www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Sucedió en los Mares del Sur

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Rebelión a bordo es una de las grandes joyas del cine clásico. Ganadora del Oscar a la mejor película de 1935, narra los hechos reales acaecidos a bordo de la Bounty, donde la tripulación se amotina contra el tirano de su capitán, William Bilgh, -soberbio Charles Laughton-. El cabecilla del motín -Clark Gable- era el primer oficial, Christian Fletcher quien, en compañía de otros nueve marineros, se hizo con el mando de la nave y abandonó a su suerte al capitán Bligh y a otros dieciocho hombres que no quisieron unirse a la revuelta. Con apenas posibilidades de sobrevivir -Christian les dio provisiones para apenas cinco días- Bligh y los suyos navegaron casi 4.000 millas durante mes y medio hasta que alcanzaron la costa de Timor, donde una embarcación de la Royal Navy les llevó de vuelta a casa.

Mientras, los amotinados de Fletcher se establecieron en Tahití, donde hicieron muy buenas migas con las nativas. Este es, más o menos, el panorama descrito en la película. ¿Verdad o ficción? Parte de ambas. Para empezar, el capitán Bligh no era ni más ni menos ogro que el resto de sus colegas de la época. Azotar a los marineros indisciplinados en cubierta, a los ojos de todo el mundo o, directamente, colgarlos del palo mayor, eran moneda de curso legal por aquel entonces. Los barcos de Su Graciosa Majestad eran de todo menos acogedores.

Por otro lado, la huida de los rebeldes desde Tahití hacia otras islas donde poder empezar de nuevo tampoco fue como la pintan. Sí es verdad que diez de los que se amotinaron contra Bligh fueron apresados en Tahití y conducidos a Inglaterra, donde fueron juzgados con toda severidad. No obstante, uno de ellos -Peter Heywood- sería indultado y llegaría a ostentar el grado de capitán. Junto a la familia de Fletcher, puso todo su empeño en desmitificar la imagen de héroe que se había granjeado Blight, y a fe que lo consiguió. No hay que olvidar que la misión de la Bounty era cargar sus bodegas con frutos del árbol del pan para alimentar a los esclavos, en una época en la que los abolicionistas estaban empezando a ganar la batalla.

Del resto, nunca más se supo. O casi. En 1808, un ballenero inglés arribó a las costas de las islas Pitcairn -un pequeño archipiélago en medio de la Polinesia donde únicamente su isla más grande, que da nombre al conjunto, está habitada-. Allí había una pequeña colonia de niños y mujeres con rasgos entre polinesios y europeos, al frente de la cual estaba un anciano marinero inglés, llamado John Adams. Era el último superviviente de aquellos que, veinte años atrás, decidieran amotinarse a bordo de la Bounty -en 1835 el gobierno inglés le ofrecería el perdón- y, al igual que sus “compatriotas”, se expresaba en una curiosa mezcla de inglés y tahitiano.

De hecho, sus descendientes aún hablan lo que se conoce como “pitcairnés-norfolkense”. Esos mismos descendientes, apenas un centenar, conforman hoy la población de Pitcairn. En su bahía principal se encontraron en 1957 los restos de la Bounty, quemada en su momento por unos marineros ingleses que no deseaban ser encontrados. A lo mejor por eso no se volvió a saber nada más de Christian Fletcher. Su pista se pierde en los Mares del Sur. En cualquier caso, es también una buena excusa para dejarse caer por allí.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.