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Jugando a ser dioses

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Es un lugar común que la falta de regulación en ciertos aspectos de la vida serían desastroso en vista de la capacidad humana para la ambición y la desmesura, ambas infinitas. Ejemplos sobran en la actualidad, pero el ladrillo y el dopaje en el deporte son dos de máxima actualidad.

Ahora bien, hecha la regla, hecha la trampa. El deporte contemporáneo ha asistido a una progresión de la química al servicio de los deportistas siempre en el peligroso margen de la ley, en el limbo de lo humanamente posible; la química ha estado innovando con peligro de espanto en las últimas décadas.

Pero que exista el problema y la legislación no quiere decir que todos los deportistas vayan a infringir las normas ni que quisieran ayudarse de la química que pudiera hacerles superhombres. Pensar así es condenar a una casta, en la que puede haber tramposos, pero en la que predomina el esfuerzo, el buen trabajo y el sacrificio.

Lo que ahora está pasando con Alberto Contador va más allá porque las normas se han puesto por encima del deporte y de los deportistas, humanos y mortales. Las normas antidopaje aparecen en los medios de comunicación como preceptos sagrados e incuestionables que se aplican fuera del sentido común sin matices ni sensatez.

Nomas hechas por seres humanos que creen poder conocer la inconmensurable complejidad de los seres humanos. Encuentran en los flujos corporales, tras meses de búsqueda (con saña, cual destripadores bioquímicos) encuentran índices infinitesimales de sustancias improbables y hacen del acontecimiento voluntad de trampa. Como si conocieses todos los procesos posibles del cuerpo, ante el acontecimiento hacen la reconstrucción completa de los hechos y condenan.

Y yo me pregunto, ¿es que lo infinitesimal que encontraron afecta a su rendimiento? ¿Es que le hizo ganar títulos? El sentido común dice que no.

Jugar a ser dioses poniendo normas sagradas y aplicándolas sin sentido común es concebir la vida y a los seres humanos como máquinas cognoscibles y controlables. Nada más lejos de lo deseable. Nada más lejos de lo tecnológicamente plausible hoy por hoy. Por suerte. Suerte Contador.
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