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La televisión del Movimiento

José Antonio Ruiz
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jantonruytelefonicanet/9/9/20
viernes 25 de febrero de 2011, 21:29h
Hace 34 años, el 3 de octubre de 1977, el Gobierno de Adolfo Suarez (que alucinaría si supiera que el histriónico José Bono, perejil de todas las salsas, se ha erigido por un día en artífice de una singular campaña de desagravio), exoneró a las emisoras privadas de la obligación tardo franquista de conectar sin rechistar, o sea, por cojones, con el Parte de Radio Nacional, es decir, con el boletín propagandístico del régimen, con el NODO radiofónico de las dos y media de la tarde y de las 10 de la noche, rancio como la España sórdida de los últimos años del Caudillo y de los primeros sarpullidos acnéicos, democracia adolescente, de la Transición.

Fue, sin duda, una extraordinaria noticia, que en medio mismo de la hemorragia incontenible de felicidad efímera, indujo a más de un ingenuo propenso a arrebatos herzianos de entusiasmo compulsivo, a aventurar con una ligereza rayana en la candidez del borderline que el anhelado pluralismo mediático era la pieza que faltaba para completar el puzle de las libertades fundamentales y los derechos individuales en una corrala balbuciente lastrada por los nostálgicos del Generalísimo, que dos años atrás había trasladado su residencia definitiva al Valle de los Caídos.

Cuatro años después, el 23 de febrero de 1981 asistimos a “la noche de los transistores”, el hito más importante en la historia de la radio hasta el vergonzante episodio de agitprop del 11 al 14-M de 2004, que sin llegar a ser un golpe en el sentido ortodoxo de la acepción, pasa por ser la penúltima asonada mediática de la que tenemos constancia antes del Faisán.

En esta semana tan cargante de matraca tejerina se ha encargado de evocar la efemérides José Joaquín Iriarte, que por entonces dirigía el Matinal de la Cadena SER, el informativo de los insomnios que durante seis años presentó este cronista que ahora lo cuenta, aunque pueda incitar a confusión la foto que acompaña a la columna, que se remonta al año de mi Primera Comunión.

Sin haberlo visto, imagino como si lo estuviera viendo a Fernando Ónega, director de informativos, rogando a su director general, Eugenio Fontán (el mismo que, según García, dirigía la radio como si fuera su cortijo), que ni se le pasara por la cabeza ordenar el corte de la emisión: «Es la Historia, Eugenio, es la Historia».

Al otro lado de la línea microfónica, en el Congreso de los Diputados, Rafael Luis Díaz, narrando in corpore el momentazo estelar en el que el teniente coronel Antonio Tejero (que en lugar de aprovechar para pedir perdón o meter la cabeza bajo tierra ha tenido la desfachatez de conmemorar los hechos de vacaciones en La Palma) irrumpió en el hemiciclo desatado como una morsa bigotuda con tricornio, y en plan machote poligonero dijo aquello de «al suelo todo el mundo», instante en el que la heroicidad de más de un diputado quedó en entredicho en relación directamente proporcional al retortero de la cagada en los calzoncillos.

Andando el tiempo ¿Qué ha sucedido para que el oficio del periodismo, que supo granjearse la consideración y el aprecio de la sociedad española, por su actitud comprometida con los ideales democráticos y por el trabajo bien hecho, haya dilapidado su crédito por el camino y se encuentre ahora a los pies del caballo trotón que Gadafi regaló a Aznar?

Lo cierto es que el país está hoy tan irreconocible como el periódico del mismo nombre que hace lustros que abjuró de su espíritu fundacional.
Hace medio siglo, Televisión Española era «La mejor TV de España». 55 años después del inicio de las emisiones regulares, el 28 de octubre de 1956, los medios de comunicación (públicos, privados, concertados, medio-pensionistas, españolistas, regionalistas, cantonalistas o nacional-independentistas) se cuentan por millares. Y donde ayer se hablaba de «La Televisión del Régimen», hoy se habla de «Televisiones, radios, periódicos y libelos de partido». (…) Mucho me temo que el problema no era de cantidad, sino de concepto y de principios.

Hoy como ayer sigue vigente la amarga conclusión a la que llegó Montanelli cuando afirmó, resignado al desconsuelo, que las televisiones públicas son los botines de guerra de los partidos ganadores. Los medios de comunicación privados persiguen sin sonrojo alguno el “beneficio económico”, aunque como Fausto tengan que vender su alma al diablo y no precisamente a cambio de sabiduría sino de subvenciones; y los públicos, con mayor grado inclusive de desvergüenza, ambicionan el perverso “beneficio político”, lo cual no viene sino a completar el cuadro ya de por sí diarréico en el que se ha convertido, según Raúl del Pozo (felicidades por el pelotazo literario), el “avispero mediático”. Además, siempre hay editores tentados en poner al Gobierno de servicio a su servicio, a cambio de inmunidad y protección editorial.

El sábado 5 de noviembre de 1988 (a las puertas de la huelga general del 14-D), el «ABC verdadero» de Anson se echó a los kioscos con una portada que le agrió el desayuno a Felipe: «La televisión del movimiento socialista». Para ilustrar el rejonazo, el diario dibujó una composición en la que aparecía el puño del logo socialista apretando entre sus dedos, en lugar de la rosa roja, un manojo de cinco pirulís, en una suerte de analogía visual con el yugo y las flechas de la Falange Española de las JONS de José Antonio Primo de Rivera, Onésimo Redondo y Ramiro Ledesma.

