera Baja del río.

Hay en ella parajes imponentes donde se palpa el peso de los tiempos, y la fractura entre la naturaleza y la construcción humana se ha difuminado. En los años treinta, los portugueses denominaron a Monsanto, enclavado en el concejo de Idanha –a- Nova, el pueblo más portugués.

Y el apelativo resulta en verdad atinado. La aldea aparece en lo alto del cabezo como surtida de la misma elevación escarpada de granito, roca visible, además, en las rotundas moles que separan y sustentan las viviendas o en los habitáculos y refugios encovados.

Sólo un cíclope de la estirpe de Polifemo sería capaz de mover tales peñascos. Tiene todo una sobrepiel de musgo rezumante bajo la niebla fosca, y el visitante no sabe si le atrae hacia sí o le altera y descentra el aire intenso que respira en este entorno misterioso, ambivalente y casi onírico.

No lejos se halla la minúscula población de Idanha-a-velha, la antigua Egitania de la calzada de Mérida, con su muralla romana de sillares bien tallados, un hermoso palacio barroco provisto de torre y balcones de barandilla de piedra trenzada, y una desnuda iglesia paleocristiana.

Al pie del cerro se encuentra el puente sobre el río Ponsul, afluente del Tajo cuyas aguas se represan al alcanzar los escollos de Penha Garcia, en el corazón del Parque Geológico de los cuchillos de esquistos y cuarcitas salpicadas de huellas fosilizadas de trilobites marinos que marcaron indeleblemente los anillos de su cuerpo reptante y la línea de su figura en la arena hoy petrificada.

El agua generosa brinca en regatos y arroyos que llenan de sonidos harmónicos el conjunto de reflejos rosáceos, grises y azulados. Aún perduran las casas de tejado rojo que antaño albergaron aceñas de grano y hoy cobijan valiosos fragmentos pétreos.

Tras el recorrido por los abruptos desniveles de Penha Garcia, termina el año 2010 para nosotros, españoles, una hora antes.

Y no dejo de pensar cuán inapropiado es este desajuste horario ibérico.
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