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De la riqueza

José María Herrera
sábado 05 de marzo de 2011, 17:57h
Atendiendo a sus bienes de fortuna, Kant clasificó a los hombres en seis tipos: indigentes, pobres, acomodados, pudientes, acaudalados y ricos. Indigente es el que carece de recursos para costearse aquello que necesita. Pobre aquel que puede hacer frente a lo necesario, pero no a los gastos discrecionales. Acomodado es quien está en disposición de hacer ambas cosas. Si, además, puede cubrir otros gastos, es pudiente. Y si tales gastos incluyen objetivos excesivos o arbitrarios, acaudalado. Por último, el que puede hacer además acomodados a otros, es rico.

Aunque la riqueza es un medio, no un fin, se trata de un medio extraordinario, pero no ilimitado. ¿Quién puede comprar con dinero –preguntaba Plutarco- la ausencia de tristeza, la grandeza de miras, la firmeza, la confianza, el bastarse a sí mismo? El pobre suele envidiar la situación del rico, que considera menos ardua que la suya, pero suele opinar que las verdaderas riquezas son las interiores. Comparte esta idea con las bellas de los concursos, para quienes la auténtica belleza está dentro, y con los propios ricos, quienes sienten la necesidad de ligar riqueza y valía, quizá para convercerse de que, incluso sin ella, valdrían tanto como parecen.

La abundancia de bienes de fortuna, como lo contrario, su falta, no revela sin embargo nada acerca del mérito de las personas, ni de su felicidad. “!Qué ruina para nosotros si no nos hubiésemos arruinado antes!” –le comentó Temístocles a su esposa sorprendido del goce inesperado que le estaba reportando el exilio. Aún más agudo estuvo Chesterton en otra discusión marital cuando respondió a las quejas de su mujer con estas palabras: “verdad que no soy lo bastante inteligente para hacerme rico, pero tampoco tan tonto como para desearlo”.

Cicerón consideraba rico a quien no tiene avidez de riquezas, algo que, a tenor de los hechos, parece discordante con su efectiva posesión. El rico siempre desea más. Los bienes de fortuna no sólo no lo sacian, sino que, en general, acrecientan su avidez. ¿A qué se debe esto? No hay duda: a que la riqueza no proporciona la dicha. El caso, sin embargo, es que la mayoría de los ricos se empecinan en mantener lo contrario y, como los hechos los desmienten, la única forma que tienen de conservar su certeza es pensar que no son suficientemente ricos. La riqueza, como aspiración, sustituye a la riqueza de hecho, y el rico, sin darse cuenta, termina viviendo como un pobre, o sea, deseando siempre más de lo que tiene.

Cuando el medio se convierte en fin deja de cumplir su función. Recuerden el refrán: el dinero es bueno como siervo, pero malo como amo. Esto, tan obvio, cuando se trata de un particular –el avaro-, apenas se advierte cuando constituye una actitud colectiva. ¿O es que acaso ese descontento que llamamos “progreso” no es una suerte de avaricia colectiva que no se conforma jamás con nada?
Para que la abundancia se convierta realmente en riqueza, el rico tiene que poner algo de su parte, arrimar la riqueza a su mundo interior, donde se decide la cuestión de la felicidad. El simple acopio de cosas no vale de nada, incluso puede ser un obstáculo a la hora de alcanzarla. “!Si quieres enriquecerte, reduce tus apetencias!”, recomendaba Epicuro.

Griegos y romanos desconfiaban de la riqueza, a la que tenían por una suerte y un peligro. El mérito, para ellos, no estaba en tenerla, sino en despreciarla. Lo mismo se pensaba en la Edad Media, un tiempo en el que la riqueza se afirmaba en el gasto, no en la posesión. El criterio varió en la época moderna, cuando se pasó de creer que la riqueza ennoblece la situación de la persona a creer que ennoblece a la persona misma. Es un proceso relacionado con el protestantismo, como demostró Max Weber. Adquirida la convicción de que el cumplimiento del deber santifica a la persona, tesis luterana, bastó un empujón para concluir que la riqueza, fruto del esfuerzo, constituye una confirmación de la bondad del individuo y de la gracia divina que lo ilumina, tesis calvinista. Este salto es el que explica que todavía en ciertos países lo primero que le preguntan a uno es cuánto gana.

Siempre se ha considerado que el placer mueve en la medida en que es placer insatisfecho. El deseo ya cumplido carece de fuerza para impulsar a nadie. Aunque es cierto que los deseos reaparecen con facilidad, no hay razón para creer que el hombre esté condenado por naturaleza al descontento. Este es, sin embargo, el fundamento del hedonismo, doctrina que a menudo se asocia con la riqueza y que, a decir verdad, revive siempre en épocas como la nuestra. Pertenece a la lógica del hedonismo querer la renovación incesante del deseo. Sólo así puede el placer ser un fin. Si se piensa bien, nada más acorde con el mundo capitalista, de la producción masiva de bienes y de su masivo consumo. No obstante, la ilimitada capacidad de desear, supuesto en el que descansa el moderno concepto de abundancia como ilimitada capacidad de producir, podría verse también como un signo de pobreza, de perversión del juicio y de la vida. Así lo consideró Teofrastro, quien tras reflexionar largamente sobre la riqueza, no sólo de describirla por fuera, sino de analizarla por dentro, tomando en consideración sus efectos sobre las personas, llegó a la paradójica conclusión de que la riqueza no es riqueza. ¿Estaba en lo cierto?
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