Resulta que el Consejo de Ministros, esgrimiendo como excusa la existencia de «algunos puntos de desencuentro», había tomado la determinación de posponer sine die la aprobación del Plan Técnico de la Televisión Privada, demorando la entrada en escena de los canales privados hasta después de las Generales. Pilar Miro que estás en los cielos, que heredó el huerto hecho un sembrado de José María Calviño, regentaba por entonces el Ente, que después pasó a manos de Luis Solana, que vino a dar continuidad a la mejor tradición del comisario político con mando en plaza. Mientras esto sucedía en Prado del Rey, Isabel Pantoja daba los últimos retoques a su sentido pregón en el carnaval de Cádiz.

Hoy, veintitrés años después, esa misma portada podría reeditarse a todo color, para referirse a la tele regentada por don Alberto Oliart, ministro de Defensa tras el tejerazo, que mucho antes de que se hiciera mayor, ya sabíamos también de qué pie político cojeaba:
Sumario del Caso Faisán: presunto delito de colaboración con banda armada. Del 24 de enero al 10 de febrero, según el PP, en TVE únicamente se ha mencionado al “pájaro” en once telediarios. A lo que se ve, el faisán parece estar vetado hasta inclusive en los documentales ornitológicos de La 2. Lástima que a los del Pepé, por más que les pudiera asistir la razón, no estén legitimados para lamentarse, por la calamitosa gestión que hicieron de la Comunicación cuando gobernaron.

Triste consuelo el de Pedro Jota Ramírez cuando dice que «hay que reconocer que la televisión pública, la que Zapatero encomendó a Luis Fernández, es hoy mucho menos obscena que en períodos anteriores». Precisamente porque creo conocer bien a Luis Fernández (él me nombró jefe de informativos en la radio de Prisa), y por sostener con convencimiento de causa que ha sido el mejor presidente que ha tenido la Corporación, digo también que ni Luis Fernández ni San Luis de Anjou, obispo de Tolosa de Languedoc y fraile franciscano, puede hacer nada por extirpar el cáncer que aqueja a la cosa: el problema, de imposible solución, de la desgubernamentalización de los medios de comunicación de titularidad pública.

Si de un servidor dependiera, de los chiringuitos que sostenemos los contribuyentes con nuestros impuestos no quedaba ni el edificio azulete del BOE sito en el madrileño barrio de Sanchinarro, convencido de la sinrazón de ser de Televisión Española y de las televisiones autonómicas.

Pero no está el cielo más despejado entre los Media de titularidad privada, donde se ha impuesto (con meritorias excepciones que nos permiten seguir creyendo que no está perdido todo del todo), el periodismo miserable y rastrero, o sea, el periodismo, o bien “de partido”, bien “braguetero”, y donde suelen promocionar cortesanos medradores como los que retrata el otro Erasmo en su Elogio de la locura, dotados de una innegable pericia a la hora de adular a su señor.

La gran farsa del pluralismo mediático. ¡Menuda tomadura de pelo! Ambicionábamos la revolución mediática -¡Qué ilusos!-, y camino llevamos de acabar peor que estábamos en los tiempos aciagos de Franco, pues tres décadas después del 23-F, «under the same moon» nos encontramos. Como diría Luis Ciges, el inolvidable criado de los Marqueses de Leguineche en La escopeta nacional de Berlanga, el truculento minifundio español de los medios de comunicación es lo más parecido a la “descojonación”.

Mal que nos pese, el circo informativo es como la Historia de la locura de Michel Foucault… pero a lo bestia y en clave de risa, si no fuera porque en la indescriptible casa de fornicación en la que se ha convertido el patio ibérico de abundan los bandoleros, los gánsteres y los saqueadores de libertades.

Metidos sin querer en el túnel del tiempo, entristece constatar que la España de José María el Tempranillo siga siendo la "tierra de los conejos" que describieron los fenicios: un ruedo pastueño de guerras mediáticas, componendas, antenicidios, espectrazos, decretazos, platajuntas, listas blancas y negras de periodistas, compradores de silencio, orgías desenfrenadas de bragas de Loewe, y falsas promesas incumplidas de regeneración democrática. Como en otras etapas oscuras de la historia, a la sombra del toro de Osborne vuelven a correr malos tiempos para la libertad de expresión.

Es tal el des vergonzante grado de compadreo y mamoneo existente entre una parte de la clase política y otra media naranja de la periodística, que a punto estoy rendirme para aplaudir, claudicando a la evidencia, el buen hacer de los “brujos visitadores de Moncloa”; y para aceptar con resignación, como un axioma incuestionable sin signos de rectificación en el horizonte inmediato, que hoy por hoy son más los comisarios que ejercen de libelistas que los auténticos informadores que se limitan a hacer su trabajo con la Verdad como única servidumbre admisible.

Homenaje a José María García, el mejor reportero español de todos los tiempos; a José Luis Gutiérrez, mal que le pese a Mojamé; a Juan Luis Cebrián, antes de que se dedicara a otra cosa; a PedroJota, sin necesidad de que se autoproclame el periodista más influente; a Pepe Oneto, que nunca ha tenido un flequillo de tonto; a José Luis Martín Prieto, Manuel Martín Ferrand, José Luis Balbín, Jesús Hermida, Luis del Olmo, Iñaki Gabilondo, Carlos Herrera, Julia Otero, Manuel Hernández de León, Miguel Ángel Aguilar, Ignacio Camacho, Victoria Prego, Isabel San Sebastián, Pilar Cernuda, Arcadi Espada, Juan Cruz, a mi admirado Luis María y a tantos otros, intelectuales y escritores, que han hecho tanto por esta maldita/bendita profesión que nos da la vida.

A los demás que están en otra cosa que nada tiene que ver con el periodismo… ¡Se sienten, coño!

José Antonio Ruiz

Periodista

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