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Prometeo no era mujer

martes 11 de enero de 2011, 21:25h
En el Festival de Teatro Clásico de Mérida se estrenó el verano pasado una versión del Prometeo encadenado de Esquilo realizada por el escritor de la República Democrática Alemana, desaparecido hace algunos años, Heiner Müller, quien adaptó asimismo Filoctetes de Sófocles de manera fidedigna y escribió un Edipo.

El itinerario de la obra comenzó en el Grec de Barcelona y estas Navidades se representó en el teatro Valle-Inclán de Madrid, una de las salas pertenecientes al Centro Dramático Nacional.

No es la primera vez que la obra de Esquilo se escenifica en la capital extremeña, aunque en tiempos pasados el papel del protagonista no lo había interpretado jamás una mujer.

Mas no vayan a pensar ustedes, lectores, que la ocurrencia fue cosa de Müller. En modo alguno. Era un autor hermético en ocasiones, pero no ignorante.

Tal aportación se origina en el feminismo patriarcal encarnado, en este caso, por la directora Carme Portaceli. Piensa ella que los mitos no tienen sexo y que ya iba siendo hora de que este papel lo interpretara una actriz. Estas son afirmaciones que le oí y leí con motivo de la première en el Romano y no maledicencias mías.

Si lo segundo no deja de ser una patochada muy en la onda de la cuota, la paridad a macha martillo, y tantos dislates de parecido jaez que perturban nuestra convivencia y desenfocan el problema de la marginación histórica de la mujer -dejo por su gravedad el asunto de la mal llamada y peor legislada violencia de género-, lo primero es francamente chocante en boca de una feminista.

Las culturas indoeuropeas, sabido es, son patriarcales, y en la griega, una de las más eminentes, los personajes míticos, héroes, dioses y semidioses, reflejan claramente su condición sexuada. No es fácil imaginarse a un Ulises femenino y una Penélope masculina, y la diosa Hera ha de apechugar, por más que provoquen su ira y deseos de venganza, con los amores adúlteros de su esposo Zeus, dios supremo y varón, al cual está supeditada eo ipso por partida doble.

Si volvemos a la tragedia, Antígona, una de las heroínas más universales, resulta especialmente heroica al desacatar la orden del tirano Creonte y dar sepultura a su hermano Polinices siendo mujer, cosa que le recuerda, temerosa y con afán de disuadirla, su apocada y prudente hermana Ismena.

Como Antígona, Prometeo tiene hybris, rasgo esencial de los protagonistas trágicos, y para colmo se enfrenta al dios de dioses olímpico, Zeus, en beneficio de los hombres. En el Prometeo esquíleo, primera y única parte conservada de una trilogía, aparece la voz philanthropía, no documentada antes. Es esta una pieza singular y llena de sugerencias siemprevivas.

Un dios sufriente y mártir se torna en representante de la humanidad. Tal lo han visto en épocas diversas desde Tertuliano, para quien es un Cristo viviente, hasta Karl Marx llamándolo “primer santo en el calendario del proletariado”, la veneración de los románticos o Miguel de Unamuno, cantor elegíaco del Titán y su buitre, trasunto de su propio vivir agonal y agónico.

Así que, bien mirado, en el papel de Prometeo podríamos imaginarnos, sin estridencias, a una actriz.

No obstante, hay otras tribunas más propicias para hablar de iniquidades como la mutilación genital femenina. Esquilo plantea varios dilemas fecundos en este hermoso texto. Leámoslo con el debido sosiego y seguro que nos deleitará con su belleza y hondura. Pero para poder apreciarlo en un patio de butacas se requiere una puesta en escena sobria, que realce la palabra y su poesía y no aturda con danzas espasmódicas, chapoteo de los actores en un escenario encharcado y toques estruendosos de jazz y blues.
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