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Simulacros

sábado 22 de enero de 2011, 09:18h
El otro día se me ocurrió hacer un país en mi casa. Cansado de la soberanía ajena que me impone leyes, tributos y un esquema cultural demasiado basado en las apariencias, pensé que había llegado el momento de emanciparse. No lo hice por seguir los dictados de la publicidad de Ikea --lo mío era en principio un país, no una república--, ni tampoco imitaba a Paddy Roy Bates, el británico que en una plataforma de tiro abandonada en el Canal de la Mancha montó Sealand, la micronación más famosa y pintoresca de la tierra. Mis motivos no eran vender pasaportes a piratas modernos ni convertirme en estrella atípica de los domincales. Era más bien un ejercicio de post-post-modernidad. ¿Por qué no iba yo a tener un país?

Lo primero que hice fue marcar un territorio, delimitado por las paredes de la casa. Luego, expulsé a todo aquel que no aceptara mi soberanía. Cuando presenté el asunto, nadie protestó o sea que no tuve que expulsar a nadie. Me quedé muy contento ya que eso me evitaba en el futuro ser acusado de abuso sobre minorías o grupos étnicos. Después, creé una constitución adaptada a las necesidades de la casa. Como no la iba a hacer yo solo, cree una página en Facebook y dejé que la gente opinara. La constitución es un dislate, pero es artículo de fé y su contenido da casi igual. Todo estaba muy bien, pero enseguida se hizo patente la necesidad de un pasado mítico. ¿Qué hacer? Escribí a un amigo vasco nada separatista que vive en Ibiza y le hice dos preguntas simples pero directas. Mi amigo, aunque no es separatista, me respondió con un email larguísimo que me dio las claves de ese pasado mítico. Ahora, hasta tenemos épica propia en casa.

Luego, pensé en la organización del estado. Creé regiones, pero esas regiones me pidieron más, y formé autonomías. Cada una con su gobierno propio. Ahí empezaron los problemas. La cocina empezó a decir que trabajaba más y que, en consecuencia, necesitaba más autonomía que las otras partes de la casa. Se la di. Pero los baños se molestaron, sobre todo uno de ellos, y tuve que ampliarles sus asignaciones. A los baños les siguieron los dormitorios. El sofá del salón exigió autonomía propia, separada del resto del salón. El salón protestó y dijo que si le quitaban el sofá se quedaba casi sin nada, pero el sofá estaba decidido y no hubo manera. No quería compartir las monedas que se le caen de los bolsillos a mis visitantes con nadie. Pero lo peor llegó con el ataque del trastero. Afirmó que, aunque estaba separado del resto del país, era también parte constitutiva y necesitaba un trato especial para favorecer las comunicaciones con el resto. Por aquel momento íbamos ya por más de diez gobiernos y más de veinte coches oficiales.

En una de las reuniones que mantuvimos, la cocina habló de su pasado doloroso, de la guerra civil que perdieron sus padres y de la necesidad de una reparación. Yo no sabía de qué hablaba. Declaró que si no sabía nada era porque la educación estaba manipulada y que quería escarbar en toda la casa para encontrar restos de su pasado. Ante la posibilidad de que el parquet se me llenara de socavones, le pregunté si no aceptaría una fiesta de conmemoración de su pasado. Dijo que solo lo haría si creaba un ministerio para la memoria. Lo hice. Me libré por el momento de los socavones, pero no de su amenaza. La cocina es muy brava.

Mientras tanto, la financiación de todo el proyecto hizo necesaria la creación de bancos y cajas de ahorro. Se prestaban dinero entre sí con interés siempre creciente, lo que hizo que nuestra economía creciera a un ritmo continuo del 3% de media. Éramos el milagro de mi euroescalera. Pero en última instancia el dinero venía de fuera y allí se iba. Como mi país no tenía mucha transcendencia, como tan solo era un experimento post-post-moderno no le di importancia. Sabía que las cajas de ahorro y los bancos maquillaban sus resultados, pero yo les dejaba hacer. Un día, cuando llegué de una clase de yoga, resulta que estaban en bancarrota. “Estábamos”, me dijeron. ¿Estábamos? ¡Pero si una semana antes lo que estábamos era discutiendo si invitábamos antes en visita oficial a Obama o a Hu Jintao! Ante mis quejas, todo el país ha optado por el crédito. Exige que nos endeudemos más. Es lo normal en los países, me dicen. Estamos, por tanto, contemplando la posibilidad de emitir deuda pública.

Pero mientras, quizá por la crispación de la espera y por la incertidumbre de los tiempo, la cocina ha vuelto a su insistencia con los socavones. Esta vez, le apoyan los baños, uno de los dormitorios y la terraza. En ese clima, resulta que me ha salido oposición. Por el momento, no sé si es humano o divino --el ser opuesto--. No sé si nació de una bola de moho del té o si es un okupa con ambiciones bajo sus rastas. No habla muy bien, pero por si acaso me han recomendado que me haga con algunos asesores. Tengo que producir credibilidad en el electorado. En el ínterin, los coches oficiales se han multiplicado por tres. Corren por los pasillos evitando los socavones. Llenan todo de humo. Mi perro me ha amenazado con votar a mi rival si todo sigue así. Y encima tengo que salvar ahora a las cajas de ahorro. Yo ya solo pienso en cambiar de casa.
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