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entre adoquines

Los triunfos de Contador se cuentan en picogramos

viernes 11 de febrero de 2011, 09:18h
La coincidencia de un nombre famoso con la comisión de una falta o delito grave, incluso con un simple descuido de consecuencias indeseables, es, sin duda, el ingrediente perfecto a la hora de redactar una de esas noticias que acaparan audiencias. Si quien tiene que escribir, dispone del apellido Contador y del sustantivo dopaje para ilustrar el titular, sabe ya que tiene el “triunfo” asegurado. Aunque el contenido únicamente se limite a dar vueltas a las frases, sin aportar datos, sencillamente porque aún no los hay, ni profundizar en la cuestión, sabe de antemano que la apelación al escándalo y al morbo del lector, dará los resultados esperados. Es la parte más humana, puede que también más triste, de nuestro código genético. Somos capaces de disfrutar de los triunfos de un gran personaje, pero basta un minuto de lectura de un titular negativo, para condenar al mismo de forma tajante, y no es que luego no sigamos el caso, es que en nuestro interior lo malo borra de tal forma lo bueno, que, a veces, ni siquiera nos molestamos en recordar que cualquiera tiene el sagrado derecho de explicarse y defenderse. Y que no siempre las cosas son tan sencillas como parecen, aunque siempre suene el río que agua lleva.

También es cierto que el grado de pasión que despierta un deportista ganador como Alberto Contador, es inversamente proporcional al repudio que produce cualquier insinuación de dopaje por su parte. Es normal. En el fondo, sus triunfos han sido tan nuestros, que sentimos su presunta culpabilidad como una verdadera traición, e, igual que no queremos saber nada de aquel amigo que fue contando por ahí el secreto del que le habíamos hecho depositario, burlándose de nuestra confianza, del ciclista español, tampoco. Muchos, demasiados, le condenaron en su corazón el primer día que leyeron el titular conteniendo su nombre, el verbo doparse y la sustancia clenbuterol, y, desde entonces, ya no han querido leer ni escuchar tantas “milongas” de viajera carne contaminada, de imposibles picogramos o de cantidades mínimas que habrían de tenerse en cuenta a la hora de calificar el resultado de un análisis como de dopaje o no.

El joven y simpático rostro de Contador pasó, en un instante, a ser el de un ídolo caído, en desesperada defensa de su verdad; y en él, muchos vieron ya el de un tramposo pillado por esa ciencia que nunca se equivoca. Y seguro que buena parte de quienes la otra noche dejaron de hacer zapping, para detenerse en la entrevista-interrogatorio a la que el ciclista “se sometió” en televisión, al principio, miraron con precaución al personaje “venido a menos”, cuando aún estaba en lo más. En parte, comprensible, porque han sido tantos los casos probados de dopaje, que el respetable, que ha sentido sus piernas paladeando con las de un ciclista y su corazón saliéndose del pecho en las etapas de montaña, está tan harto de decepciones, que prefiere mirar hacia otra parte, hacia otro nuevo héroe, capaz de hacerle vibrar de nuevo, porque la magia con Contador la siente ya irremediablemente rota.

Sí, aficionados hartos de tanta potencia falsa, cada vez hay más. Pero son los propios deportistas quienes, comprensiblemente, deben estar más hartos que cualquiera de nosotros, simples mortales aficionados. Ellos han pasado años condenados a competir en desigualdad de oportunidades con quienes hacían del uso de las sustancias prohibidas su única arma para vencer, han tenido, además, que soportar la sospecha sobre ellos mismos y, ahora, como en el increíble caso de los 50 picogramos de clenbuterol en la orina analizada de Contador durante el ya famoso día 21 de julio pasado, ven cómo los controles antidopaje, por los que tanto habían luchado para poder vencer a los tramposos, se vuelven en su contra.

Por eso, ahora les toca defenderse, aún sin haber pecado. Emilio Sánchez Vicario, en su calidad de presidente de la Asociación de Deportistas, es meridianamente claro cuando sostiene que la Agencia Mundial Antidopaje debe concretar un umbral de clenbuterol permitido, igual que se hizo con la cafeína, que no mejore el rendimiento del deportista, como es el caso de Contador, en el que ya ha quedado acreditado, aunque la gente haya dejado de leer las noticias que se refieren a él, que la cantidad encontrada por uno de los dos únicos laboratorios en el mundo capaces de detectar esos pequeñísimos valores, no ayuda, en ningún caso, a mejorar el rendimiento. Y si eso está aclarado y hemos dejado de lado la sospecha de dopaje para acabar hablando de algo tan peregrino como la negligencia por comer carne contaminada, ¿no deberíamos todos hacer nuestra su defensa, en vez de empeñarnos en seguir condenándole? ¿No deberíamos, al menos, reservar unos minutos, seguramente no más de veinte o treinta, para leer la nueva documentación aportada al respecto y volver a formarnos una opinión?

Porque el titular puede seguir reuniendo las palabras Contador y dopaje, pero su mensaje, ser totalmente el contrario: “Contador asegura y prueba que nunca se dopó”.
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