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Crítica

Cisne negro: sublime retrato de una trágica obsesión

domingo 20 de febrero de 2011, 11:39h
Diez años ha tardado Aronofsky en dar vida a este proyecto nominado a cinco estatuillas de la Academia. Natalie Portman borda un papel difícil y sacrificado para el que se preparó durante casi un año y cuyo esfuerzo se han materializado ya en varios premios.
A sólo una semana de que se celebre la gala de los Oscar, ha llegado a nuestro país otra de las películas favoritas para alzarse con alguna de las codiciadas estatuillas. Cisne negro cuenta con cinco nominaciones, entre ellas la de Mejor Película, Mejor director, así como la de Mejor Actriz, por el papel protagonista que interpreta una Natalie Portman en estado de gracia y que ya le ha valido a la actriz para proclamarse vencedora en esta categoría durante la pasada edición de los Globos de Oro y llevarse el Premio que concede el Sindicato de Actores.

Resulta curioso que Natalie Portman, antes de convertirse en actriz, quisiera ser bailarina. Lo intentó con ilusión hasta los doce años, pero su destino no parecía estar en esta disciplina. Ahora, y como las vueltas de la vida son tan a menudo imprevisibles, es con Nina, su personaje en el filme dirigido por Darren Aronofsky, precisamente el de una bailarina en busca del éxito, con el que Natalie Portman se encamina con paso firme a conseguir el más codiciado premio cinematográfico el próximo 27 de febrero. Y es que Nina es, sin duda, uno de esos personajes extremadamente complicados, capaces de dejar huella tanto en el público como en la crítica especializada.

La presentación de la cinta en la pasada edición del Festival de Venecia ya dio mucho que hablar de esa bailarina obsesionada con la perfección, que durante años ha estado esperando su oportunidad para alcanzar el éxito. Sin embargo, justo cuando parece que su momento ha llegado, antes del estreno de una nueva y audaz producción de “El Lago de los Cisnes”, entra en escena Lily, a quien interpreta Mila Kunis, una bailarina pasional y carismática, que supone una seria y amenazadora competencia. Su aparición provoca que la frágil Nina entre en una espiral de odio, desesperación y miedo, que la llevan a obsesionarse por alcanzar la absoluta perfección. Para meterse en tan comprometido papel, Natalie Portman tuvo que someterse a una intensísima preparación, tanto física como psicológica, que prácticamente la apartó de su vida “normal” durante diez meses. La actriz perdió peso, dejó de fumar, de beber, de salir con sus amigos, y no había excusas para librarse de las cinco horas diarias de extenuante entrenamiento. Pero está claro que el sacrificio ha valido la pena, porque, además de acumular premios por su interpretación, de estar a las puertas de llevarse un Oscar y de tener a directores y productores pendientes de su agenda, durante el rodaje de Cisne negro, la actriz conoció a su actual pareja, el coreógrafo Benjamin Millepied, que en la película da vida al bailarín que interpreta al príncipe Sigfried, y con quien espera el nacimiento de su primer hijo.

No es la primera vez que en sus trabajos, Aronofsky lleva al extremo la experiencia humana. En “El luchador”, protagonizada por Mickey Rourke, ya nos encontramos con el personaje de un “artista” corroído por el perfeccionismo autodestructivo, aunque con Cisne negro, el director neoyorquino consigue, además, llenar la pantalla de una atmósfera de paranoia, con muchos y muy logrados elementos característicos del thriller psicológico y una logradísima estética gótica. El proyecto, aunque ahora, al ver el resultado, no parezca posible, tardó una década en encontrar su camino y el propio director confiesa que lo abandonó muchas veces por imposible. Lo cierto es que, al principio, la historia de rivalidad entre dos ambiciosas mujeres estaba ambientada en la industria del cine y sólo posteriormente empezó a cobrar vida, cuando la misma se trasladó a un mundo tan cerrado y competitivo como el del ballet. Se trata, sin lugar a dudas, de un relato difícil de contar, que sitúa la cámara en los ojos, o más bien en la mente, obsesionada y al borde de la patología, de la protagonista, dispuesta a todo por no decepcionar en su representación de las dos caras de la reina cisne, la blanca y la negra, la buena y la mala. Así, el espectador ve lo que ella, siente el terror que experimenta y hay escenas de tal dureza, que parece imposible que puedan encuadrarse en un resultado de extrema sublimación de la perfección artística y estética, aumentada, si cabe, por otro de los sentidos, el del oído, a través de una de las músicas más ligadas a ese anhelo de perfecta belleza, la compuesta por Tchaikovsky con El Lago de los Cisnes.


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