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El Imparcial entrevista a Monseñor Kike Figaredo

“En Camboya, cuando se respira un poco de vida, hay una alegría inocente y fresca”

domingo 06 de marzo de 2011, 14:58h
La Fundación Mutua Madrileña acoge desde el 3 de marzo la exposición fotográfica “Cara a Cara. Camboya”, del periodista español Josep María San Saturnino, “Sansa”, que plasma el trabajo realizado en Camboya durante los últimos 25 años por la ONG Sauce, creada por Monseñor Kike Figaredo. Las imágenes expuestas forman parte del libro “Cara a Cara” que Josep María San Saturnino ha editado con el objetivo de conseguir fondos para Sauce y que puede adquirirse a través de www.sauceong.org. En la exposición hay una muestra del trabajo que realiza Kike Figaredo con los más desfavorecidos, en especial con personas con discapacidad (afectados por la explosión de bombas de racimo, minas antipersona, poliomielitis, etc.), tras 30 años de guerras en Camboya. Figaredo ha recibido varias nominaciones y premios, de entre los que destacan el Premio Bandrés, la Gran Cruz del Mérito Civil de la Solidaridad, el Premio Casa Asia, el Premio Fundación Emilio Barbón y el Premio Vocento a los Valores Humanos. Conversamos con él.
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En 1985, usted se presenta como voluntario sin saber cuál sería su destino, ¿cómo se sintió al descubrir que sería Camboya?

Yo empecé a trabajar con refugiados y lo que buscaba era ayudar a gente que estuviera con necesidad de verdad, porque un refugiado es una persona que no tiene lugar en el mundo. Mis superiores en aquel momento me aceptaron lo que yo pedía, pero yo no sabía a dónde iba a ir. No sabía si iba a ir a América, África... nunca había pensado en Asia. Y resultó que la carta de acogida que recibí vino de Bangkok, diciéndome que me esperaban allá. En la carta me decían que había refugiados laosianos, camboyanos y vietnamitas, y que la prioridad eran los camboyanos, y entre los camboyanos, los mutilados.

Y se desplazó hasta allí.

Cuando llegué allí, a Bangkok, me preguntó de nuevo el servicio de los refugiados de allí, y yo dije que mi prioridad era su prioridad. O sea, que yo no recorría 10.000 kilómetros para poner condiciones. Empecé a aprender camboyano y visité los campos de refugiados. Recuerdo muy bien que, cuando tuve el primer encuentro con el líder de los discapacitados, al que le faltaba una pierna y también estaba tuerto, me dijo: ‘me he enterado de que va a venir usted a ayudarnos’, y yo dije ‘pues sí’, pero como titubeando, y me dijo ‘pues no te preocupes, diremos lo que vamos necesitando’. Me iban a ayudar ellos a ayudarles. Fue muy bello porque iniciamos como cuatro centros de oficios para discapacitados, y ese fue el origen de todos los servicios que hago ahora. Fueron momentos muy bonitos.

Antes, estuvo usted algo más cerca, en La Ventilla, en Madrid, trabajando con gente muy humilde. Usted provenía de otro mundo. ¿Qué aprendió allí?

Di mis primeros pasos en La Ventilla. Allí vivía entonces gente inmigrante, muy sencilla, que en su mayoría provenía de Marruecos. Aprendí de la vida de la gente que no tiene posibilidades, que vive en situación precaria y, claro, de su vida, de sus inquietudes, de sus esperanzas. Fue la experiencia que me hizo buscar el servicio de los refugiados. Todo es un proceso. Viene de una experiencia religiosa: yo andaba buscando a Dios, no sabía cómo encontrarle. Tuve un momento de oración en que Dios me dijo que, por favor, que no me volviera loco, que la imagen de las personas era la apariencia de Dios y que buscara allí, entre la gente. Entonces aquello fue una experiencia mucho más profunda a como la estoy contando ahora. Te cambia el corazón, te cambia las teclas de dentro. Comencé mi búsqueda. Y la búsqueda va hacia la gente sencilla.

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Usted cuenta que, a veces, en determinados momentos, se queda sin palabras en los momentos de dolor en un país tan lejano. El libro que ha auspiciado no es de palabras, sino de imágenes. ¿Le ha cambiado la perspectiva sobre lo que puede expresarse en Camboya?

Yo cada vez doy más valor a los símbolos y a los signos o los gestos. Los hay que dicen más que un discurso. Muchas veces, ante las situaciones de dolor, no hay palabras. Lo que necesitas es un gesto, un abrazo, una sonrisa, o una mirada con ternura. Además, en un contexto en que la lengua es el camboyano, a veces la palabra no llega porque la dice un extranjero. Pero el gesto o el silencio acaba teniendo más valor que llenarlo todo de palabras.

