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La dignidad de Cascos y Asunción

martes 11 de enero de 2011, 02:06h
Por fin, alguien relevante del PP daba ayer la cara para referirse de manera explícita a la marcha de Alvarez Cascos. Lo hacía María Dolores de Cospedal, quien llegó a afirmar que la decisión de no contar con el antiguo número dos popular se hizo “por el interés general”. Se desconoce si fue ese mismo interés general el que llevó a Isabel Pérez Espinosa, candidata del PP asturiano en detrimento de Cascos, a tildarle de “senil” y de “tener lagunas mentales”. A dicho interés general debieron acogerse también los otros títeres de Gabino de Lorenzo, alcalde de Oviedo y verdadero muñidor del plan anti-Cascos, dedicándole todo tipo de improperios. Similares, por otra parte, a los que recibió de sus ya ex compañeros socialistas valencianos, Antoni Asunción.

Son tan reprobables ambas campañas como ejemplares las respuestas de sus protagonistas. Cascos, por un lado, ha obviado los insultos, añadiendo -con toda la razón- que califican a quienes los vierten. En su caso, además, puede acreditar una amplia experiencia tanto en el sector privado como en las más altas tareas de gobierno nacional. Su oponente, en cambio, apenas si tiene una licenciatura universitaria; el resto, cargos políticos y de partido. Lo mismo que el presidente de los socialistas valencianos, Jorge Alarte, a quien no se le ha conocido nunca oficio alguno que no fuera en relación con el partido que ahora encabeza -igual, por cierto, que su paisana Leire Pajín-. Y que en breve deberá responder a una querella presentada por Asunción en relación con las graves acusaciones formuladas contra el ex ministro. El cual ya se ha apuntado un tanto con el hecho de que el juzgado la haya admitido a trámite, señal inequívoca de que hay caso.

Estamos, en ambas situaciones, ante la rebelión de unos mediocres que no han sido capaces de digerir la presencia de dos primeros espadas de la política nacional, recelosos de que a alguien se le ocurriese comparar la valía de los veteranos con la de los noveles. Es la diferencia de los que entraron en política para servir, y los celos de los que ahora se sirven de la política para vivir, teniéndoles sin cuidado el interés general. Parece característica peculiar de la política española liquidar una generación cada dos legislaturas, o cada vez que se produce un cambio de liderazgo. El pretexto es alardear de caras nuevas y juventud. Pero lo cierto es que la generalidad de los jóvenes profesionales españoles presentan curricula muy por encima de los que tiene una clase política cada vez más cerrada, endogámica y provinciana. Ya va siendo hora de que los partidos políticos españoles empiecen a valorar la aptitud por encima de la mediocridad.
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