SORTU, la nueva marca de ETA
domingo 13 de febrero de 2011, 09:38h
Sortu aún no es legal. No, al menos, hasta que Interior desbloquee su registro y la justicia se pronuncie al respecto. Para ello es imprescindible que el Ministerio Fiscal tenga en su poder toda la información que acredite lo que para todos es un hecho palmario: Sortu es la heredera de Batasuna. Y Batasuna es ETA, como así han acreditado hasta la fecha diversas instancias judiciales. El propio Alfredo Pérez Rubalcaba abundaba en ello esta pasada semana, al afirmar que “a nadie escapa que Batasuna tiene en Sortu a su heredera”. Pero esa calculada contundencia, da confianza pero no trasmite absoluta seguridad, dados los antecedentes que obran en esta larga –y no siempre edificante- historia.
Están demasiado recientes en la memoria los nefastos resultados de la última tregua-trampa de ETA -“Faisán” incluido- como para pensar que no hay nada en la trastienda de Interior que permita al entorno terrorista colarse en las próximas elecciones. De momento, Sortu se ha dedicado a jugar con la semántica haciendo un leve amago de rechazar la violencia, pero sin condenarla de manera explícita y, sobre todo, sin hacer el menor gesto de arrepentimiento en relación a las más de 900 víctimas de ETA. Siguen tildando de “presos políticos” a terroristas confesos y condenados por delitos de sangre, con el agravante de que quienes lo hacen, y a la vez se presentan bajo el disfraz de Sortu, son los que durante todos estos años les han dado la imprescindible cobertura para que pudieran matar más. El Gobierno se comprometió a que los terroristas no estarían en las urnas, llevasen el disfraz que llevasen. Ahora le toca mover ficha y poner en manos de la justicia las herramientas necesarias para que su compromiso con la sociedad sea un hecho. Ojalá los que dudan de Rubalcaba y atisban un posible informe light -previamente cocinado con el entorno abertzale- que imposibilite a los jueces encontrar las evidencias necesarias se equivoquen.
Por otra parte, es evidente que la situación en el entramado terrorista se ha resquebrajado significativamente. Las palabras y los gestos a veces terminan por condicionar actuaciones, incluso las de aquellos que diseñan fórmulas engañosas. El Estado democrático debe saber aprovechar las crecientes contradicciones del enemigo totalitario, evitando, al tiempo, caer en sus trampas.