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crítica

Stephen Hawking y Leonard Mlodinow: El gran diseño

sábado 22 de enero de 2011, 01:28h
Stephen Hawking y Leonard Mlodinow: El gran diseño. Traducción de David Jou Mirabent. Crítica. Barcelona, 2010. 240 páginas. 21,90 €
Stephen Hawking y Leonard Mlodinow escriben este publicitado y fascinante libro de divulgación científica con la intención de desvelar “el misterio de la creación”. Para ello tratan de dar respuesta, mediante las leyes de la física, a las principales cuestiones que puede hacerse el ser humano: ¿Por qué existe el universo? ¿Por qué razón hay algo en lugar de nada? ¿Por qué existimos nosotros? ¿Necesita el universo un creador?

La esclerosis, diagnosticada a los 21 años, no le ha impedido a Stephen Hawking convertirse en un aclamado cosmólogo, y obtener un reconocimiento mundial por sus trabajos sobre el Big Bang y los agujeros negros. Su labor divulgativa se ha extendido por numerosos libros como Historia del tiempo o El universo en una cáscara de nuez. Leonard Mlodinow, doctor en Física por la Universidad de California, también ha contribuido a la divulgación de semejante disciplina a través de obras como El arcoíris de Feynman, donde describe su relación con el también genial físico, o El andar del borracho, en el que estudia el papel del azar en nuestra vida diaria.

Ambos se embarcan en un largo y difícil viaje, con la idea de alcanzar un destino científico entre las olas de la incertidumbre. En su ruta llevan una nueva teoría, la teoría “M”, que si llegase a ser verificada por las observaciones resolvería las “cuestiones últimas”. La respuesta al origen del universo vendría dada por las fluctuaciones cuánticas, que crearían diminutos universos a partir de la nada: “Nuestra imagen de la creación cuántica espontánea del universo es entonces algo parecida a la formación de burbujas de vapor en agua hirviente. Aparecen muchas burbujas diminutas, que vuelven a desaparecer rápidamente (…) Sin embargo, unas pocas de esas burbujas crecerán lo suficiente para no volverse a colapsar (…) Esas burbujas corresponden a universos que empiezan expandiéndose a un ritmo cada vez más rápido, en un estado de inflación”.

De este creación física ex nihilo se generarían universos, galaxias, estrellas y, al menos en uno de ellos, seres como nosotros. Aquí reside la controversia del trabajo de Hawking y Mlodinow; no es necesario acudir a un creador para explicar el origen del mundo. Como cosmólogos brillantes, relatan de qué modo el fino ajuste de las leyes de la física, y una serie permanente de intrigantes coincidencias en detalles precisos, dan lugar a todo un universo. Algunos pueden quedar sorprendidos por el desarrollo autónomo de la estructura del mundo, pero aquí las leyes de la física pueden moverse en el terreno de las observaciones y validaciones empíricas. Pero al enunciar algo así como “la nada”, entramos en un problema físico en sí, y por lo tanto en un problema “no físico”.

La teoría “M”, la teoría unificada que Einstein esperaba hallar, es sólo una hipótesis teórica que aspira a convertirse en ciencia, según la epistemología que Hawking define como “realismo dependiente del modelo”. No obstante, la verdadera cuestión no reside en si el modelo científico cumplirá las expectativas, y no será desechado como debe desecharse la mecánica newtoniana para el estudio de objetos con determinadas dimensiones. El problema son las preguntas sin fin que se suceden si lo que aparece en el origen es algo así como una nada cuántica. Donde hay nada, no hay física, no hay fluctuaciones cuánticas. Si hay algo, por cuántico que sea, ¿cuál es su origen?

Un referente en la historia de la fundamentación de la ciencia, el viejo Kant, puede ser útil para estudiar la posibilidad de transitar físicamente ciertos caminos. Con Kant se dejó claro que el entendimiento no puede legislar sobre otra cosa que no sea la experiencia, donde el científico aplica sus construcciones conceptuales, sus modelos. El camino de la ciencia queda entonces despejado de las “dialécticas” paradojas de la metafísica, abriéndose también un espacio para la metafísica misma, es decir, un espacio para lo incondicionado, lo incognoscible, lo noumenal.

Al tratar de explicar el nacimiento del mundo de la nada, mediante las leyes de la física, parece falsearse la noción de “nada”. Si en el origen del mundo hay una ausencia, la transición del no ser, de la ausencia, al ser mediante las leyes de la física se revela una antinomia, de esas que aparecían en el espeso ladrillo de Kant. Pues si “hay nada”, no hay leyes físicas y, si hay leyes físicas, la nada desaparece, llevándonos a preguntar de nuevo por el origen de tales leyes.

Parecería más bien que, ante determinadas cuestiones, nos instalamos en la paradoja, en un bucle de diferencias sin solución en el que apostar por una u otra es un juego –podemos añadir– del lenguaje, pero lejos del conocimiento científico. Pregunta paradójica que nos lleva a un movimiento conceptual sin fin y a una indecisión irresoluble; entrar en la pregunta del origen desdobla ya el origen mismo; siendo éste segundo, respecto a un primer origen, siempre desplazado.

No obstante, tampoco nos parece dejar muy claras las cosas la hipótesis de un universo infinito, que algunos también se atreven a plantear. Un universo infinito, un todo sin origen ni fin, recordaría más bien a Hegel cuando al pensar el puro Ser, el Todo indeterminado, alcanza también la pura Nada en su movimiento. Y vuelta a empezar. La ciencia, en estas latitudes, se convierte en movimiento eterno del pensamiento que quiere conocer lo que está vedado y sólo puede pensar un bucle de diferencias sin fin. Ese ejercicio del pensamiento tiene también otros nombres: filosofía, poesía o fe.

Por Joaquín Fernández Mateo
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