Encontrar un lenguaje más universal.

Yo, cuando aprendí a hablar camboyano y la gente me preguntaba si hacía progresos, les decía que hacía progresos en la lengua del corazón y no simplemente de las palabras. Uno se inspira también en los modos que tienen ellos para relacionarse. Nosotros tenemos otros gestos: dar besos, dar la mano. Ellos tienen otros. Son muy elegantes en ese sentido y eso lo cuidan mucho.

Usted mandó cartas al director a los medios españoles para alertar sobre la situación en Camboya. Supongo que es importante no sólo hacerlo, sino también que se dé a conocer y concienciar de que eso existe.

Claro, que se dé a conocer. Hay que iluminar un poco también, por ejemplo, con este libro. No sólo porque puedas ayudar más, sino para que la gente disfrute con el libro y se le abra la mirada a una realidad diferente. Es muy importante que se den a conocer estas tragedias en los márgenes del mundo.

Usted dice que todos los días son una fiesta en el centro Arrupe, donde acogen a jóvenes discapacitados.

Son una fiesta porque la gente es muy alegre, y hay unas sonrisas especiales, con una alegría especial. Si un día hay para comer mangos, lo disfrutamos como una fiesta. Y lo mismo si un día hay una visita, por ejemplo unos amigos de Singapur. Siempre hay un cumpleaños, uno que ha sacado muy buenas notas, otro al que le han puesto unas piernas ortopédicas nuevas… Cosas muy sencillas que aquí serían lo normal, en Camboya son lo más importante. Hasta dar los buenos días. Todos los buenos días que yo recibo de los niños discapacitados tienen un gusto diferente. Una mezcla entre inocencia y frescura que en Occidente hemos perdido un poco.

Todo esto en una situación muy dura.

Como hay mucha sencillez y estamos en contacto entre la vida y la muerte todos los días, cuando se respira un poco de vida, hay una alegría especial, una alegría inocente, fresca.

¿Cuáles son los problemas a los que se enfrentan?

Los problemas tienen que ver con las necesidades más básicas: con la salud más básica y con la educación, la mínima, la de leer y escribir. Y un tercero, el de la participación, que las personas puedan participar en las decisiones de su propia vida y no le vengan dadas.

Si naces en el campo no tienes posibilidad más que de trabajar en el campo, sin aprender a leer y escribir ni de desarrollar tus capacidades. El común de los mortales no tiene garantizada ni la salud, ni la educación, ni la participación del protagonismo de su vida. La esperanza de vida es muy baja, la gente no tiene capacidad de progresar porque hay analfabetismo.

Sobre la salud, hay mucha gente en Camboya que se hace pobre por la salud, porque no tiene dinero. Entonces, por pagarse unas medicinas hipotecan todo. Hay falta de higiene y la comida no reúne las proteínas ni las vitaminas necesarias.

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Está batallando en la Iglesia y junto a la ONG Sauce por el futuro de Camboya. Han logrado becar a personas para que cursen estudios universitarios.

Lo que queremos es que todo el mundo tenga acceso a la educación, que las necesidades básicas estén cubiertas. Pero también gente que ayude a aunar los esfuerzos y se necesita a personas que tengan más formación, que conozcan lenguas, que tengan formación universitaria, que sepan liderar a otros. Estamos preparando el futuro. Desde la Iglesia, queremos que los líderes laicos sean cada día más fuertes, que la sociedad no tenga que depender de los religiosos y las religiosas.

Menuda empresa para una persona como usted que estudió empresariales.

Bueno, eso es, iniciativas nuevas para crear algo que sea más sostenible. Lo nuestro es pequeño, pero lo vamos creando y vamos creando escuela, poquito a poco.

Pero a veces no llegan a todo. Contaba usted un caso de una niña pequeña que no pudieron salvar y que aparece en el libro.

Sí, con ella se me ha muerto una nieta ya. Ponemos todo nuestro esfuerzo y toda nuestra ayuda para que las cosas sean diferentes, pero no tenemos la última palabra. Hay cosas que no salen como queremos. Esta niña se nos murió, no es la única, de las llagas. Nosotros ponemos todo el esfuerzo, pero sabemos que no tenemos soluciones para todo, que la última palabra es de Dios y que nosotros lo que hacemos es colaborar.

Enhorabuena por el libro y ojalá sirva para concienciar de la situación en Camboya y del trabajo que hacen.

Este libro recoge diez años, pero esto va a salir para adelante, es una carrera de fondo. Dentro de diez años igual, tenemos otro libro y podemos comparar.