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Solidaridad con Túnez

jueves 20 de enero de 2011, 12:50h
Como siempre en las grandes crisis, esto es, en los acontecimientos cuya dimensión moral es evidente, porque se golpean nuestras convicciones o se apela a nuestra responsabilidad, miro a Jean Daniel, el amigo periodista de Albert Camus, en el que hallo, con toda seguridad al tiempo lucidez, esto es, inteligencia para comprender lo que pasa, y esperanza, que viene a ser una mezcla asumible de prudencia y optimismo. Estoy hablando naturalmente de Túnez.

Jean Daniel ha demandado solidaridad con Túnez (“Nous sommes Tous des Tunisiens”, comienza su emotivo appel desde Le Nouvel Observateur el anciano maestro), lo que quiere decir apoyo de la opinión pública occidental para que el levantamiento tunecino acabe verdaderamente en revolución , y que lo que es una sublevación se convierta finalmente en la instauración pacífica de la democracia. A mi juicio lo que la rebelión tunecina pone de manifiesto, antes de nada, es la existencia de determinados resortes que todos compartimos y que se refieren a un sentimiento común respecto de la justicia , la dignidad y la libertad. Cuando el poder ataca este reducto ético, sin el que la vida no es soportable y en el fondo no merece la pena, se produce la explosión y se asumen colectivamente y en la calle los riesgos que comporta la liberación de la tiranía, que es lo que está pasando en el país vecino. Lo que se ha producido en este caso, como se sabe, no es una conjura preparada de un movimiento maduro u organizado, sino la reacción espontánea e incontrolada ante el suicidio de un joven vendedor ambulante, humillado por la policía. Un exponente máximo de la situación de opresión, saqueo, marginación y paro del régimen de Ben Alí.

No es cierto, por tanto, que la demanda de derechos políticos y personales, o sea libertades ideológicas y de participación, esté constreñida a determinadas áreas geográficas o admita modalizaciones culturales o limitaciones ambientales. Es la estupidez, que no la prudencia, lo que ha podido hacer creer en ciertos círculos de nuestras sociedades ( ejemplificados en la Ministra de Asuntos Exteriores de Francia, pero compartidos más allá de este ejemplo) que determinados regímenes corruptos y paternalistas pueden convenir a algunos pueblos todavía “poco desarrollados” o cuya cultura peculiar no podría acoger sin adaptaciones, en realidad sin aceptar su degradación, la vigencia de los derechos civiles y políticos de la revolución liberal y democrática. No es etnocentrismo cultural afirmar la necesidad de que todos los Estados de nuestro tiempo respeten la autonomía de la sociedad, los derechos fundamentales de sus miembros y aseguren la separación inequívoca de la esfera civil y religiosa. Y el reconocimiento del pluralismo es perfectamente compatible con el establecimiento obligatorio de un patrón de libertad y participación para cualesquiera sistema político. La solidaridad comienza entonces por la base, pues antes que diferentes, todos somos iguales y debemos apoyar a los que no se resisten , con toda razón, como no lo haríamos nosotros, a que se les imponga la diferencia de ser tratados opresivamente.

Esta reflexión muestra lo equivocado de las políticas falsamente prudentes que nuestros Estados siguen no pocas veces con el mundo árabe, complacientes en exceso con las cúpulas de los sistemas políticos e ignorantes de los movimientos de fondo de sus sociedades. De manera inmediata nuestro Gobierno debe apoyar con toda simpatía los esfuerzos por la instauración pacífica de la democracia en Tunez, y algo de ayuda se puede ofrecer teniendo en cuenta nuestra propia experiencia de la transición. La instauración, desde la dictadura, de un sistema democrático no es nada fácil y los riesgos de descarrilamiento no deben minusvalorarse: no hay, conviene tenerlo bien claro, sucedáneos de la democracia y no caben transacciones con los valedores del régimen corrupto derrocado.

A la larga ha de ensayarse , de otro lado, una política de colaboración con el mundo árabe en el plano de la formación de élites y el encuentro cultural en el que se debe hacer mucho. Por ejemplo nuestras Universidades deben abrirse como lo están en relación con los alumnos de procedencia iberoamericana. Ni que decir tiene que simultáneamente han de asegurarse como es lógico, y demandaba acertadamente el otro día Juan Goytisolo, las condiciones de integración y el respeto de los derechos de los inmigrantes árabes en España. Si esta no es la solidaridad que reclamaba Jean Daniel, creo que se le parece mucho.
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