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Los Reyes en el Ermitage

Joaquín Albaicín
jueves 03 de marzo de 2011, 21:30h
Hace muy poco que SS. MM. los Reyes han sido recibidos en el Ermitage de San Petersburgo, museo legendario cuyo director, Mijail Piotrovsky, precisaba días atrás, en una entrevista, cosas muy sensatas acerca de los inconvenientes que no puede nunca dejar de generar para una nación el ser gobernada por políticos equipados con una mentalidad exclusivamente mercantilista. El paladar, la sensibilidad artística, son muy importantes, decía (y con razón).

A mí me hubiera gustado mucho que tanto las autoridades rusas como la dirección del museo hubieran dedicado un recuerdo especial, con motivo de la visita, a la figura de Alfonso XIII, porque éste fue el único monarca que, con hechos y no de boquilla, llevó a cabo verdaderos esfuerzos por salvar la vida del último Zar y su familia, a quienes ofreció asilo en España cuando todas las potencias les volvían la espalda… Bueno, a lo mejor ese gesto se ha dado sin enterarme yo. Si así ha sido, me permitirán que prosiga de todas formas, pues escribo desde la convicción de que nunca se habla de más ni fuera de lugar cuando de rendir homenaje a una acción generosa se trata.

De la resuelta voluntad de Alfonso XIII por evitar a los Romanov su terrible destino da fe la desgarradora carta que, el 22 de septiembre de 1918, dirigió a Alfonso XIII una de las hermanas de la Zarina, la princesa Victoria de Milford-Haven, madre de Lord Mountbatten, quien, pese a la intimidad que la unía a la familia real británica, escribió: “El Soberano que tenía la influencia más directa sobre el gobierno revolucionario de Rusia, el que había conocido a mi hermana cuando era niña, el que tenía su misma sangre en las venas y que nunca dejó de reconocerle su nacionalidad, me temo que en esta ocasión la abandonó en su miseria, mientras que tú, para quien ella y los suyos eran en comparación unos extraños, te esforzaste en ayudarles. Nunca olvidaré la gratitud que te debo por esto”.

Se comprende, claro, que mucho ha llovido desde que el ácido sulfúrico destruyera las camisas, enaguas, corsés y cinturones manchados de sangre del Zar, su familia y sus sirvientes, y poca gente viva recordará –o habrá conocido nunca- en Rusia aquellas gestiones de la Corona española, como tampoco la extraordinaria labor desplegada por la España de Alfonso XIII en favor de los heridos en combate de todos los ejércitos en liza durante la I Guerra Mundial. Pero los Estados no son la gente. Si no quieren perder su sustancia más íntima, los Estados -que no viajan en metro, ni cobran jubilación ni piden hora para el médico- han de vivir tan pendientes de la Historia como de la actualidad, si es que no más. Los Estados, que sólo muy relativamente conocen el pulso de la vida ordinaria, tienen tiempo de sobra -¡siglos!- para leer, releer y no olvidar. Un Estado amnésico es como un ferrocarril sin raíles.

Unas palabras por el Rey Don Alfonso… Creo sinceramente que hubieran constituido un hermoso gesto. Además, le habría encantado a mi abuela. Nació durante el reinado de Alfonso XIII y, pese a ser aún una niña cuando éste se vio obligado a abandonar España (“¡España, no te veo más!”, recreaba por fandangos “Porrina” su partida al exilio), le guardó siempre una llamativa y persistente fidelidad. En mi niñez, recuerdo que a menudo hablaba de “cuando vuelva el Rey”, y, en aquellos momentos, una luz especial alumbraba su mirada… Por descontado, fue siempre una lectora impenitente de cuanta información suministrara la prensa sobre un enigma que durante decenios llenó páginas y páginas de los diarios y revistas de todo el mundo: el del asesinato de la familia imperial rusa en Ekaterinburgo (una de las cuestiones, por cierto, abordadas por Manuel Chaves Nogales en “Lo que ha quedado del Imperio de los Zares”, que, gracias a la editorial sevillana Renacimiento, acaba de volver a las librerías por primera vez desde 1931).

Por ella, mi abuela… Por el monarca de su niñez, por el Zar y por todos los pocos Reyes que –con todas sus humanas debilidades y fallos- en el mundo van quedándonos, vayan estas líneas (que soy el primero en lamentar no haber escrito en caracteres cirílicos).

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