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Adolfo Suárez es Sancho Panza

Jesús Carasa Moreno
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carasajesusgmailcom/11/11/17
https://www.jcarasa.com/
viernes 18 de marzo de 2011, 22:01h
Penetro en campo minado.

Atribuimos a Don Quijote virtudes que forman parte sustancial de lo que queremos que sea ser español: El heroísmo, la caballerosidad, la valentía, la generosidad, el señorío, la osadía, la galantería, la altura de miras, el espíritu de justicia etc… y hacemos caso omiso de características que se salen de este patrón que hemos creado.

Para empezar queremos olvidar que el personaje, fue creado por Cervantes para que nos riéramos de él y de sus absurdas hazañas.

Vivía en el pasado sin ninguna preocupación por el futuro, nada trabajador, su desinterés por lo practico, incluso por su economía, le lleva en la segunda salida, a despilfarrar su hacienda……”Dio luego Don Quijote orden en buscar dineros y vendiendo una cosa y empeñando otra y malbaratándolas todas; llegó una razonable cantidad…..”

Fácil de arrastrar por fabulaciones, ensoñaciones y falsas ideologías, que convirtió en el norte y guía de su vida y…la arruinaron.
Creador infatigable de problemas y de soluciones, que acarrean nuevos problemas.
Arreglador y critico feroz de la vida de los otros, nunca de la propia.

Monopolizador de la verdad, aunque los hechos demuestren, mil veces, que está equivocado; personaje diseñado para confundir sus deseos con la realidad y negarla cuando esta no se ajuste a aquellos. ¿ Os suena?.

Lo digo ya, Sancho es mi héroe, ese si que lo es.

“En este tiempo solicitó Don Quijote a un labrador, vecino suyo, hombre de bien….”, “….Decíale, entre otras cosas, Don Quijote, que se dispusiese a ir con él de buena gana, porque tal vez le podía suceder aventura, que ganase, en un quítame allí esas pajas, alguna ínsula y le dejase a él por gobernador della…..”.

Ya están juntos: El iluminado infatigable creador de objetivos falsos y el hombre de bien, que acuciado por sus necesidades, tiene que agarrarse a cualquier clavo ardiendo para mejorar su suerte.
Sancho atiende a Don Quijote como un criado que es, pero le previene de los peligros como a un niño a su cargo, nunca le abandona, nunca le falta al respeto, comparte sus aventuras aunque no cree en ellas y sufre, con él, sus resultados, acepta con resignación las penalidades y penurias que convivir con un personaje como Don Quijote hace inevitables. Tiene conciencia de la superioridad intelectual que le aporta el ser maestro en el reconocimiento de la realidad y a pesar de ello, nunca se sale de su sitio. Su lealtad es infinita y a prueba de todo trance.
Y cuando le llega su momento no falla.

Ya advierte Sancho a Don Quijote nada mas empezar el camino y sin ningún complejo: “Mire vuestra merced, señor caballero andante, que no se le olvide lo que de la ínsula me tiene prometido; que yo la sabré gobernar por grande que sea”.

Después de asumir el gobierno de la ínsula…..”Todos los que conocían a Sancho Panza se admiraban oyéndole hablar tan elegantemente y no sabían a que atribuirlo, sino que los oficios y cargos grandes, o adoban o entorpecen los entendimientos”.

En otro pasaje….”Dice tanto vuesa merced, señor gobernador--dijo el mayordomo—que estoy admirado de ver que un hombre tan sin letras como vuesa merced, que, a lo que creo, no tiene ninguna, diga tales y tantas cosas llenas de sentencias y de avisos, tan fuera de todo aquello que del ingenio de vuesa merced esperaban los que nos enviaron y los que aquí venimos. Cada día se ven cosas nuevas en el mundo: las burlas se vuelven en veras y los burladores se hallan burlados”. “En resolución, él ordenó cosas tan buenas, que hasta hoy se guardan en aquel lugar, y se nombran “”Las constituciones del gran gobernador Sancho Panza””.

