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El ejemplo de Libia

viernes 25 de febrero de 2011, 01:16h
La última aparición de un iracundo Gadafi en la televisión de su país, amenazando con cazar como ratas a los opositores, no es sino la constatación de la verdadera cara del tirano libio. Por si esto fuera poco, animaba a sus partidarios a identificarse con un brazalete. Algo así recuerda, y mucho, a lo que hicieron los nazis en la Segunda Guerra Mundial, marcando a los judíos con la estrella de David. Ahora, al menos, hay un atisbo de esperanza, toda vez que algunos militares y funcionarios del régimen se han puesto del lado de la oposición. Una oposición que únicamente aspira a poner fin a más de cuatro décadas de tiranía en su país, sin querer que nada ni nadie manipule su revolución.

El problema de Libia es su petróleo. De no ser así, es probable que la comunidad internacional ya se hubiera posicionado de un modo mucho más enérgico y claro en contra de los delirios del dictador. No lo ha hecho por temor a que éste recupere el poder y provoque una hecatombe en el precio del crudo. Pero precisamente por eso es por lo que hay que apoyar al pueblo libio: con o sin petróleo, merece que los designios de su país los rija alguien elegido democráticamente, y no un dictador que dispara contra su pueblo. Al mismo tiempo, resulta encomiable el coraje de una oposición que, aún a riesgo de su propia vida, sale a la calle a pelear por su libertad -igual que en Irán- Y como tal, merece ser tenido en cuenta.

En Occidente tenemos mucho que reflexionar sobre la política aplicada desde hace décadas con autócratas sangrientos que son capaces de colocar impunemente bombas en aviones de línea. Tiranos que hemos tolerado fueran elegidos para presidir el comité de derechos humanos de Naciones Unidas. Una cosa es proteger los intereses propios y otra amparar cínica y activamente a ese tipo de especimenes. Como en Cuba y Venezuela.
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