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La ausencia de Dios

miércoles 02 de marzo de 2011, 16:31h
¿Tienen presentes las masas de musulmanes inclinados en actitud orante y adorante mientras miran hacia la Meca? ¿Se descubren contemplando desde las alturas a tales masas en sus lugares de origen gritando libertad? ¿Verdad que les tienen miedo porque sus gritos pueden modificar nuestro bienestar? No se trata de países en la lejana Latinoamérica o Asia, en absoluto. Están ahí, muy cerquita de todos nosotros, y su entusiasmo nos enerva de admiración…, pero también de interrogantes brumosos sobre a dónde irán a parar. Malditos árabes, sucios y fanáticos, con una cultura que no es la nuestra y sumidos en ritos casi medievales, que ahora desean, nada más y nada menos, que ser semejantes a nosotros, impolutos cristianos y occidentales. ¿Qué hemos hecho para merecer esto?.

Pues bien, estas masas orantes tienen la fortaleza de una fe pura y dura, puede que elemental y en absoluto tocada por la Ilustración, puede que también estén necesitadas de su propio Vaticano II y teología crítica, y muchas urgencias religiosas más. Pero repetimos que toda esta gente ora y adora a Dios bajo las representaciones que tienen como hecho religioso y son de un consecuente absoluto con esa oración y adoración que, para colmo, componen la columna vertebral de su concepción civil y política. Tiene la fuerza insobornable de una totalidad basada en su propia divinidad. Así de sencillo.

Nosotros, a estas alturas, hemos perdido tal fortaleza y entusiasmo. Es cierto que no confundimos civilidad y religiosidad, pero a la vez hemos vaciado nuestra civilidad de su necesaria religiosidad. Y nos hemos quedado completamente vacíos. Mientras que su Dios batalla a su favor, el nuestro se bate en retirada. Es la ausencia de Dios. Pero nos quedamos tan tranquilos. Tiempo al tiempo.

Norberto Alcover

Profesor de la Universidad Pontificia de Comillas

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