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Amadeu de Albert Boadella. La fiesta de las musas

martes 01 de febrero de 2011, 21:17h
La infancia de Amadeo Vives, el compositor de Doña Francisquita, obra maestra de la zarzuela, transcurrió llena de dificultades. Nacido en una familia sencilla de Collbató, pueblecito situado al pie de Montserrat, pasó un tiempo interno en el asilo barcelonés de San Juan de Dios, donde iba a profesar su hermano Camilo, el primer instructor musical que tuvo. Desde pequeño sintió interés por la música, a la cual eran aficionados sus padres, y ya en el centro de acogida formó parte de la banda y comenzó sus estudios con regularidad.

A causa de un ataque de poliomielitis sufrido a los seis años de edad, según algunos, o de una caída, a tenor de otras fuentes, incluyendo su propio testimonio, tenía dañados el brazo y la pierna derechos. Renqueaba, pero, no obstante, conservó la movilidad de los dedos de la mano lisiada de suerte que pudo componer y tocar el piano.

Voluntarioso, entusiasta y tenaz, se sobrepuso a los embates de la vida y alcanzó el éxito y el reconocimiento como artista prolífico y extraordinario en Barcelona y, sobre todo, en Madrid a lo largo de los últimos treinta años de vida. Tenía sesenta y uno al morir, en 1932. En sus últimas voluntades, incluyó la solicitud de que sus restos fueran trasladados a Cataluña. Así se cumplió, y su cuerpo fue inhumado en Barcelona, tras recibir el tributo póstumo de un multitudinario cortejo presidido por el estandarte del Orfeó Català, creado por él junto con su colega Lluís Millet, abuelo de Félix Millet, ex presidente del Patronato de la Fundación del Palau de la Música inculpado no hace mucho por malversación.

Pues bien, en la obra Amadeu, en cartel en la sala roja del Canal, se alude en tono satírico a tal coincidencia. Una noticia aparecida en La Vanguardia acerca del rechazo del cementerio barcelonés a cobijar por más tiempo sus restos, debido al impago de los herederos, unido ello a la negativa de su pueblo natal a acogerlos en su camposanto llamó la atención del autor de la pieza y, ahora, director de los teatros madrileños del Canal, y le incitó a recrear el suceso y llevarlo a la escena.

Toques de actualidad, las tribulaciones vitales de Vives contadas por él mismo, sus hermosas y variadas composiciones, fragmentos y anécdotas de otros afamados artistas de la época, baile, canto, una orquesta dirigida por Miguel Roa, diálogo agudo e interpretación por parte de dos actores excepcionales: Antoni Comas-Amadeu y Raúl Fernández- Jordi, el reportero algo ignaro, amante del rock heavy, a quien su director encarga, con urgencia, una biografía del músico, todo esto, y más, es lo que puede contemplar y disfrutar quien tenga la fortuna de asistir a la función urdida magistralmente por Albert Boadella.

El joven periodista, con su portátil al cuello, bucea en Google y You Tube en busca de información sobre el artista desconocido. Así, consigue resucitarlo y averiguar directamente los pormenores de su vida y obra. El contraste entre la lengua, los usos y las aficiones de uno y otro resultan francamente hilarantes. La conversación va jalonada por piezas como L’emigrant, o La Balanguera, convertida en los años noventa en el himno de Mallorca; el coro de románticos (“¿Dónde va dónde va la alegría?”), la romanza de tenor (“Por el humo se sabe dónde está el fuego”) y la canción del ruiseñor ( “Era una rosa que en un jardín”), de Doña Francisquita, junto con otros varios retazos de Vives, como el dúo de fumadoras de La Chipén, y, algunos de sus competidores, Bretón y Chapí . Los acordes de Beethoven sirven de homenaje al maestro preferido por Vives, y las notas de Manuel de Falla ilustran un roce de poca monta entre el protagonista y el autor del Amor brujo, convecinos durante cierto tiempo.

Poco a poco, Jordi va descubriendo un mundo que, a la postre, no le resulta tan ajeno. El personaje de Amadeu, sagaz, doliente y vital, desprende ternura y bonhomía. En un momento dado, confiesa a su interlocutor que, a través de algún tipo masculino de ficción, ha podido vivir experiencias que la vida le hurtó.

La plática entre ambos es el hilo conductor de la rica trama argumental de la pieza que combina, por añadidura, elementos ingenuos de estética naíf, recursos cinematográficos, gags cómicos, pasos de baile de musical de Broadway y escenas expresionistas a lo Tadeusz Kantor, como la irrupción de los pavorosos reventadores.

Se trata, en suma, de un espectáculo divertido, alegre e inteligente, magníficamente dirigido e interpretado.

No sé ustedes, lectores, qué exigencias tendrán, pero yo no puedo pedir más cuando voy al teatro.
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