La burla terminó como todos sabemos y Sancho abandonó la falsa ínsula por propia voluntad y con gran dignidad y…”abrazaronle todos, y él llorando, abrazó a todos, y los dejó admirados, así de sus razones como de su determinación tan resoluta y tan discreta”.
Sin embargo con la misma injusticia con que se atribuyen a Don Quijote graciosas cualidades, se colocan a Sancho ridículos defectos; hasta se ha incorporado al lenguaje común el calificativo de “sanchopancesco”, como sinónimo de ramplón, vulgar, ridículo y hasta indigno.
Fue genialidad de Cervantes, hacer compañeros de aventuras y desventuras a estos dos prototipos de español y transmitirnos sus comportamientos y reflexiones ante los mismos hechos y realidades.

Dos modelos de cuya preponderancia depende el éxito o el fracaso, la gloria o la miseria de nuestra nación a lo largo de los siglos.
El uno es ese que sin apercibirnos, encontramos encaramado en el mando, al que jamás renunciara, no se sabe por que méritos, pues pretenderá que le pertenece, no importan sus errores y fracasos, como si su legitimidad emanase de una ley natural.
Es el que casi siempre, a lo largo de la historia, ha estado sobre nuestros hombros. Y así nos ha ido.

El otro es ese que, incomprensiblemente, admite esa falsa legitimidad y se mantiene leal a ella. Aguanta mansamente sus torpezas, engaños y trastornos y nunca se rebela ni se reivindica como recambio.

En pocas ocasiones, se produce una tan profunda perturbación en el escalafón, que Sancho, muchos Sanchos, se ven empujados a tomar el gobierno de asuntos, que en circunstancias normales no se les encomienda o no osan asumir.

Se producen entonces grandes y sorprendentes avances en el ritmo de engrandecimiento y enriquecimiento de nuestro país.
Una de estas ocasiones es el reinado de los Reyes Católicos. La Reina, durante su itinerante reinado, apuntaba en su legendaria libreta, a aquellos sanchos que encontraba por los rincones de su reino con fama de honestidad y eficacia. Cuando necesitaba ocupar un cargo o desarrollar un proyecto, miraba su libreta y encumbraba sin complejos al hombre idóneo saliera de donde saliese. Muchas veces acertó y abrió tales expectativas e ilusiones que convirtió, a la misma generación que encontró al llegar al trono, corrompida y desmoralizada, en protagonista de los grandes empeños que transformaron un país decadente en gran potencia europea.

Otra de esas ocasiones singulares es el paso de la dictadura a la democracia, lo que hemos dado en llamar La Transición.

Retirada la anterior clase gobernante, se baraja de nuevo el “escalafón” y otra vez innumerables Sanchos se ven empujados a hacerse cargo del gobierno de “ínsulas” que, habitualmente están fuera de su alcance y al frente de todos el Gran Sancho, Adolfo Suárez, al que siempre que puedo, rindo homenaje de admiración, agradecimiento y respeto.

Por escaso tiempo, los de siempre, le permitieron gobernar nuestra “ínsula” (España) y se las arregló para hacer maravillas.
El poco tiempo que gobernó, acosado y menospreciado, fue suficiente para sacarnos del trance en que estábamos y solucionarnos la vida política y de convivencia para muchos años.

Después como Sancho, comprendió, con tristeza, su provisionalidad y abandonó la “ínsula” con suma dignidad.
Otra vez se produce una explosión de realismo, eficacia y ambición, que hace dar a España el salto, quizás, más importante de su historia, salvo, a mí juicio, el mencionado anteriormente de los Reyes Católicos.
España se convierte en treinta años en un país homologable con los primeros de Europa y en la octava potencia económica del mundo.
¡Que pena que los Quijotes de siempre vuelvan a ocupar el gobierno de las cosas que, creen que les pertenece por ley natural!.
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