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Consideraciones sobre la crisis en el norte de África

Víctor Morales Lezcano
viernes 04 de marzo de 2011, 18:20h
Hace poco más de un mes, Béchir ben Yahmed -director casi inmemorial del Semanario “Jeune Afrique”- nos refrescaba la definición canónica de lo que es una revolución: “Conjunto de acontecimientos históricos que han tenido lugar en una comunidad nacional cuando una parte del grupo insurrecto consigue tomar el poder, con acompañamiento de cambios profundos de tipo político, económico y social”.

El oportuno recordatorio de Ben Yahmed se produce al filo de la arbitraria nomenclatura con que vienen denominándose las revueltas populares que han hecho huir a los autócratas de Túnez y Egipto en menos que canta un gallo.

Que la fuerza demostrativa de la población sublevada en las dos repúblicas árabes del norte de África, ha hecho gala de un sentimiento de repulsa continuada de los regímenes que han gobernado los Estados de Túnez y Egipto durante 23 y 30 años respectivamente, salta a la vista y nos regocija a los devotos de los principios de libertad y justicia para todos. La transición que se ha iniciado en los dos milenarios países (“Ifriquiya”, Túnez, en tiempos de la dominación romana; y “Mir” en los siglos pasados para el caso de Egipto), exigirá una gestación dolorosa. Y culminará, o no, en una suerte de revolución copernicana en el seno de esos dos países.

Puede adelantarse aquí y ahora que sólo hasta que los gabinetes de transición consigan redactar una Constitución en Túnez y Egipto, y sólo cuando las formaciones políticas establecidas, o configurables en el transcurso del proceso de transición, logren ofrecer un espectro político convincente para las sociedades norteafricanas -y sólo entonces- podrá hablarse del triunfo gradual de una revolución, debidamente ungida por su legitimación en las urnas.

Mientras tanto, esperemos que ninguna interferencia poderosa (militar autóctona, o de intervención foránea), malogre el fruto natural de las revueltas populares del 14 y 25 de enero de 2011. Se trata de un itinerario de recorrido difícil que, como apostillaría Madeleine Albright refiriéndose a la democracia, “is an ungoing process”.

No es baladí el hecho de que las monarquías en Jordania y Marruecos hayan favorecido la aceleración de reformas para satisfacer el clamor de las peticiones populares. Por el contrario, resulta más sorpresivo que Al-Waleed bin Talal bin Abdul Aziz, nieto del fundador del reino de Arabia Saudí, haya publicado una petición de reformas elementales, a introducir en el mundo árabe.

Está claro que las revueltas populares están trayendo de la mano, si no revoluciones, sí un clima de opinión contestatario entre las muchedumbres de no pocos países árabes.

Situación distinta observamos, empero, en Libia. En la Libia de la franja costera que delimitan urbanamente Zawiyah al oeste y Benghazi al este, tropas leales al coronel Gaddafi se resisten a la rendición que podrían arrancarles las milicias rebeldes que controlan los yacimientos de petróleo más suculentos del país norteafricano.

La situación interna en Libia, ha generado un criadero de conflictos inter-tribales y un consiguiente éxodo masivo de población foránea en dirección de Tobruk y la frontera egipcia, de una parte; y de otra, orientado ese éxodo hacia la frontera libio-tunecina.

Además, no sólo la opinión pública euroamericana, sino varias instancias de ámbito internacional, han optado por condenar el régimen de Gaddafi en base al uso indiscriminado de la fuerza armada contra los insurgentes. El Consejo de Seguridad tomó no hace mucho la resolución de imponer un embargo armamentista, unas sanciones financieras y varias órdenes de persecución contra el jefe de Estado libio, su familia, e incondicionales probados. A instancias del Consejo, también la Corte Internacional de Justicia (Criminal) ha recibido petición de entendimiento en esta causa contra el Régimen libio, mientras que dos portaviones de la sexta flota americana han iniciado su travesía por las aguas del Mediterráneo central.

Indistintamente de cómo se resuelva la liberación de Libia, es diáfano como el cristal que los integrantes de la Unión Europea en general, y, muy en particular, naciones ribereñas cuales Italia y España, habrán de enfrentarse en un futuro inmediato a la reconstrucción de un nuevo equilibrio en aguas del “Mare Nostrum”. Esta vez, se tratará de un equilibrio menos impositivo que aquél que se configuró durante la Guerra Fría, primero, y más tarde a partir de la implosión de la Unión Soviética y la disolución de su zona de dominación.

Recordemos, por enésima vez, aquello de que no están ni el ayer ni el mañana escritos.

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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