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Balmes, por última vez

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 07 de febrero de 2011, 17:35h
Ciertamente, tan tremendista título semeja no acomodarse en exceso con la moderación y el seny de la tierra natal del descollante intelectual conservador, cuyo bicentenario acaba de transcurrir en la más densa penumbra, según resultaba fácil colegir del presente estado de la cultura española. En el polo contrario del pensamiento tradicional, el ambiente actual está cargado de voces lastimeras por el acusado estiaje en que se halla, según opinión generalizada en Europa e incluso en todo el mundo, el ideario y la filosofía “progresistas”; conforme al mismo sentir, éstos se muestran incapaces de responder con eficacia a los envites planteados por las sociedades de un siglo XXI que sólo ha despegado… Es harto probable que tan reiterado diagnóstico responda por entero a la realidad; pero escrutarlo no se aviene con el objetivo de estos renglones.

En punto a su materia, no puede caber duda acerca de la honda postración en que se encuentra en nuestro país el ideario conservador de índole más canónica; es decir, aquél en el que las diferencias con el tradicional o tradicionalista son escasas y, con frecuencia, reducidas a los matices; sin que, por supuesto, entre en este escenario el moderno conservadurismo de amplios círculos políticos y mediáticos, mimético del más reciente norteamericano. Tras los muchos y, en parte, sobresalientes glosadores que registró en los primeros tiempos del franquismo, dicha corriente dejó de tener presencia en el panorama cultural, profundizando su eclipse el antuvión dado por el Concilio Vaticano II a la Iglesia, proveedora incansable hasta entonces de medios y doctrina. Así, fenómeno insólito en la historia nacional, un periodo de la extensión y trascendencia como el de la Transición transcurrió sin protagonismo alguno de las tendencias del conservadurismo clásico.

Y, sin embargo –bien definió a España quien la caracterizara como el país de las paradojas extremas-, esa hora abrillantada de nuestro ayer más próximo se pautó, en medida desde luego señalada, con arreglo a la idea-fuerza que Balmes acuñó para resolver o, al menos, paliar sustancialmente, la encarnizada división de sus coetáneos después del excruciante conflicto dinástico: el consenso. El concepto y entraña de la transacción como fórmula insuperable para asentar firmemente una convivencia fecunda quizá no haya contado en la literatura política debida a los hispanos con un autor más decidido y clarividente. A causa de la persistencia de la incuria y el sectarismo que el sacerdote barcelonés tanto se afanase en descepar de sus primeros brotes, ninguna de las figuras de proa de esa etapa mencionó o recordó a un escritor estampillado en los círculos más activos como adalid de la carcundia.

Las horas más serenas –(relativamente…)- del bicentenario del nacimiento de Jaume Balmes parecían ocasionadas a que su persona y obra fuesen asumidas con carácter nacional y suprapartidario. No ha sido así, para irreparable daño, sin duda, de las generaciones futuras… En la orgía, a las veces obscena, de Sociedades, Comisiones, Institutos y Exposiciones varias que rutilan la grisalla de la vida cultural hodierna, el silencio impenetrable que ha rodeado tal efemérides se descubre clamoroso. Podado como cualquier otro pensador de las servidumbres y tics de su época, la obra del autor de Cartas a un escéptico en materia de religión atesora textos enjundiosos y espoleadores de la reflexión en diversos temas que mantienen todo el interés e importancia para los lectores –sobre todo, indígenas- de la España de los inicios del siglo XXI, en la que, en no pocos aspectos, le hubiera gustado vivir a este muy ortodoxo catalán y animoso español. Los escépticos pueden hacer la prueba del 9: hojear algunas de sus páginas.

Lo chafarrinesco del título puede ahora explicarse algo mejor. Quiérase o no, Balmes será siempre un clásico del pensamiento español. Mas la tesitura conmemorativa que ha inspirado estas líneas no ha propiciado su rescate del panteón ilustre en que yace. La ausencia de exegetas y estudiosos de porte en número y calidad no será muy probablemente reparada ni a corto ni a medio plazo. De ahí la alarma y desesperanza expresadas en la intitulación del artículo. Coda, claro, para los muy menguados y admirables “balmesianos”, supérstites más que heraldos del deseable y hoy por hoy imposible renacimiento de su quehacer y noble figura.
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