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El reloj de Ategorrieta

Juan José Solozábal
jueves 13 de enero de 2011, 17:13h
Hace una mañana fría y azul. El aire límpido confiere una luminosidad trasparente a la bahía que contemplo desde el mirador de la Concha. En los días de fiesta del invierno, cuando éramos chavales, veníamos aquí a jugar a futbol desde las primeras horas, ateridos con la temperatura del ambiente y la humedad de la arena. Se formaba un cierto griterío cuando confluían las voces de los jóvenes futbolistas y los compañeros de curso que nos animaban en la pelea con los equipos de otros colegios de la ciudad. Hoy no hay ni rastro de esta presencia infantil y la arena que deja ver esta bajamar tan pronunciada de la mañana es ocupada por una legión de paseantes por la orilla, casi pisando el agua. Es para mí algo infrecuente la estampa.Toda esta gente, de composición y apariencia variopinta, busca a la vez descanso y estímulo, quien sabe, un momento para la ensoñación y el encantamiento que el límite del mar consiente. Es este paisaje de la bahía con la ciudad detrás el que he echado de menos tantas veces y en sitios tan dispares. Ahora, luz y frío, lo recupero intensamente.

Claro que la ciudad de la infancia no es sólo la Concha. Cuando llegamos a San Sebastián desde Ollauri, cuando yo contaba apenas nueve años, nos instalamos en el barrio de Inchaurrondo, cerca del alto de Miracruz. Vivíamos por Zubiaurre, al otro lado de la vía del tren. En paralelo al ferrocarril a unos cuantos metros de altura había un tranvía, que procedía de Alza y nos llevaba hasta Ategorrieta. No solía ir muy frecuentado, de manera que al revisor no le costaba nada, para nuestra desesperación, ni impedir que tocáramos la campanilla, ni que pudiésemos acabar el viaje sin pagar. Desde allá, hasta el colegio de San Ignacio, al comienzo de la Avenida de Navarra, siempre íbamos andando, junto a unas villas que se iluminaban por Navidad y que nosotros adivinábamos como infinitamente prósperas. Para mí el límite de la ciudad era, frente a las Cocheras de los tranvías y trolebuses, el reloj de Ategorrieta, una especie de torreón que nos indicaba de manera más bien aproximativa si llegábamos puntuales a clase o si nos habíamos retrasado demasiado para eludir el correctivo de nuestros padres en casa. Si regresábamos al barrio desde el colegio, lo hacíamos por la paralela a la calle de Miracruz atravesando una zona casi despoblada ocupada sobre todo por conventos y edificios de retiro o descanso. Cuando superabas la cuesta de los Angeles Custodios y dejabas a la izquierda la residencia de unas monjas francesas donde acudíamos al catecismo los domingos por la tarde, llegabas a una villa de misioneros italianos (los padres combonianos) donde se editaba una revista(Aguiluchos) que excitaba nuestra imaginación juvenil con paisajes y aventuras africanas. El núcleo del barrio era una casa muy grande de varios portales que ahora veo, en esta visita al caer la tarde desabrida y parda de Navidad, cincuenta años después, remozada por fuera y supongo que enteramente renovada. Es un edificio que refleja una cierta inspiración ruralista vasca que tuvo algo de predicamento durante la Segunda República. En Algorta hay una fila de casas de esa línea y algún ejemplar de ese estilo he visto por ejemplo en Orduña. No me extrañaría que en origen fuesen viviendas sociales de alguna empresa para sus trabajadores de fábrica.

No está la librería en cuyo escaparte se exponían los libros de la colección Molino que no podía comprar: todo Verne o Salgari y algunos tebeos de la época ; tampoco la escuela donde tronaba un viejo maestro navarro, todavía bien plantado, carlista y euskaldún .Ya no quedan las huertas de los alrededores y ha desaparecido el chacolí Zubiaurre donde a veces nos dejaban jugar a la toca. Pero si que sigue pasando, mientras no llegue el AVE, ahora hacia las nueve de la noche, abajo del ribazo, el tren resoplando, el Talgo, casi igual que el de la infancia, camino de Irún o más allá hacia Francia…

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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