Luz al final del túnel
Francisco Jose Llera Ramo
jueves 03 de febrero de 2011, 15:10h
El presente de la lucha antiterrorista permite que seamos, razonablemente, optimistas sobre el final de este largo y tenebroso túnel de violencia y limpieza étnica en el País Vasco, que ya dura medio siglo. Y ésto es así, no por lo que digan ETA y su tramoya orgánica o mediática, si no por otros datos más fehacientes de nuestra realidad cotidiana. Me atrevería a decir más. Va a ser así, incluso, a pesar de lo que digan y hagan ETA y su entramado. Que ETA sigue contando con cantera y con apoyos, directos o indirectos, para seguir con su historia de fechorías, es evidente. Pero, no lo es menos, que las políticas de tolerancia cero y persecución policial y judicial, desarrolladas de forma unitaria por los gobiernos de Aznar, primero, y Zapatero, más recientemente, junto con la cooperación internacional, particularmente la francesa, han infringido un golpe mortal a la capacidad operativa de la banda y sus adláteres “civiles”. Hace más de 18 meses que ETA no ha atentado en España, y no es por no haberlo intentado. Sus 3 ó 4 acciones en el último año se han limitado al suelo francés y lo han sido de aprovisionamiento logístico. En una de ellas, cometieron el gravísimo error de asesinar a un gendarme francés para repeler una acción policial, ganándose el desprestigio definitivo entre los escasos sectores nacionalistas vascos en Francia y, por supuesto, la máxima animadversión de ciudadanos e instituciones del país vecino. Sus máximos dirigentes caen una y otra vez en manos de las fuerzas de seguridad, y cada vez con menos tiempo para tomar el relevo efectivo. Sus comandos y militantes están desorientados, aislados y amedrentados por su inseguridad interna y el acoso policial. Hasta sus presos, el último reducto de su resistencia, comienzan a desertar, a pesar del férreo control impuesto por la ortodoxia de la banda. El propio terrorismo de sustitución o kale borroka, practicado por la segunda línea de su tinglado, se ha reducido a la mitad en el último año, con respecto al anterior. La desconexión con su base social es evidente y ella misma comienza a ver como contraproducente y perjudicial para sus intereses de subsistencia el vínculo con la violencia y su persistencia.
Por si fuera poco, hace tiempo que la sociedad vasca, perezosa y sumergida en la espiral del silencio hasta el final de los noventa, se ha decantado por el rechazo frontal de los terroristas y sus objetivos estratégicos. El propio nacionalismo institucional, ignominiosamente tentado a sacar partido de la amenaza mientras duró la estrategia unitaria de Lizarra mediante el programa soberanista, se ha dado cuenta, cuando menos, de lo disfuncional que le pueden resultar tan malas compañías para retomar las riendas de un poder, que nunca se imaginó perder. Esto no obsta para que rechace la ilegalización y exclusión institucional de los amigos de los terroristas. Eso si, lo hace con la boca pequeña y para mantener una buena posición competitiva en el mercadeo electoral nacionalista. La sociedad vasca desconfía de la retórica y las proclamas de los terroristas y sus amigos de siempre, porque está muy escaldada de la ducha escocesa y la tozudez de los hechos. Ni siquiera está demasiado predispuesta al perdón, en el mejor de los casos, es decir en el supuesto del arrepentimiento.
La clave para que el final de este negro y largo túnel se acelere y clarifique, definitivamente, nuestro futuro, es que asumamos, instituciones, ciudadanos y medios, que no puede haber precio, ni precondición alguna por el final de la violencia. Si ésta ha sido gratuita, además de inmensamente dañina, deberá acabarse sin incentivo alguno, sin el más mínimo resquicio exculpatorio, sin olvido del dolor de los miles y miles de víctimas de todo tipo, sin que los causantes del daño asuman sus responsabilidades ante la justicia y sin que los beneficiarios y figurantes de la subcultura de la violencia restauren el orden social que, tan perversamente, han corrompido con su estrategia combinada de limpieza étnica. Si las treguas anteriores han sido calificadas de “treguas-trampa”, ésta es, claramente, la “tregua-farol”, tan propia de un país acostumbrado a jugar al mus, como bien nos sigue recordando el malogrado Mario Onaindía en sus memorias.
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Director del Euskobarometro
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