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De nuevo, en el cine

jueves 17 de marzo de 2011, 10:03h
Me han conmovido tres cosas de esta película admirable que es De dioses y hombres. Encuentro en primer lugar el descubrimiento de la pobreza, que en la mirada verdadera de la cinta, es lo que hace posible la comunicación y el afecto: son las cosas superfluas las que nos separan de los demás, y sólo desprendiéndonos de ellas podremos, de verdad, abrazar y querer a los que nos rodean, cuyo reconocimiento es lo que necesitamos para ser felices. Lo que depara la dicha verdadera de los monjes franceses en su destino argelino es la ayuda médica y la asistencia que pueden prestar a la comunidad en torno al pequeño monasterio cisterciense. El afecto de los pobres árabes confirma su propia austeridad, un despojamiento místico en el que descansa la solidaridad fraterna de los religiosos. Estos monjes tienen por lo demás una idea proyectiva de la felicidad: su vida mira hacia adelante, donde reside su tarea, mientras se van diluyendo sus lazos con la familia, en la metrópoli lejana a la que ni pueden ni quieren volver.

Quizás estamos muy equivocados cuando, lockeanos al fin, asociamos la felicidad con la prosperidad si no con la abundancia, aunque no debemos tolerar la miseria de los demás, sobre todo si es el envés de la opresión y la maldad. No hay en la película defensa de propósito o misión civilizatoria alguna, pues los pobres monjes franceses carecen de cualquier designio imperial y no tienen función colonial que cumplir; tampoco comparten ningún entusiasmo emancipador o pretenden incorporarse a la liberación indígena. Sirven, entonces, a los demás en lo que se les necesite sin aval o condicionamiento. Al final, inútiles e incomprendidos, su marginalidad respecto de las grandes causas les saldrá cara, pues nadie podrá garantizar su supervivencia, sea el Estado o la guerrilla argelinas, o la casa matriz de la Orden.

Estamos, en segundo lugar, ante una bella composición coral: un elenco de actores excelentes que interpretan con sobriedad admirable a los personajes, cada uno en su sitio: quién guardando el jardín, el uno atendiendo el dispensario, el otro sirviendo en la cocina: diferentes en edad y aptitudes pero todos contagiados por la misma solidaridad, decentes y humildes, se trate de la deliberación fraternal sobre lo que pueden hacer o de la oración en común, sin rango ni subimiento de nadie. A veces se oye un gregoriano maravilloso, mientras la disposición general , sea del refectorio o de la capilla, y aun los rasgos de algunos frailes recuerdan, me ha pasado a mí como a Muñoz Molina, el aire de los cuadros de Zurbarán. Cuando la cámara abandona el recinto monacal y cae la noche sobre los alrededores, o nos topamos con algún morador del poblado cercano, por ejemplo cuando una linda muchacha confiesa su turbación de enamorada al viejo monje que atiende la consulta médica, se nos hace explicable la fascinación argelina que sentía Albert Camus y que nunca le abandonó.

Hay, al final, una desoladora escena que nos sobrecoge, cuando los hermanos son sacados del convento y llevados a su destino inexorable y terrible, y nosotros nos sentimos interpelados, de algún modo testigos del sacrificio de esos inocentes, que nos hace presente el absurdo y la injusticia en que vive nuestro mundo. Lo que maravilla es la serenidad y el coraje de la actitud de los monjes , consecuentes con una suerte que con plena consciencia han asumido y que por nada del mundo desean evitar. Huir habría sido desdecirse de su apuesta vital, haber renegado de su testimonio, declarar con los hechos que toda su existencia había carecido de justificación, pues había sido entregada a una causa, a la hora de la verdad, que no merecía la pena. Como ocurre siempre que la fe es auténtica, la razón religiosa no suple ni corrige lo que la determinación humana afirma. No se pierdan entonces este bello film del realizador francés Xavier Beauvois.
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