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Sabina Freire, mujer fatal

martes 08 de febrero de 2011, 21:24h
Hubo un tiempo en Iberia en que los presidentes eran cultos, tenían una buena oratoria y hasta sabían escribir teatro. En honor a la verdad, hay que decir, también, que no solían durar mucho en el poder. Y las ministras – si alguna había, aunque no se llevaban las cuotas como hoy- eran capaces de pronunciar la “g” con la “e” y no se trastabillaban al decir “incurso”.

De aquel entonces procede el drama Sabina Freire, escrito por Manuel Teixeira Gomes, quien estuvo al frente de la República de Portugal entre los años 1923 y 1925, y, en diciembre de este año, se fue al exilio a Bugía, bella y decadente localidad de la costa argelina famosa por la fabricación de velas de cera y antigua posesión española. El viajado y exquisito Teixeira veía en ella una Sintra al borde del mar. Y, así, la eligió como refugio para atemperar su saudade y dedicarse a escribir, meditar y contemplar el mar. En tal actitud se le mostraba en el documental que se exhibía en el museo de Portimâo, ubicado en el edificio de una antigua fábrica de sardinas, a orillas del estuario del río Arade.

Al abandonar su país dejó familia, amigos y un negocio paterno de venta de frutos secos e higos procedentes de sus fincas del Algarve. Ya nunca más regresaría en vida a causa de diversas desavenencias vitales y por no congeniar con el régimen salazarista. Sin embargo, en 1950, nueve años después de su muerte, su cuerpo fue transportado hasta Portimâo (Portimano), su ciudad natal, en un buque de guerra de la armada lusa.

En 1910 se cumplían ciento cincuenta años de su nacimiento y, a la vez, se celebraba el centenario de la primera república. Con tal motivo, a los numerosos actos conmemorativos organizados en su honor por los portimanenses se unió el estreno en el coliseo Eunice Muñoz de Oeiras de Sabina Freire, la única obra de teatro salida de su pluma. El político, diplomático e intelectual Teixeira Gomes fue autor de numerosos artículos, relatos, cuentos eróticos y una copiosa correspondencia.

La compañía Dramax, responsable del montaje, patrocinado por la oficina de Aníbal Cavaco Silva, acaba de estar en Madrid, y he tenido el placer de acudir a ver la función.

Cuidadosamente dirigida por Celso Cleto, Sabina Freire, de 1905, tiene todo el aire del teatro realista al estilo del mejor Galdós o el Benavente de los dramas rurales. Como hacían las antiguas compañías españolas, las piezas se escogen por mor del lucimiento de la primera actriz, Sofia Alves, soberbia en su papel de mujer cosmopolita y casquivana sin escrúpulos, ahogada en un mundo canijo, tras haber vivido en grandes ciudades. No desmerece de ella Manuela Maria, en el papel de Maria Freire, su suegra y antagonista. Ambas damas se profesan un odio feroz y deletéreo. Condenadas a vivir bajo el mismo techo por la insolvencia de Julio, el marido de Sabina, poeta lunático incapaz de dar satisfacción a su bella y sensual esposa, la experiencia termina, claro está, de forma trágica.

El veneno vertido por Sabina en la taza destinada a su suegra, mujer mezquina, avara y rodeada de aduladores, es ingerido, al final, por su pusilánime marido, impotente ante la catástrofe prevista.

Manuel Teixeira sufrió la incomprensión de sus padres. Enamorado a los treinta y nueve años de Belmira das Neves, joven algarvia de familia de pescadores con la que tuvo dos hijas, no llegó a casarse con ella por la presión social del ambiente provinciano y clasista al que pertenecía.

Como Gustave Flaubert respecto a Emma Bovary, yo tengo la impresión de que Teixeira siente simpatía, pese a todo, por Sabina, su “mulher fatal”, tipo muy en boga en Europa y en su tierra, donde la novela del romántico Camilo Castelo Branco así llamada (A mulher fatal) seguía siendo muy popular.

Sabina Freire es considerada, en Portugal, una obra modélica de su género. A su buena factura dramática se suman las referencias históricas y los pormenores biográficos del autor, enaltecido actualmente entre sus compatriotas. El agón entre las dos mujeres simbolizaría, para algunos, de forma premonitoria, la lucha mortífera entre la vieja y decrépita monarquía y la venidera república.

El Regicidio de Lisboa, recordemos, sucedió tan siquiera en 1908, es decir, tres años más tarde de la publicación del drama de Manuel Teixeira Gomes.
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