Tras poco más de dos años en nuestro país como máximo representante de la diplomacia belga, en los que admite haberse enamorado de Madrid, Johan Swinnen, embajador de Bélgica en España, recibe a EL IMPARCIAL en la sede de su legación diplomática en el madrileño Paseo de la Castellana para abordar la crisis política e institucional que vive el país centroeuropeo. De voz cálida y semblante sereno, Swinnen no duda a la hora de abordar el origen de la crisis, el espinoso asunto de la escisión o el papel de los líderes políticos y el rey Alberto II bajo la atenta mirada de la enseña tricolor nacional.
Desde su punto de vista, ¿a qué se debe la crisis política belga, no ya sólo durante estos últimos nueve meses, sino en las últimas décadas?En Bélgica conviven varias lenguas, varias culturas. Hemos constatado, por desgracia, un distanciamiento, incluso cierta indiferencia, hacia lo que acontece a ambos lados de la frontera lingüística entre Flandes y Valonia. Es una realidad preocupante, ya que existe una falta de conocimiento y de interés por lo que acontece en el resto del país. Aunque lo peor, en mi opinión, es la indiferencia entre en ambas comunidades y el perpetuo desconocimiento entre los diferentes líderes políticos.
Por otra parte, debemos tener en cuenta que, a la hora de hablar de Bélgica, hay muchos matices por muy complicada que sea la situación. Mi país, de hecho, es un matiz en sí mismo, un mosaico con mucho color, con muchos puntos delicados que nos impiden simplificar la realidad belga. Ahora bien, la complejidad, al mismo tiempo, es un factor positivo porque en la adversidad del país podremos encontrar soluciones. Pero tenemos que admitir que con ideas simplistas no vamos a llegar a un desenlace satisfactorio. Debemos adquirir compromisos delicados.
De este modo, deploro que, actualmente, en Bélgica no haya más discursos entusiastas que nos recuerden a todos los belgas la suerte que tenemos. Es un error subestimar nuestro potencial. Somos un país trilingüe, tricultural. El respeto por la cultura, por la lengua, por la identidad, por la emancipación de las comunidades no tiene que hacernos perder de vista que tenemos que renovar ese gran desafío.
¿Tenemos que encontrar una respuesta a esta evolución pasando por la instauración de circunscripciones federales? El debate está abierto ya que podemos y debemos cuestionarnos si el hecho de que el cargo electo flamenco o francófono no sea electoralmente responsable ante la otra mitad de la frontera lingüística es una buena práctica.
Hay quienes creen que el origen de la crisis reside en que Bélgica es un estado creado en los despachos y que no surgió de una voluntad popular, ¿está de acuerdo con esta afirmación?No podemos negar la existencia de una convivencia muy anterior a la independencia de nuestro país. Quizás fuera así en la época de Metternich en el siglo XIX, en los años de las grandes legitimidades estatales. Entonces, es cierto que hubo un levantamiento popular contra los holandeses. Es verdad que, en aquella etapa, la legitimidad de los países no siempre se correspondía con las expresiones de la voluntad popular y que no podemos hablar de un proceso democrático.
Pero las revisiones constitucionales que han tenido lugar desde 1970 en Bélgica, que con la que se está redactando hoy en día suman seis, han sido siempre el resultado de un proceso democrático pacífico respetado de manera escrupulosa.
Tras seis comisiones fracasadas y con un evidente hartazgo popular a las espaldas, ¿qué salidas le quedan al país? ¿La convocatoria de nuevas elecciones?No. Es más, en estos momentos nadie aboga por esta solución y sería la última opción. Todo el mundo estima que unos comicios podrían no resolver nada. Todo lo contrario, podrían empeorar y radicalizar las posiciones. Con esto no quiero decir que este tipo de especulaciones no persistan. En todo caso, hay que dejar todas las opciones posibles abiertas al diálogo y a la negociación.
El ex primer ministro belga Jean-Luc Dehaene quiso desdramatizar hace poco la duración de esta crisis. Se afanó en señalar que, si en llegar a un compromiso suficientemente duradero se tardaba 500 días, entonces merecería la pena trabajar por ello e involucrarse. Por tanto, cuanta más voluntad de compromiso haya, más llevadero se nos hará este largo y laborioso camino.
¿Se contempla la escisión como una opción real y qué consecuencias podría acarrear en caso de producirse?Por supuesto que no, aunque no tenemos miedo al debate. La escisión sería muy cara y complicada. Por ejemplo, se tendría que resolver el problema de Bruselas o el de la deuda, que pertenece tanto a la comunidad francesa como a la flamenca. De este modo, Bruselas se podría convertir, salvando las distancias, en una suerte de Jerusalén en la que dos comunidades se disputan su control. Como decía recientemente el profesor Philippe Van Parijs en una entrevista, al igual que en Israel y los territorios Palestinos con Jerusalén, en Bélgica las dos comunidades no se separan porque ninguna de las dos quiere quedarse sin Bruselas.
