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La odisea que Ulises nunca llegó a sufrir

Víctor Morales Lezcano
martes 22 de marzo de 2011, 10:30h
La intervención armada de las potencias occidentales en el conflicto interno que asola Libia, esta vez con la aprobación del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, invita a ciertas consideraciones nada intempestivas.

La primera de ellas es de dominio común. Estados Unidos y sus aliados en Europa -con británicos y franceses a la cabeza del pelotón- vienen haciendo una política árabe intervencionista desde los años 50 del siglo pasado en adelante.

Las intervenciones han sido de signo ideológico diferente en la superficie, aunque subsumibles en una generalización que avalan el sentido común y el peso de la geografía. La necesidad euro-americana de contar con un suministro garantizado de petróleo y gas, de una parte, y de otra, el valor estratégico de ciertas vías de paso (el canal de Suez, en el caso de Egipto) que residen en países del orbe árabe-islámico, explicaría bastante la intervención anglo-francesa, con apoyo nada desdeñable, a veces, de las fuerzas israelíes, en Irán entre 1953-1954, en Egipto entre 1955-1956, Iraq (en doblete, 1990-1991 y 2003) y, ahora, en Libia.

Contra Libia se ha desencadenado una operación militar que invita a jugar con el símil de la guerra que se improvisó contra Saddam Hussein a partir del 20 de marzo y hasta el 1 de mayo de 2003. Conflicto armado que acabó con la autocracia del dictador en Bagdad, incluso aunque no se lograra probar que Hussein había ordenado almacenar “armas de destrucción masiva” en unos cuantos depósitos y almacenes ilusionarios. En Iraq, hemos asistido hasta hace pocos meses, a un período de seis años de posguerra y reconstrucción que han minado a la gente del común, y, casi, e imposibilitado la necesaria coalición de gobierno. Que se lo digan, si no, a Nuri el-Maliki, presidente “cojuelo” de una milenaria sociedad instalada en el núcleo del Oriente Medio.

Con el desencadenamiento de la ofensiva de Estados Unidos y sus aliados “versus” el coronel Gaddafi y sus leales en territorio libio, no sólo se han pronunciado aquéllos favorablemente a la intervención disuasoria, al tiempo que humanitaria, en Libia a partir de haberse proclamado la “Odisea del Amanecer”.

Una vez más, Occidente ha vuelto a toparse con un Estado árabe de orientación política y exterior “desafiante”, aunque esta vez lo haga con el respaldo del Consejo de Seguridad (se abstuvieron -a propósito- cinco de sus miembros en la votación final que sancionó la propuesta intervencionista de Francia).

No es predecible aventurar cuánto resistirán los bengasíes la operación de cerco y acoso que Gaddafi ha decidido llevar a sus últimas consecuencias, como tampoco es predecible lo que tardarán los efectivos onusinos en aniquilar el régimen libio.

El tiempo, esfuerzo, e inversión necesarios para “reconducir” a Libia hacia los “senderos de gloria” por los que Gaddafi condujo a los libios durante los primeros quince años de una gestión aplaudida por la población, no es fácilmente calculable. Todo ello no impide reconocer que el culto al ego y la prodigalidad en actuaciones de dudosa limpieza internacional, terminaron por anular la filosofía que subyace en el “Libro Verde” del coronel.

Es previsible -“rebus sic stantibus”- que el régimen libio que se empezó a fabricar en los años 70 se venga abajo, con facilidad, para satisfacción de los habitantes de Cirenaica, región históricamente más polarizada por el Masriq y el Oriente Próximo, que por la romana Tripolitania.

Menos fácil será -como ha ocurrido en Iraq- erigir un nuevo edificio político sobre las ruinas del anterior, en un país y una sociedad poco coagulados. Pero, “poderoso caballero, es don (Petróleo)”. Un descendiente del depuesto (en 1969) rey Mohammed Idris el-Mahdi Senussi, emir de Cirenaica, o, en su defecto, un gobierno de resistencia reunido en torno al hombre de la situación en Bengasi -Abdel Hafidh Ghoge- , tal vez logre restituir al país árabe de turno una fachada de normalidad. Se teme, sin embargo, que un período turbulento de duración inestimable castigue a un considerable contingente de la población de las regiones que constituyen la Libia moderna.

Por unas u otras razones (energéticas, humanitarias) con mayor o menor grado de legitimación internacional, ha vuelto a escenificarse, esta vez en pleno Mediterráneo, la guerra de castigo a las potencias desobedientes que pertenecen al mundo árabe-islámico.

Quizá asistamos de nuevo, en un futuro no muy lejano, al teatro del conflicto más temible entre gobiernos de civilizaciones discrepantes, que, en esta ocasión, tendría sus protagonistas principales en Irán, Israel, Arabia Saudí, Estados Unidos, y, en calidad de “second best actors”, a los aliados europeos de Washington.

Veremos qué nos depara esta “des-alianza” de civilizaciones. Veremos si es solo desavenencia política o, por el contrario, si subyacen en ella otros malestares de calado superior.

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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