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La mujer oculta de Goya

martes 15 de febrero de 2011, 21:40h
De la paleta y el buril de Francisco de Goya y Lucientes, sabido es, brotaron numerosas mujeres de distinto tipo: terrenas y celestes, ángelas y pecadoras, populares, plebeyas, santas y brujescas, nobles, regias y hasta cómicas ennoblecidas.

Abundan los niños varones en sus escenas lúdicas callejeras, esas deliciosas composiciones de pequeña factura al estilo de van Dyck, pertenecientes a la Colección Santamarca, donde los rapaces se columpian, cogen nidos o juegan a pídola, evocando las obras de pilluelos de Murillo. Las niñas, en cambio, están ausentes en ellas, pero sí las hallamos en los retratos familiares donde los hijos están con sus padres de alta alcurnia. Así, los que tenemos en el hermoso cuadro de La familia de los duques de Osuna. Los dos hermanos llevan un elegante mono verde de seda de candongo, banda rosa y gorguera blanca; vestido de vuelo en gasa color perla las dos niñas.

De entre todas las mujeres goyescas individualizadas tengo especial predilección por la Tirana de cuerpo entero de Bellas Artes de San Fernando, la Magdalena penitente del Lázaro Galdiano y la Lechera de Burdeos del Prado. La primera es vigorosa, carnal la segunda y la tercera delicada. Goya infundió a cada una un rasgo distintivo, relevante y singular, como dice Plutarco que hacía Apeles. Y a tal propósito, supeditó los tonos, conformó el ritmo de la pincelada, situó la luz.

Sin embargo, hoy me proponía hablar de una mujer de Goya de índole muy distinta. Carece de colorido, es espectral y está desatendida y cubierta por el retrato de Jovellanos que se encuentra en el museo de Bellas Artes de Asturias.

No sabemos el motivo de su abandono ni si renació luego con otro acabamiento. La noticia del hallazgo saltó a la prensa hace pocos días. No es la primera vez que ocurre algo semejante. Merced a los procedimientos inaugurados por la tecnología actual aplicada al estudio de la pintura, están emergiendo figuras subyacentes desechadas por los artistas, quienes, no obstante, aprovechaban el lienzo, convencidos, tal vez, de que nunca afloraría el “pentimento”.

Con todo y con eso, yo creo que Goya tomaba ciertas precauciones con el fin de ocultar por completo la imagen fallida. El Jovellanos del arenal de San Lorenzo, tan distinto del pensativo y elegante del Prado, tiene el brazo derecho en jarras y las piernas cruzadas en la misma posición que la mujer joven, de porte altivo, sobre la cual lo plasmó.

Se diría que el pintor aragonés no las tenía todas consigo. Desde niño había visto a su padre dorar madera por las iglesias de los pueblos y para entonces ya llevaba años de oficio. El retrato está fechado entre 1780 y 1782. Más de una vez, en los muros sacros habría visto asomar la impronta ornamental de tiempos pretéritos tapada con yeso y cal por motivos sanitarios.

Dicen los expertos que no todos los pintores reutilizan los lienzos ni repintan. Lo hacen los más sueltos, vitales y cálidos. Son varios los casos de superposición en Tiziano y Velázquez, en tanto que El Bosco era sumamente metódico y planificaba con minuciosidad antes de pasar al lienzo.

La directora del gabinete de documentación técnica del Prado, Carmen Garrido, explica que se utilizan radiografías, reflectografía infrarroja y exámenes con luces rasantes y ultravioletas. De esta manera se desvelan los detalles de la creación de cada artista y, por añadidura, aparecen sorpresas como la anterior.

Las muestras reunidas hasta ahora ya son numerosas y no hay duda de que seguirán apareciendo otras. El mismo Goya tapó dos cabezas, una de Godoy, bajo el tontillo que ahuecaba las faldas de su esposa, la condesa de Chinchón.

Hubo ocasiones en que los retratados le pidieron que fuera más benévolo y los inmortalizara con menos severidad. La subsiguiente rectificación impuesta sale, asimismo, a la luz, con las técnicas modernas. Éstas han mostrado, sin ningún género de dudas, que las mujeres de La familia de Carlos IV exigieron a Goya que les adelgazara el talle, cosa que hizo a regañadientes, es de suponer.

Bien es verdad que no se toma la molestia de comentar semejantes minucias en su correspondencia, más preocupado, en cambio, por dejar constancia de las piezas que se cobró en la última cacería o las que tiene el propósito de abatir en la finca del Infante don Luis en la siguiente.

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