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reseña

José María Herrera: El funeral del Emperador

sábado 29 de enero de 2011, 01:16h
José María Herrera: El funeral del Emperador. Edinexus. Málaga, 2010. 54 páginas + 20 de ilustraciones. 10 €
Viejo y cansado Carlos V, quebrada su salud por tanta responsabilidad y tanta guerra, decide abdicar de todos sus poderes, incluida la dignidad de emperador y retirarse a un rincón de un rincón de Europa, a un pueblecito de Extremadura llamado Yuste. Reunida la corte imperial en Bruselas, Carlos hace pública su decisión para agilizar los trámites y poder descansar cuanto antes. Pero inmediatamente surge el conflicto. El papa Paulo IV, enemistado desde antiguo con Carlos, decide humillarlo prohibiéndole la renuncia al título de emperador. Su hermano Fernando de Austria, que ha de heredarlo y su hijo Felipe, rey ya de las Españas, se avienen al interdicto aduciendo razones de Estado. No así Carlos que tiene un fino olfato para las ofensas. A pesar de su debilidad, de su escepticismo acerca del éxito y razón de ser de las empresas asumidas casi siempre en nombre de la cristiandad y del lugar que le deparará la historia, decide vengarse. Esta es la anécdota de la que arranca esta breve historia. Cualquier plumífero impenitente habría inventado con tan sabroso argumento una larga y pesada novela “histórica”, llena de anacronismos, diálogos absurdos y emociones disparatadas. Afortunadamente, Herrera, que no es historiador profesional, aunque el hecho no trasparezca en el libro a no ser por el cuidado con que oculta las fuentes de su asombrosa erudición, decía que Herrera, sirviéndose de un estilo que limita con el conceptismo sin incurrir en él, nos narra la historia por directo, dándonos los hechos que ha comprobado en sus investigaciones y sugiriendo al oído del lector sus especulaciones cuando no tiene la certeza del dato.

Con técnica de miniaturista medieval traza una serie de estampas que conforman la peripecia de la narración: el asombro de la corte imperial cuando Carlos hace público su deseo, su reacción cuando le llega la noticia de la prohibición del Papa, la amplia meditación sobre la mejor forma de no dejar sin pago la ofensa, y el recuerdo de otras recibidas y vengadas, haciéndose cargo de la paradoja de que el campeón de la cristiandad se llevara mal con prácticamente todos los papas que habían mandado en Roma. Vemos ponerse en marcha la comitiva imperial y arribar por mar a Laredo, desde donde parte hacia Yuste. Y llegar al monasterio, apenas terminado de restaurar. Asistimos a la organización de la cotidianidad imperial; se nos informa de sus gustos por los relojes y otros mecanismos que entonces eran el último grito de la técnica, de sus lecturas, y de sus preferencias musicales, de su necesidad de oración, de su aburrimiento y fatiga en las recepciones de los cortesanos que le visitan.

Puesto que la función de una reseña es animar a que se lea el libro, me parece conveniente no desvelar el mecanismo de la venganza que urde Carlos mientras avanza lenta y penosamente bajo el alto cielo de la meseta castellana que dentro de unos años pintará Velázquez. Sólo añadiré que su descripción obliga a Herrera a mostrar sus notables conocimientos sobre la historia artística de Venecia. No por casualidad publicó hace un par de años una especie de guía de viaje en el tiempo sobre la ciudad de los canales, titulada Venecia galante. Venecia servirá a los designios del viejo emperador Carlos. Con delicadeza alusiva, dada la complejidad y ambición del asunto, desliza Herrera la especie de que habría una afinidad profunda en la manera en que la Serenísima y la política imperial confrontaron con el espíritu de la modernidad que ya se dibujaba en el horizonte: ambos, el proyecto imperial de Carlos y la república patricia a orillas del Adriático, se sabían incompatibles con el tiempo de utilidades, cálculos y formas de dominio con que se iba a configurar Europa.

Por José Lasaga
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