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La revolución sigue en marcha

sábado 19 de febrero de 2011, 12:32h
Las últimas revueltas acontecidas en el minúsculo Bahréin demuestran que la oleada de oposición a los regímenes autocráticos sigue imparable. La cuestión es que las consecuencias geopolíticas de lo que pueda pasar en este pequeño país, de poco más de un millón de habitantes, tienen una enorme importancia para Arabia Saudí, los EEUU y el resto del mundo Occidental.

A pesar de no ser una potencia petrolífera, su cercanía al gigante petrolífero convierte la inestabilidad política en Bahréin en un peligro potencial tanto para su vecino saudita como para Estados Unidos. La riqueza petrolífera ha servido para encubrir y congraciar con Occidente a las autocracias árabes, pero la oleada revolucionaria está obligando a cambiar rápidamente el panorama. En el caso de Barhein, la revuelta adquiere tintes religiosos, ya que la población, de mayoría chií, se ha levantado contra la dictadura suní a la que lleva 40 años sometida. Y al igual que en Bahréin, en Arabia Saudí, aunque en este caso son minoría, los chiíes son tratados como ciudadanos de segunda y el ejemplo de sus vecinos puede cundir entre ellos.

Bahréin, además de ser un enclave estratégico en relación a Arabia Saudí, alberga también la base de la V Flota de EEUU, con la que Washington trata de contrarrestar la influencia de Irán, a la vez que protege las instalaciones petrolíferas saudíes. La exportación mundial de crudo depende de ello y no podría plantearse peor escenario para los intereses estadounidenses que el asentamiento de un régimen chií –el iraní es chií- en este minúsculo país. A esto hay que sumarle la caída de Mubarak, aliado clave tanto para los EEUU como para Riad, con lo que los apoyos de ambos en la región disminuirían peligrosamente.

Obama se encuentra, pues, en una difícil encrucijada: elegir entre los intereses de Estados Unidos o la defensa de la democracia frente a unos regímenes despóticos –que hasta el momento han sido aliados de Occidente- que están cayendo como un dominó. Si opta por la segunda opción no sólo quedará desacreditado el discurso democrático de los EEUU sino que se arriesga a acrecentar el odio hacia su país en la región, con el consiguiente beneficio de Irán, que podría capitalizar las revueltas. La primera opción, la que se antoja más correcta, supone reconocer el error y egoísmo de Occidente por apoyar a dictaduras que consideraba más fáciles de manejar, sin plantearse que la población de dichos países también tenía derecho a aspirar a esa democracia de la que tanto nos orgullecemos.

Es evidente, por otra parte, que el contra-ejemplo de Irán, en donde una rebelión en los años setenta contra el régimen modernizador, pero autoritario, del Sha ha degenerado en una teocracia fundamentalista totalitaria, exige hilar muy fino para saber apoyar a los grupos genuinamente democráticos dentro de esta oleada revolucionaria. Una tarea nada fácil.
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