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Porrazos y denuncias por culpa del humo

miércoles 05 de enero de 2011, 21:29h
Lo que extraña de las denuncias contra ciudadanos y locales presuntamente infractores de la Ley Antitabaco, no es tanto su número, como su madrugadora aparición. Las escopetas estaban cargadas, y sería interesante, a lo mejor simplemente curioso, comprobar cuántas de esas denuncias realizadas por ciudadanos contra otros ciudadanos, corresponden a conversos. Duelos y quebrantos.

Llama la atención que, precisamente en un país como el nuestro, cuyos habitantes tan a menudo dan la impresión de estar poseídos por una especie de virus anestesiante, que impide reaccionar contra un Gobierno que parece interesado en salvar votos a costa de puestos de trabajo, despilfarro autonómico o soberbia nacionalista, lo de fumar o no fumar se haya convertido en tan clamoroso campo de batalla. Es cierto que desde que el actual gobierno socialista impulsó polémicas leyes como la de memoria histórica, habíamos recobrado esa fea costumbre de mirarnos los unos a los otros con el rabillo del ojo retorcido, pero las cosas, gracias a Dios, no habían llegado tan dolorosamente a las manos. Con el humo y las cenizas expulsadas definitivamente de todos los locales públicos, incluidos aquellos que, como bares nocturnos o discotecas, estaban plagados de implacables fumadores, da la sensación de que, ahora sí, hemos encontrado la excusa perfecta para liarnos a batacazos y encontrar al fin la manera de volver a cargar los dos bandos.

No tardarán las turbulentas aguas de este comienzo de 2011 en volver a su cauce, pero, de momento, estos días han sacado de nuestros genes el ancestro de la confrontación fraternal. Nada de ponerse en el lugar del otro, con la sana comprensión de que al vecino puede que le lleve unos días adaptarse al radical cambio que supone aceptar que lo que antes constituía un hábito muy normal y, en contra de lo que opina Salvador Sostres en su columna, realmente placentero, de tomarse un cafetito aspirando el asesino humo de un cigarro, ahora sea sencillamente ilegal. Para qué advertir con buenas palabras al infractor o al dueño del local de que el cigarrito ahora se fuma en la calle, aunque tampoco en toda ella, cuando es mucho más cómodo y, esto sí, totalmente placentero, poner una denuncia sin tan siquiera haber advertido de la intención de hacerlo. Y por la otra parte, igual, claro. Hay una ley que prohíbe fumar y ya está, no se fuma. Cada palo que aguante su vela. Desde luego, lo último que debería hacer uno cuando le dicen que incumple una ley es, además, liarse a guantadas con el pobre mensajero, porque como alegan los dueños de los locales de ocio, ellos no son policías, y por ejercer de tales se arriesgan, como ha ocurrido en el espeluznante caso de Montehermoso, a que un salvaje la emprenda a golpes con quien menos culpa tiene.

La Ley Antitabaco parece haber quitado por unos días las telarañas de los olvidados guantes de boxeo, y entre tanta frustración navideña de reuniones familiares que ponen de los nervios y desmesurados gastos que aún no se sabe cómo podrán pagarse, nos sirve de excusa para poner verde al otro y lo peor de todo, nos distrae de lo verdaderamente importante, incluso más que un arbitro comprado o, mejor aún, que un controlador aéreo culpable de dejarnos en tierra un sagrado fin de semana largo. Porque a uno que no le toquen las vacaciones, ni el bolsillo, ni su legítimo resultado de liga, tampoco sus humos.
A España, que le den.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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