No necesitamos de una escisión para evaluar las consecuencias. La clave reside en una mayor autonomía de nuestras comunidades y regiones que permita, entre otras cosas, responsabilizar más a los distintos actores implicados en el debate nacional.
Muchos creen que, en caso de suceder, la escisión belga sería un duro golpe a la construcción de la Unión Europea, ¿qué opina al respecto?En efecto. No debemos subestimar las consecuencias de la situación en Bélgica. Cuanto más nos forcemos a evaluar esas consecuencias como es debido, más comprometidos estaremos para poner de relieve la inspiración que constituiría Bélgica para Europa. ¿No afrontamos belgas y europeos los mismos desafíos?
Debemos percatarnos de las oportunidades que nos ofrecen el respeto de nuestras diversidades, la promoción de una armonía y de una coherencia mutuamente enriquecedora. No podemos obviar que Bélgica es una microeuropa ya que tres culturas distintas, la francófona, la flamenca y la germanófona, conviven en un país pequeño con una capital bilingüe, europea e internacional, abierta a otros idiomas, culturas y religiones y en el que intentamos realizar la misma ambición que la Unión Europea: cultivar la diversidad.
Pero, así como en Europa el proceso de construcción de la Unión Europea se está dando de forma muy lenta pero hacia delante, en Bélgica ocurre todo lo contrario, el proceso se está ralentizando, por no decir que se está revertiendo...Estamos inmersos en un momento muy difícil, eso es verdad, pero sería una lástima si no pudiéramos reactivar la cultura de la buena comunicación entre las dos comunidades. Sería todo un éxito si en estos momentos fuéramos capaces de lograr un compromiso sostenible a largo plazo, flexible y, de este modo, poder llegar a inspirar a otros países como Chipre, o incluso al resto de la Unión Europea, que están a la búsqueda de un equilibrio institucional.
No hablo de desarrollar un modelo belga, aunque algunos sí lo hacen. En este sentido, a mi me gusta más hablar de una inspiración belga. No es un motivo de vergüenza o una tragedia el encontrarnos en la actual situación, pero sí debemos seguir intentando encontrar una solución. Con esto no quiero decir que debamos estar reuniéndonos indefinidamente, porque lo que está claro es que debemos alcanzar una salida a la actual situación lo antes posible. Lo primordial es revitalizar la confianza en nuestras posibilidades y en nuestras ambiciones como país.
¿Qué papel ha jugado el rey Alberto II a lo largo de la crisis?Tenemos una gran suerte al poder recurrir al análisis objetivo, sabio e imparcial de un soberano que se mantiene al margen. Alberto II tiene un papel prudente, inteligente y voluntarioso al mismo tiempo. Sin comprometer el respeto por los equilibrios institucionales, pone todo de su parte para intentar solucionar la crisis creando un ambiente distendido.
¿Ha demostrado esta crisis que son irreconciliables ambas comunidades?Por supuesto que no. A medida que la crisis se prolonga, el riesgo de demonización, de caricaturización de la otra comunidad, ya sea flamenca o valona, aumenta. Proliferan ideas equivocadas como la de que los valones son unos "vagos" o la de que los flamencos son unos "fascistas". Aunque sólo sea por erradicar estas formas de pensar, debemos encontrar con rapidez un acuerdo. No sólo los políticos, también los medios de comunicación tienen un papel que jugar.
¿Son ciertas las rencillas en torno a temas fiscales y lingüísticos o son un mero pretexto para evidenciar las diferencias sociales?Hay que afrontar las cosas de cara, sin complejos. El compromiso de los ciudadanos belgas es también muy importante. Lamento la regresión del francés en Flandes y la falta de progreso en el aprendizaje del neerlandés en el lado francófono. Si hubiese una actitud más sana por ambas partes, podríamos dar pasos más grandes en la dirección correcta.
No conviene crisparse. Debemos poner en marcha reformas institucionales en ambas regiones para asegurarnos una progresión económica y social. Si hemos progresado desde el principio de la crisis es porque hemos tomado conciencia de que las reformas económicas y sociales tienen que pasar primero por dichas reformas.
¿Qué futuro le augura al país?Encuentro que mi país, y aquí habla el diplomático, es uno de los más interesantes del mundo y que debemos aceptar ese desafío en cuanto a la armonía, a la coexistencia, al respeto, a la tolerancia y a las ambiciones comunes. En este sentido, si deben producirse reformas, que así sea. Entre todos podemos, en un contexto europeo, crear condiciones óptimas de desarrollo en un marco pacífico.
Bélgica funciona y muy bien, somos un país próspero. Estamos devolviendo la confianza a nuestro progreso económico, que se está reactivando, y a nuestra estabilidad financiera, prueba de ello es que los resultados obtenidos son tranquilizadores. Además, el gobierno provisional que encabeza Yves Leterme está haciendo su labor de manera correcta y la Presidencia europea en el segundo semestre del año pasado fue todo un éxito. Todo ello con un gobierno federal dimisionario y cinco gobiernos regionales (flamenco, francófono, valón, germanófono y bruselense) con plenos poderes. Por tanto, Bélgica no está paralizada.