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Rebuznando en Somosaguas

miércoles 23 de marzo de 2011, 13:44h
Seguro que lo recuerdan. Hace pocas fechas, un grupo de chicas vinculadas a colectivos de izquierda irrumpieron en la capilla del campus universitario de Somosaguas, interrumpiendo el servicio religioso. Entre lindezas del estilo “vais a arder como en el 36” o “la única iglesia que ilumina es la que arde” algunas de ellas, medio desnudas, hicieron frente al altar una demostración práctica -democráticamente, eso sí- de sexo lésbico. Orgullosas de su hazaña, colgaron en internet numerosas imágenes y comunicados presumiendo de lo que consideraban una ejemplar protesta pacífica.

Sólo faltaba. Pegar, lo que se dice pegar, no pegaron a nadie, aunque sí hicieron gala de una estulticia rayana en la ilegalidad, como lo prueba el hecho de que la policía detuviese a cuatro “valientes”. La acusación, delito contra la libertad de conciencia y el sentimiento religioso. Pero que nadie se alarme, esas cuatro pobres víctimas ya están en la calle. Todo un alivio para el rector Berzosa, quien manifestó que le preocupaban más estas detenciones que la profanación de la capilla. Luego hay quien se queja del bajo nivel universitario en España; claro que, si el propio rector de la Complutense opta por significarse con los que delinquen frente a los que deciden ejercer su libertad religiosa, se entienden muchas cosas.

Nunca me han gustado ciertos modos de protesta. Ocurre frecuentemente en mítines políticos, sean del partido que sean. Quienes creen tener motivos para quejarse, interrumpen al orador de turno para reventar su discurso y, de paso, corear sus consignas aprovechando la repercusión mediática que indudablemente conseguirán. Como dijo Ortega, “no es eso, no es eso”. En un régimen democrático existen múltiples cauces por los que ejercer la libertad de expresión consagrada en la Constitución. Buena prueba de ello es la enrome cantidad de reacciones que pueblan la red estos días a propósito del tema. Pero en lo que no se ha abundado mucho es en un concepto fundamental cual es el de la buena educación.

De pequeño, me enseñaron que era descortés interrumpir. Había que ser respetuoso con los demás, aunque pensaran diferente. Mejor dicho, sobre todo si pensaban diferente. En España, disentir del pensamiento único laicista se paga caro. Hay patente de corso para convertir todo lo que huela a católico en una suerte de pim pam pum donde gana siempre el más grosero. Las participantes en el esperpento de Somosaguas justifican su actuación en una capilla y no en una mezquita aludiendo a los valores cristianos de nuestra civilización, y clamando contra la sumisión de la mujer en el seno de la iglesia. Eso es que no conocen a mi tía Prudencia. Vamos, que quiero ver yo quien osa o puede someterla -por cierto, es de misa diaria-.

No se someten, en cambio, aquellas mujeres que son lapidadas en los países islámicos donde impera la Sharia. Rebeldes ellas, que no se están quietas cuando las apedrean. De otras muchas se desconoce su grado de sumisión, ya que lo esconde el burka. E incluso las habrá que se quejen cuando sus maridos las golpeen con extrema brutalidad. Como dice el proverbio árabe, sus razones tendrán. ¿Porqué demonios no se rebelan los Berzosas, Pajines, Aídos y demás progres de Somosaguas contra semejantes atrocidades? Hace algún tiempo empecé a ir a misa con extintor y traje ignífugo, por si acaso. Ahora, además, iré con un tratado de urbanidad, no vaya a ser que, de repente, alguien lo necesite. Ah, y un puñadito de alfalfa, para que no rebuznen muy alto.
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