www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

crítica

La filosofía en una sociedad moderna

sábado 08 de enero de 2011, 00:52h
Richard Bernstein: Filosofía y Democracia: John Dewey. Edición e introducción de Ramón del Castillo. Traducción de Alicia García Ruiz. Herder. Barcelona, 2010. 304 páginas. 22 €
Este libro es destacable como una buena presentación de una figura central en la historia del pensamiento del siglo XX: John Dewey. También es notable por el ejemplar prólogo de Ramón del Castillo, que permite la valoración de Richard Bernstein, uno de los autores más notables en el ámbito de la reflexión ética de los últimos treinta años en Estados Unidos. Pero estas cualidades que implican la oportunidad de la versión española, nos llevan a lo que es una gran cuestión en donde la aportación de Dewey es especialmente importante: ¿Cuál sería el papel del pensamiento en una sociedad moderna, es decir, en una sociedad democrática? Las figuras de Dewey y de Bernstein nos conducen a precisar una forma de actuación del filósofo que responde a una necesidad central de la sociedad moderna.

Dewey tuvo una larga y dilatada carrera donde trabajó en muchos temas, entre otros la reforma educativa. Lo más importante no son sus aportaciones positivas al léxico especializado de los filósofos, distinciones como la inmediatez cualitativa por oposición al conocimiento inmediato, por ejemplo. Lo que se debe valorar es cómo la figura del intelectual facilita la reforma de la sociedad del momento contraponiendo nuevas ideas a los prejuicios circunstanciales, buscando coherencia entre lo que una sociedad dice que pretende ser y lo que en realidad logra; y en general elevando el nivel de discusión que es inherente a aquélla. Por eso, Dewey consta como una figura incuestionable que culmina una primera etapa de la tradición pragmática en Estados Unidos, que siendo realmente una tradición, sin embargo se caracteriza justamente por la voluntad de innovación y de superación del estado de cosas del momento.

Lo que es indudable es que una sociedad no sólo consta de individuos y de bienes materiales. Además, lo que permite que se hable de sociedad es su condición de ámbito de la comunicación donde los individuos actúan entre sí y colaboran en conjunto en mantener un entorno social. Hay una opinión pública. En este contexto siempre se da un determinado consenso sobre lo que la sociedad quiere ser, consenso que va variando de acuerdo con las exigencias de la coyuntura y las oscilaciones de la opinión pública. Es en este punto donde Dewey refleja mejor que nadie el papel del intelectual como hombre público, constituyendo un antecedente para una segunda generación de pragmatistas como el formado por Richard Rorty, Putnam y, con matices, el propio Bernstein.

Desde Bertrand Russell, el movimiento pragmatista al que pertenece Dewey se ha malinterpretado como poco progresista cuando en realidad, empezando por el propio Dewey, ha pesado como conciencia crítica de los rigores de la sociedad estadounidense. Es muy importante la conciencia de Dewey de que un individualismo sin restricciones culmina en la negación del propio individuo. No se puede defender el individuo como realidad irreductible, sino que hay que mantener que una determinada estructura social permite, o al contrario, impide su realización como tal individuo. Esta conciencia de la realidad del Estado, sin embargo, no comporta una adscripción al colectivismo.

En el capítulo titulado “La comunidad, el individuo y el proceso educativo”, así como en dos artículos que Ramón del Castillo ha acertado añadir, donde Bernstein vuelve a la figura de Dewey, se esboza una imagen de una sociedad abierta que en todo momento se encuentra dispuesta a criticarse. Lo importante no es su configuración en un momento determinado, sino la posibilidad de enmienda en una discusión donde se debe encontrar un equilibrio entre ideales morales y posibilidades reales. De este espíritu sale la gestión de Roosevelt en los años 30 del siglo pasado. Al mismo tiempo, Dewey abunda en la creencia ilustrada de la capacidad de la educación para promover dichas discusiones. Es cierto que la Historia ofrece contraejemplos como la de la Alemania de 1933, en el que las elecciones dieron el poder al nacionalsocialismo. Pero al mismo tiempo, la sociedad estadounidense puede constituir en este periodo un caso aleccionador, ya que las medidas de Roosevelt moderaron un individualismo exacerbado con una mayor intervención del Estado en la vida social.

La comparación que se viene a la mente es la que se puede hacer con la figura de Ortega y Gasset. Desde luego hay un factor diferencial. En el caso de Dewey se aprecia una confianza grande en la ciencia, que pesa poco en el del pensador español que, reaccionando a los excesos del positivismo, acuñó el término “terrorismo de los laboratorios”. La fenomenología que Ortega sigue con interés, se aleja de una práctica como la de Dewey que pretende inspirarse en la actividad del científico. Se puede apurar la comparación teniendo en cuenta que cada uno por su lado pertenece a tradiciones reformistas y sobre todo llegan a un público no sólo académico. El primer Ortega, sobre todo, era consciente de la importancia del ámbito de comunicación en el que se producía.

La confianza de Dewey en la ciencia se concreta en la voluntad de atender a las necesidades del momento, antes que a unos dogmas o principios a los que la ciencia habría llegado. La experimentación y la aplicación de los descubrimientos científicos ocupan un lugar muy importante, incluso decisivo por encima del carácter especulativo que la ciencia podría tener dentro de nuestra tradición. Esto es particularmente claro en Dewey, por oposición a James, ya que el gran conocimiento de este último de la ciencia de su momento y concretamente de la psicología, en ocasiones le lleva a encontrar límites para la misma. Para James hay una conciencia de la falibilidad de la ciencia –que probablemente no discutiría Dewey en el caso concreto– y una valoración ética del individuo que no se encuentra presente en su compañero.

La introducción y apéndice bibliográfico de Ramón del Castillo son excelentes. Se puede percibir, como en Bernstein, que la presencia de Dewey constituye un punto de referencia constante. Acabé este libro convencido de que la democracia y la sociedad moderna necesita figuras como la de Dewey, donde lo excelente no es la creación de nuevas formulaciones, sino una práctica intelectual sobre la cultura vigente que busque que ésta cumpla sus propios fines, en la circunstancia concreta en la que uno se encuentra.

Por Jaime de Salas
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.