Egipto sigue la estela de Túnez
miércoles 26 de enero de 2011, 00:32h
No hace mucho, Hosni Mubarak volvía a ganar holgadamente unas elecciones cuya limpieza dejaba mucho que desear. De este modo, el presidente egipcio se perpetuaba en un cargo que no abandona desde 1981 y al que accedió tras la muerte violenta de su antecesor, Anuar el Sadat. Son casi tres décadas durante las cuales Egipto ha tenido que hacer frente a una situación económica bastante limitada y a una problemática social en la que sobresalen las desigualdades sociales y, fundamentalmente, un incipiente fundamentalismo islámico que se hace más fuerte cada día.
A diferencia de Túnez, donde es la sociedad civil al completo quien intenta liderar de forma unitaria los cambios en el país, Egipto podría convertirse en una suerte de río revuelto en el que los islamistas podrían hacer una pesca más que preocupante. No en vano, mantiene unas complejas -y necesarias- relaciones con Israel -cada vez más estrechas, a medida que crece el peligro Iraní- y comparte frontera con Gaza. Además, el papel de Egipto en el concierto internacional tiene un peso específico considerable, armonizando su pertenencia al mundo árabe con un entendimiento imprescindible con Estados Unidos. Así las cosas, Mubarak debe hilar muy fino si no quiere que el delicado statu quo egipcio cambie a peor. El descontento social se resuelve con diálogo y reformas, no con represión. Que lo tenga bien presente.